El espejismo de la piedra: soberanía, imperio y la obstinada negación de la realidad iraní

Imaginemos a una persona que lleva casi medio siglo intentando abrir una puerta empujando y golpeando con todas sus fuerzas. Con cada embestida, la puerta no solo sigue cerrada, sino que se refuerza; sus bisagras se hunden más en el marco y el estruendo despierta a los vecinos, que empiezan a mirar con admiración la resistencia de la madera y con recelo al energúmeno que no se detiene a leer el cartel que, en letras pequeñas pero nítidas, indica “tire de la manija”.

La política de Estados Unidos hacia la República Islámica de Irán, desde su misma fundación en 1979, se asemeja a esa escena. Washington ha empujado con sanciones, amenazas, asesinatos selectivos, guerras subsidiarias y una maquinaria de propaganda colosal, esperando el derrumbe del muro iraní. El muro no se ha derrumbado. Y hoy, en la primavera de 2026, nos encontramos en el peor de los escenarios: una guerra abierta y generalizada en Oriente Medio, un conflicto iniciado por Israel el pasado 28 de febrero e inmediatamente secundado por Estados Unidos, que ha sumido a la región en un caos de bombas, misiles, desplazados, hambre y una crisis energética mundial cuyas ondas de choque alcanzan ya todos los rincones del planeta.

Este texto conduce a un ejercicio de realismo geopolítico, un llamamiento desesperado a la sensatez en un momento en que la insensatez se ha convertido en la doctrina oficial de las dos potencias que han desatado este infierno. Su objetivo es profundamente pedagógico: desbrozar la maraña de desinformación, prejuicios y simplificaciones interesadas para que cualquier persona, conozca o no los entresijos de la región, pueda comprender por qué la estrategia imperial de confrontación ha fracasado de forma estrepitosa, por qué persistir en ella es un suicidio geopolítico y cómo el respeto a la soberanía de los pueblos y la solución diplomática de los conflictos no constituyen una utopía ingenua, sino la única vía de supervivencia racional para la humanidad.

La tesis central es tan sencilla como ignorada: el principal obstáculo para la paz en Oriente Medio no es la supuesta irracionalidad de Irán, sino la negativa patológica de Washington —alimentada por una entidad colonial que necesita la guerra como oxígeno vital— a aceptar que Irán existe, que va a seguir existiendo y que es un actor legítimo y racional con intereses propios que defender. Una negativa que ha encontrado en Donald Trump a un presidente que no es de los que tropiezan dos veces con la misma piedra, sino de los que parecen empeñados en estrellarse contra ella una y otra vez, con creciente violencia, hasta hacerse añicos y arrastrar al mundo con él.

La asombrosa racionalidad del adversario

El pecado original de la política exterior estadounidense, y de su prolongación mediática en Occidente, ha sido la construcción de un enemigo irracional. Para justificar décadas de hostilidad era necesario presentar a los líderes de la Revolución Islámica no como jefes de un Estado con una agenda de defensa nacional, sino como fanáticos religiosos apocalípticos, gobernados por un delirio místico que los vuelve inmunes a la lógica de la disuasión y la negociación. Se repitieron hasta la náusea las soflamas del expresidente Mahmud Ahmadineyad sobre Israel, se descontextualizó la teología chiita de la espera del Duodécimo Imán para presentarla como un culto a la muerte y se construyó la imagen de un régimen dispuesto a inmolarse con tal de dañar a Occidente.

Sin embargo, la frialdad de los hechos desmiente esta caricatura. Observemos las acciones concretas de la República Islámica en sus más de cuatro décadas de existencia. El primer y más brutal crisol fue la guerra impuesta por el Iraq de Sadam Husein entre 1980 y 1988, una agresión respaldada logística, financiera y militarmente por Estados Unidos, las monarquías del Golfo y las potencias europeas. Durante ocho años, Irán sufrió ataques con armas químicas, bombardeos indiscriminados de ciudades y más de un millón de víctimas.

