Trump juzga y sanciona a líderes del mundo y, ¿por qué no al revés?

Donald Trump es señalado como árbitro global al imponer sanciones y presiones mientras crecen las críticas por la falta de controles internacionales.
Donald Trump | Fuente: whitehouse.gov
Fuente: whitehouse.gov


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha autoerigido juez del mundo. Se atribuye un derecho que nadie le ha otorgado para juzgar, sancionar y ordenar cumplir la sentencia, incluida pena de muerte, en más de un país, con absoluta impunidad.

Todo sin mediar prueba alguna que, aunque no justificaría semejante arbitrariedad y violación del derecho internacional, al menos funcionaría como un pretexto aun siendo mentira.

Sus decisiones de juez y parte no muestran la más mínima inquietud de que cuestionen el poder omnímodo que se atribuye; por el contrario, buscan enfatizarlo como un mensaje de advertencia global. Se trata de un reto directo ante el cual se siente seguro de que no habrá una respuesta simétrica, ya sea dentro o fuera del hemisferio occidental, independientemente de que la sanción se dicte y ejecute en América, Asia, África o Europa.

Quienes no quieran ver ni valorar en esas dimensiones lo que está haciendo Donald Trump al establecer una irracional dictadura mundial basada en la creencia de que Estados Unidos es la metrópoli del universo, sus razones tendrán.

Nadie cuestiona a nadie. Solo que los hechos están demostrando que ya son añicos todos los factores de equilibrio mundial; que, al diálogo decente, real y constructivo para sostener la paz, se le han cerrado los caminos, y no queda ni siquiera un estrecho sendero por donde transitar a soluciones dignas y racionales. Mientras, el camino de la violencia ya es una autopista.

La jactancia suplantó al respeto, la arrogancia a la sensatez y a la cordura, la injusticia a la justicia, el autoritarismo a la democracia, pero lo peor —porque es atinente al alma y a la naturaleza del ser humano— es la distopía, que está arrasando con la utopía como una nube de langostas devasta todo, sin pensar que quien así actúe será también víctima de su propio desastre.

El asunto es que no se está hablando en sentido figurado, no se está amenazando como si se inflaran globos de ensayo, sino que se está actuando en consecuencia con un criterio genocida, como lo prueba la guerra contra Irán, el genocidio en Gaza, la destrucción sistemática y consciente del Líbano, el cruel bloqueo a Cuba para matar a su población de hambre y enfermedades curables, la extorsión descarada de la Europa atlantista, el sometimiento de las monarquías petroleras por encima hasta de sus creencias ancestrales y bíblicas.

Y los protagonistas son gente inescrupulosa, con una cultura hecha a retazos, sin raíces, pero sustentada en el dinero y la pólvora, los dioses supremos de un panteón formado con lingotes de oro sumergidos en lagunas de petróleo propiedad de empresas como la Hallyburton, el verdadero gobierno detrás de la Oficina Oval.

La fuerza de ese grupo que ha tomado por asalto el poder racional en Estados Unidos no radica en su historia, sino en su riqueza —como la de Sansón en su melena— y no en sus convicciones. Pero, al parecer, en el planeta las tijeras para cortársela están más perdidas que la flecha de Diana la Cazadora, de Olaguíbel.

O, estando a la vista, temen usarla porque el intento puede llevar al derrumbe total de las pocas columnas que se mantienen en pie para sostener un orden internacional que ha perdido demasiado fuelle y funciona para muy pocos.

Europa se estremece como hoja al viento con cada acción negativa de Trump para ellos, pero la reacción es timorata y defensiva, en los pocos casos que se han registrado.

Mientras, el aquelarre continúa en la Casa Blanca desde donde violaciones y crímenes son dirigidos como en una videoconsola, y con desvergüenza que lastima la condición humana del ser social, saltan y dan gritos de júbilo cuando sus armas de alta tecnología hacen diana en el blanco seleccionado.

Abaten a hombres de la estirpe del ayatolá Alí Khamenei y decenas de líderes políticos, militares y religiosos iraníes, secuestran a un presidente constitucional como Nicolás Maduro, apuntan sus controles hacia Cuba hasta aparecer en la pantalla las figuras de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, a quienes todos disparan con loco frenesí, y eso es jolgorio frente a la consola en la Situation Room (Sala de Situación).

Al mismo tiempo, agreden y sancionan a todo aquel —individuo, empresa o gobierno— que quiera impedir que el fuego de su metralla los alcance, o que la pequeña isla caribeña no sucumba a las agresiones de todo tipo.

Es así como Donald Trump juzga, criminaliza, sanciona y amenaza de muerte a líderes del mundo y, ¿por qué no es al revés cuando hay montañas de razones verdaderas para que así sea? ¿No hay mecanismo, o valor, para llevarlo a tribunales internacionales y juzgarlo allí, en procesos más transparentes, justos y legales que los que él aplica a otros?

¿Por qué Estados Unidos sí, y el mundo no? Hay una inercia internacional que perturba y una tolerancia pasmosa a la impunidad con la que la irracionalidad avanza sobre el planeta aplastando con sus grandes y torpes pies a la humanidad.

Lamentablemente, no se trata del escenario ficticio de un videojuego, sino de una historia real cuya apreciación decepciona.

Da la impresión de que el mundo espera sentado a la puerta de la casa, a ver pasar el cadáver del enemigo sin inmutarse; como si este fuera a morir por una suerte de eutanasia de duelo, un imposible espiritual, sociopolítico e ideológico, ya que una muerte deliberada no aplica a ningún régimen imperial.

Es la fuerza de los hechos —en un mundo dividido y dominado por las leyes sociales que existen al margen de la voluntad de los hombres— la que importa. Así cayó Roma y con ella los esclavistas que cedieron ante los señores feudales, como estos declinaron ante la burguesía, y así también sucederá en algún momento con el sistema que elevó el capitalismo a imperialismo.

Fuente: almaplus.tv

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