El presidente estadounidense, Donald Trump, acaba de soltar otra de sus mentiras al asegurar a la CNBC que le da igual un quiebre de las negociaciones con Irán a causa de los ataques israelíes contra Líbano.
«Sinceramente, me da igual si se acabaron. De verdad que me da igual, me da completamente igual», dijo en su habitual tono vulgar tan alejado del léxico de un estadista.
Pero todo el mundo, y en especial él y sus más cercanos adláteres, saben que es mentira, y que sí le interesa muchísimo mantener el diálogo y llegar a un acuerdo que le urge, tanto por política interna como por la necesidad de detener el deterioro de las relaciones exteriores que su secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido incapaz de conducir por vías favorables a EEUU.
Dijo incluso otras mentiras más, como que un recrudecimiento del conflicto no provocaría nuevos aumentos internacionales de los precios del crudo, ni tampoco si la nación persa cerraba por completo el estrecho de Ormuz ante un fracaso de las negociaciones, como han declarado los especialistas del tema.
Por el contrario, alentó falsas expectativas para tranquilizar los mercados, al decir sin mostrar elementos de juicio, que: «Creo que el precio del petróleo se desplomará muy pronto».
El asunto es que la paliza militar que ha recibido en Irán lo ha puesto en una encrucijada en la que las dos opciones que tiene, parar o continuar el conflicto, son tan malas para él que las negociaciones se le han convertido en un infierno y tiene enormes dudas sobre si las continúa, la pone en pausa o las finiquita.
Pero ahí le llega el otro dilema: eternizar el cese el fuego, que evidentemente le es negativo, o reanudar la guerra, algo más complicado y riesgoso todavía.
Trump y sus generales saben que el período de tranquilidad bélica desde el 8 de abril, le ha permitido a Irán reponer el material gastado e incluso modernizar su flota de drones y multiplicar la potencialidad destructiva de sus cohetes.
En cambio, algunos expertos consideran que el proceso de renovación del arsenal del Pentágono es más lento y más costoso, y sus fábricas están muy lejos del escenario de guerra. Preparar el campo para las acciones iniciadas el 28 de febrero costó una fortuna, y mucho más ejecutar la agresión. Reanudar las acciones le será más oneroso todavía.
El Pentágono reduce las cifras de gastos hasta el 8 de abril a 25 mil millones de dólares, pero los peritos las acercan a los 100 mil millones, quizás mucho más, y nadie todavía sabe a cuánto se ha disparado la inversión militar desde el cese el fuego hasta ahora. Pero sí se adivina que en una segunda oleada seguramente se multiplicará lo ya gastado, y habrá quizás más militares muertos que en esta primera, y les será más difícil de ocultar las bajas reales como han hecho ahora.
Parece que la opción por la que está optando Trump es la de retardar el proceso negociador atribuyendo la indecisión de llegar a un acuerdo no a su equipo, sino al de Irán, porque no ha aceptado la oferta estadounidense. Como son propuestas ideadas para que Irán las rechace, EEUU lo que ha hecho es anclar por tiempo indefinido la negociación real.
Y con esa táctica Trump se crea un problema nuevo, pero no con Irán, sino con su carnal Benjamín Netanyahu, quien estima que si la Casa Blanca firma un pacto condicionado por Irán, se queda colgado de la brocha y se frustran sus metas de convertirse en un imperio sionista de Asia Occidental.
Es muy probable que allí esté la explicación de los ataques a Líbano en medio del diálogo sui géneris y de doble fondo de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el de Guerra, que se presentan en teoría interesados en las pláticas pero ocultan su intención de esperar una nueva oportunidad militar, aun cuando los generales dudan de que algo así pueda suceder.
Surge así la propuesta totalmente irreal y desproporcionada de Trump sobre la entrega del uranio enriquecido iraní, un imposible no solamente práctico y operacional, sino en especial moral, ético, que involucra la dignidad y la soberanía de la nación y se hace inaceptable.
Al saber que para Irán esa demanda es inadmisible, y que Teherán no permitirá que esa exigencia sirva para mover en la mesa de negociaciones lo que en el terreno no lograron, no queda otra alternativa que confirmar que se trata de una táctica de obstrucción o bloqueo de las que acostumbra hacer Trump, y entran las dudas de si todo en él es fingido.
No hay que ser adivino para sacar tales conclusiones. Todo ese entramado saca al aire lo que pudiera ser “la verdad verdadera” de Trump: no se ha podido imponer al lobby sionista de EEUU, ni a las fuerzas ocultas que sostienen a Netanyahu contra viento y marea en el poder en Tel Aviv, interesados en mantener la guerra para sacarle provecho en favor de sus metas geoestratégicas.
Frente a este complicado tablero, Trump busca una jugada que impida en noviembre un jaque mate en las elecciones legislativas y se vayan a bolina sus planes de mantener al menos por 10 años más en la Casa Blanca, no ir a juicios, ni ser juzgado y declarado culpable por crímenes de guerra, de lesa humanidad y de violación de la constitución.
Ante la disyuntiva de someterse a Israel como ha estado haciendo desde antes del 28 de febrero, o rebelarse y acceder a las negociaciones en los términos realistas planteados por Teherán bajo las condiciones irrenunciables de ni entregar el uranio ni llegar a acuerdos si siguen los ataques de Netanyahu a Líbano, Trump está indeciso si cambiar alfil por peón para proteger al rey, o correr el riesgo de defender un alfil dañino, y dejar que el peón se corone.
Es muy complicado este ajedrez, pero con la disposición actual de las piezas en el tablero, parece que todavía la parte estadounidense tiene posibilidad de racionalidad, acordar tablas y ofrecer un apretón de manos que seguramente le será correspondido si hay sinceridad y compromiso de que calle para siempre el cañón y los adversarios no vuelvan a mover más piezas.
Fuente: almaplus.tv