¿Cómo actuó ese régimen supuestamente irracional? No se rindió, pero tampoco lanzó una guerra total contra las bases estadounidenses en la región. Peleó en sus fronteras, con una lógica de mera supervivencia nacional, y cuando el costo humano y económico se volvió insoportable, aceptó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que no era una victoria. Esa conducta revela una racionalidad estratégica de hierro: la prioridad absoluta es la preservación del sistema político y la integridad territorial, no la consecución de un paraíso celestial mediante la aniquilación mutua.

Esta misma racionalidad se manifiesta con meridiana claridad en otros dos pilares de su estrategia: el programa nuclear y el apoyo a milicias aliadas.

Respecto al primero, la lógica iraní es un manual de realismo defensivo. En 2003, Libia, gobernada por Muamar Gadafi y sometida a fuertes presiones occidentales, entregó voluntariamente su incipiente programa nuclear. Apenas una década después, la OTAN bombardeó Libia, ayudó a derrocar y asesinar a Gadafi y sumió al país en un caos de guerra civil, desmembramiento y esclavitud del que aún no ha salido.

¿Qué lección extrajo cualquier dirigente en Teherán con un mínimo de sentido común? Que la única garantía de supervivencia frente a un imperio que cambia de aliados a su antojo no es la renuncia a la capacidad de disuasión, sino su posesión, aunque sea en estado latente. La fatwa del ayatolá Khamenei contra las armas nucleares, emitida en 2003, es una pieza maestra de esta racionalidad: Irán afirma no buscar la bomba, pero se asegura de mantener la capacidad técnica y científica de construirla en un plazo corto.

La ambigüedad nuclear, ese estar a un paso del arma sin cruzarlo abiertamente, es su póliza de seguro existencial. Es exactamente lo que ha ocurrido hasta hoy, mayo de 2026, después de que los bombardeos israelíes y estadounidenses contra sus infraestructuras, lejos de destruir ese programa, hayan acelerado la decisión iraní de enriquecer uranio a niveles cercanos al grado militar, provocando exactamente lo contrario de lo que decían buscar.

En cuanto a su red de aliados, desde Hezbollah en Líbano hasta las Unidades de Movilización Popular en Iraq o los hutíes en Yemen, la conducta iraní es también meticulosamente calculada. Irán ha invertido décadas y recursos limitados en tejer un anillo de defensa avanzada que disuada cualquier ataque contra su territorio.

La regla de oro de esta estrategia ha sido, durante años, evitar una provocación que pudiera desencadenar una guerra directa y total con Estados Unidos. Incluso el asesinato por parte de Estados Unidos del general Qasem Soleimani en enero de 2020, una figura de inmenso prestigio nacional, no provocó una respuesta emocional e inmediata que escalara a una guerra abierta, sino una represalia quirúrgica, y anunciada previamente, contra una base estadounidense en Iraq, seguida de un redoblamiento de la estrategia de desgaste asimétrico a largo plazo.

Entender esto es absolutamente fundamental: el verdadero peligro no lo representa un Irán fuerte y seguro de sí mismo, sino un Irán acorralado al que no le quede ya nada que perder. La política de asfixia, las sanciones inhumanas y los bombardeos no van a crear una situación de mayor moderación y acercamiento a la rendición, sino que pueden llevar a la República Islámica al punto de ruptura, a jugar todas sus cartas a la vez, desestabilizando la economía global y sumiendo la región en una guerra de consecuencias verdaderamente bíblicas. Eso es, precisamente, lo que está intentando provocar Israel.

El fracaso estrepitoso de la coerción

Si la racionalidad iraní es el dato de partida que Washington se niega obstinadamente a reconocer, el fracaso de la coerción es el resultado directo y previsible de esa ceguera. Desde los años noventa, el instrumento predilecto de Estados Unidos ha sido el garrote de las sanciones económicas. De sanciones limitadas se pasó a un bloqueo financiero, energético y comercial casi total, expulsando a Irán del sistema SWIFT de transferencias bancarias en 2012 y amenazando con sanciones secundarias a cualquier empresa del mundo que osara comerciar con el país.

El objetivo declarado era colapsar la economía iraní hasta un punto en que el descontento popular desbordara al gobierno o lo obligara a capitular sin condiciones.

El resultado, analizado a la fría luz de 2026, constituye un fracaso triple.

En primer lugar, un fracaso económico: Irán no ha colapsado. Ha sufrido, desde luego, y su pueblo ha padecido inflaciones galopantes, devaluación de su moneda y un desempleo especialmente duro entre los jóvenes, pero el Estado ha sobrevivido gracias al desarrollo de una economía de resistencia. Esta no es una mera consigna propagandística: es un sistema complejo que combina el racionamiento de divisas, el contrabando institucionalizado a través de un mercado negro eficiente, el trueque de petróleo con países aliados y una densa red de empresas pantalla que sortea el bloqueo internacional. Las sanciones no han doblegado al Estado iraní; han generado sufrimiento y necesidades a su pueblo, pero también lo han cohesionado frente a la agresión.

En segundo lugar, un fracaso político. Cada nuevo paquete de sanciones, cada nueva amenaza, cada resolución condenatoria en organismos internacionales ha sido percibido por el pueblo iraní como un castigo colectivo por su defensa de su soberanía y como una consecuencia de su programa nuclear y de su apoyo al pueblo palestino, lo que se evidencia como la prueba irrefutable de una hostilidad imperialista de carácter existencial.

Esto ha funcionado como una máquina perfecta de movilización antiimperialista. La población iraní, como la cubana, la venezolana, la libanesa y todos los pueblos víctimas de agresiones y medidas coercitivas e injerencistas del imperio, es plenamente consciente de quiénes son los responsables de su penuria económica, y esto ha generado la cohesión de una parte muy significativa de la sociedad contra el agresor externo. Las sanciones y agresiones, lejos de derrocar al gobierno iraní y destruir a la República Islámica de Irán, la han hecho más fuerte, sólida y cohesionada.

Y en tercer lugar, y quizá lo más grave para los intereses estratégicos de Washington a largo plazo, un fracaso geopolítico de dimensiones históricas. La tecnología de la coerción estadounidense se basa en el dominio del dólar y del sistema financiero global. Al expulsar a Irán de ese sistema y perseguir a sus bancos y a cualquier entidad que comerciara con ellos, Estados Unidos ha empujado a Teherán, y con él a otros actores regionales y globales cada vez más hartos de esta arma, a construir vías alternativas.

Irán creó sistemas de mensajería financiera propios, se alió con los bancos centrales de Rusia y China y empezó a comerciar su petróleo en yuanes, rublos y mediante acuerdos de intercambio que eluden completamente el circuito del dólar. La política de sanciones máximas contra Irán no solo no doblegó al país, sino que aceleró un proceso de desdolarización, multipolaridad y creación de instituciones financieras alternativas, como el sistema de pagos interbancarios transfronterizos chino, CIPS, que están erosionando la hegemonía del dólar, ese pilar sobre el que se ha sostenido el poder imperial estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.

Al abusar de los golpes contra las casas de los vecinos, Washington está agrietando, con cada golpe, los cimientos de su propia casa.

La trampa israelí y la guerra del 28 de febrero de 2026

Nada de esta historia de fracasos puede entenderse cabalmente sin analizar el papel de Israel. La entidad sionista israelí, en tanto que proyecto colonial de asentamiento, padece una necesidad estructural y existencial de la guerra y del conflicto permanente. Un Israel en paz se vería forzado, tarde o temprano, a confrontar la cuestión irresuelta de su identidad, a negociar la creación de un Estado palestino viable, a aceptar el Derecho Internacional, a retirarse de los territorios ocupados en Cisjordania y Jerusalén Este y a permitir el retorno de los seis millones de refugiados palestinos.

La guerra, o al menos un estado de tensión bélica perpetua, constituye el oxígeno que justifica su militarismo interno, su apartheid institucionalizado y limpieza étnica contra la población palestina, su expansión colonial en Cisjordania y su régimen de vigilancia y control. Es la sangre que bombea su sistema político y económico, colonial y supremacista, fuertemente dependiente del complejo militar-industrial y de la inversión extranjera que fluye hacia sus tecnologías de seguridad, “comprobadas en combate” contra una población ocupada y sometida.

En este esquema, Irán representa el enemigo perfecto. Es grande, está lo suficientemente lejos como para no amenazar directamente la existencia cotidiana israelí pero lo bastante cerca como para ser presentado como una amenaza apocalíptica. No es un país árabe, lo que permite a Israel buscar alianzas tácitas con las monarquías árabes suníes del Golfo. Y puede ser presentado ante la opinión pública occidental como la encarnación del mal absoluto.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido durante tres décadas el gran sacerdote de este culto al miedo. Cada una de sus advertencias sobre la inminente bomba nuclear iraní, que llevaba repitiendo desde los años noventa con fechas que siempre se posponían, no buscaba un acuerdo, sino dinamitar cualquier posibilidad de acuerdo.

Cuando en 2015 el presidente Barack Obama negoció el Plan de Acción Integral Conjunto, que congelaba el programa nuclear iraní durante al menos una década bajo las inspecciones internacionales más intrusivas jamás acordadas, Netanyahu lo calificó de error histórico y movilizó todo su poder de influencia, incluyendo una intervención sin precedentes ante el Congreso de Estados Unidos, para descarrilarlo.

Su susurro al oído de Donald Trump, primero como candidato y luego como presidente, ha sido el trilerismo político más destructivo de la historia reciente. Netanyahu lo convenció de que aquel era un mal acuerdo —no lo era para Estados Unidos: fue un triunfo de la diplomacia que evitó una sola bomba— y de que con una política de máxima presión, Irán colapsaría o pediría un acuerdo mejor.

Trump, con su característica mezcla de impulsividad, desprecio por la diplomacia multilateral y visión puramente transaccional del mundo, rompió unilateralmente el pacto en 2018 e impuso las sanciones más duras jamás vistas contra Teherán. Su apuesta era sencilla: asfixiar a Irán hasta que volviera arrastrándose a negociar términos de rendición.

La realidad, tozuda como es, demostró exactamente lo contrario. Irán no volvió arrastrándose. Esperó un año a que los socios europeos compensaran de algún modo la retirada estadounidense y, al comprobar la impotencia de Bruselas, reinició y aceleró su programa de enriquecimiento de uranio, desarrolló misiles hipersónicos y fortaleció su alianza con el bloque euroasiático.

Ahora bien, todo aquello no era más que el prólogo. La verdadera tragedia comenzó el pasado 28 de febrero de 2026.

Aquel día, Israel lanzó una ofensiva militar a gran escala contra la República Islámica de Irán sin precedentes por su envergadura, sus objetivos declarados y la desfachatez con que se ejecutó. En cuestión de horas, Estados Unidos, de nuevo bajo la presidencia de Trump, secundó la agresión sin la menor vacilación: la V Flota, apostada en el Golfo Pérsico, se sumó a las operaciones; los aviones estacionados en las bases de Qatar, Kuwait e Iraq comenzaron a surcar el cielo con cargas de muerte; y el Pentágono puso al servicio del esfuerzo bélico israelí toda su capacidad de inteligencia, logística y mando.

Los bombardeos no se limitaron a unas cuantas instalaciones nucleares. Se cebaron, y se siguen cebando, sobre infraestructura civil, puertos, refinerías, fábricas, hospitales, universidades y centros neurálgicos de la administración persa. Los misiles y drones sobrevuelan las ciudades iraníes donde millones de personas que nada tienen que ver con las ecuaciones del poder pagan, como siempre ha ocurrido y como seguirá ocurriendo mientras dure esta locura, el precio más alto.

La guerra ya no es una guerra de sombras o intermediarios. Aquella etapa ha quedado atrás, casi como un recuerdo bucólico. Esto es un conflicto abierto, directo y total que ha inflamado toda la región de un modo que evoca los peores augurios del siglo pasado.

Desde las orillas del Mediterráneo, donde Hezbollah responde con andanadas de cohetes de precisión contra Haifa, Tel Aviv y otros asentamientos israelíes, hasta las estepas de Iraq, donde las milicias populares hostigan sin descanso cada convoy y cada base estadounidense; desde los desiertos de Yemen, cuyas fuerzas hutíes responden con misiles que cierran el Estrecho de Bab el-Mandeb, bloqueando el Mar Rojo, hasta el propio Estrecho de Ormuz, convertido en una ratonera donde un solo incidente puede colapsar el suministro energético del planeta, todo Oriente Medio ha estallado.

Es una guerra que ya se ha cobrado decenas de miles de vidas, ha desplazado a millones de seres humanos y amenaza con extenderse aún más.

El sur del Líbano como nueva Gaza: la aniquilación de un pueblo

Una de las dimensiones más brutales y reveladoras de esta guerra, y que merece una atención específica porque desenmascara la verdadera naturaleza de la agresión, es lo que está ocurriendo en el Líbano, y muy especialmente en su franja sur.

Israel, bajo el pretexto de desmantelar la infraestructura militar de Hezbollah, ha lanzado una invasión terrestre del sur del país que ha ido mucho más allá de una incursión puntual. Las tropas israelíes han ocupado ciudades, pueblos y aldeas, y están procediendo a una destrucción sistemática de todo cuanto encuentran a su paso que recuerda, paso por paso, a lo que durante años lleva aplicando contra la Franja de Gaza.

Barrios enteros son arrasados con explosivos y topadoras blindadas. Hospitales y escuelas son bombardeados bajo la acusación ritual de albergar centros de mando enemigos. Los accesos humanitarios son bloqueados para que no lleguen alimentos, agua ni medicinas a una población civil que queda atrapada en un infierno sin salida.

La estrategia es la misma de Gaza: hacer la vida imposible, borrar del mapa cualquier vestigio de tejido social y forzar un éxodo masivo que redibuje la demografía de la región.

El sur del Líbano está siendo convertido, ante la mirada impotente o cómplice del mundo, en una réplica de la Franja de Gaza: un territorio devastado, aislado, hambreado y convertido en una cárcel a cielo abierto donde la población que no huye muere bajo las bombas o por falta de lo más básico para subsistir.

Esta barbarie, que debería despertar la conciencia de cualquier persona con un mínimo de humanidad, se está perpetrando con armas y cobertura diplomática estadounidense.

El cierre del Estrecho de Ormuz y el terremoto económico mundial

Como respuesta a la agresión, Irán y las fuerzas aliadas han ejecutado la jugada estratégica más temida por los analistas energéticos de todo el mundo: el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, esa estrecha franja de mar por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas que consume el planeta.

Mediante una combinación de minas navales, lanchas rápidas de asalto, misiles antibuque emplazados en la costa y la amenaza de una respuesta contundente a cualquier intento occidental de forzar el paso, el tráfico de superpetroleros se ha reducido a un goteo ínfimo.

El precio del barril de petróleo se ha disparado hasta cotas que no se veían desde hacía muchos años, y con una volatilidad diaria salvaje. Un día el Brent sube treinta dólares empujado por el pánico; al día siguiente baja veinte por un rumor de posible alto el fuego que nunca se concreta.

Los mercados bursátiles se han convertido en una montaña rusa donde se evaporan y se crean fortunas en cuestión de horas.

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