Cuando el 1 de octubre de 1946 se dictó la condena a los nazifascistas por crímenes de guerra, y 15 días después se cumplieron las sentencias emitidas por el Tribunal de Nuremberg luego de 315 días de exposiciones y revelaciones terribles de la crueldad hitleriana, el mundo respiró profundo y logró tranquilidad por la firme creencia de que aquel salvajismo no se repetiría jamás.
Ocho décadas después el fascismo resucita con garras más largas y repite horrores como aquellos —e incluso peores—, que llevaron al mundo a un holocausto que no debería de haber sido olvidado.
Lo sorprendente es que no hay una reacción contundente a la impunidad como se regenera el fascismo —ahora con el sionismo añadido—, con la ferocidad que lo hace, y la improbabilidad hasta el momento de que se vuelva a construir otro Nuremberg, el cual dio por finiquitada esa ideología.
No la hay, no porque se carezca de pruebas de que, desde el 20 de enero de 2025, el fascismo entró a la oficina oval de la Casa Blanca con la misma idea de Adolfo Hitler cuando puso por vez primera sus pies en la enorme oficina de la Cancillería del Reich el 30 de enero de 1933 para pergeñar la expansión fascista que derivó seis años después en la Segunda Guerra Mundial, sino porque no se observa una voluntad al respecto.
Es que, desde ese mismo fatídico día de enero, Trump indicó al mundo que el fascismo se adueñaba de la democracia estadounidense, la rompía, y uno de los grandes millonarios que la propugnó y financió, Elon Musk, se atrevió a simbolizarlo con un remedio de saludo nazi, sin gritar ¡heil!, ni más ni menos que en el pleno del congreso.
Antes de las 24 horas de asumir el cargo, la nueva ideología empezó a operar con la firma de 26 decretos y 41 acciones ejecutivas, todos de carácter autoritario y por encima de lo establecido por la constitución y los poderes del Estado.
Contrapunteo de los dos fascismos
El fascismo nazi surgió de la unidad de la extrema derecha alemana liderada por Adolf Hitler desde su partido nacionalsocialista en los primeros años de la década del 30 y en apariencias había concluido con la finalización de la II Guerra Mundial en 1945.
Su nefasto proceder fue castigado ejemplarmente en los juicios a los criminales de guerra en el Tribunal de Nuremberg el cual aplicó principios todavía muy vigentes del derecho internacional, contra el genocidio y los crímenes de lesa humanidad y lesa cultura.
El fascismo yanqui-sionista surge también de la unidad de la derecha multimillonaria demócrata y republicana estadounidense en alianza con el lobby judío, liderada por Donald Trump como su más alto exponente, aun cuando su fortuna personal estaba por debajo de los magnates de esa nueva cúpula de poder en Estados Unidos.
El nazista se caracterizó por un racismo biológico extremo que elevó a grados casi mitológicos a la etnia aria como la superior, gracias a una autoridad suprema marcada, como haciendo contraste, por un fuerte antisemitismo que enfatizaba el dominio universal de esa raza y, a su vez, un expansionismo territorial, así como el control absoluto del Estado sobre la vida pública y privada.
El yanqui adopta ese patrón en un tono igualmente elevado: el supremacismo blanco. A diferencia de Hitler, quien debió construir una base económica y social sobre un desarrollo industrial insuficiente para sus objetivos y tuvo que acelerar para alcanzar los niveles del resto de Europa e irse muy por encima de estos, Trump heredó una economía poderosa sin más esfuerzo que el continuarla aumentando y modernizando.
Hitler consideró a los judíos el «enemigo racial» y les achacó el origen de todos los problemas de Alemania, mientras que para Trump son los inmigrantes, legales o no, y los hace responsables de todo lo negro, malo, vicioso y corrompido de la democracia burguesa y, lo más absurdo, de la decadencia de esa fase del modo capitalista de producción en su fase imperialista.
El alemán utilizó la tecnología comunicacional de la época en la que la radio era la puntera y la controló por completo. Trump lo hace con las redes sociales. Opera con una descentralización y algoritmos de fricción, un fenómeno clave en los sistemas robóticos que tiene la virtud de moldear respuestas transitorias a eventos de cualquier género y producir efectos adversos en el desempeño de los alguarismos de control.
Hay nuevos modelos de fricción que permiten implementarlos en algoritmos de control mejorando el desempeño de ecosistemas tecnológicos de corporaciones privadas y redes como X o Truth Social del mandatario estadounidense, según la actual literatura.
El algoritmo de las plataformas modernas premia el conflicto, el miedo y la polarización porque generan mayor interacción. Trump no necesita censurar los medios tradicionales; le basta con inundar el entorno digital con miles de estímulos diarios («flood the zone with shit») para atomizar la verdad (Datos tomado de IA). Sin embargo, mantiene ataques muy fuertes contra grandes diarios cuando considera adversos a él sus comentarios y análisis.
El espacio vital, cóncavo y convexo de ambos fascismos
Para ambos, el fascismo alemán y el fascismo yanqui-sionista, el «espacio vital» constituye la clave de sus políticas exterior expansionista basada en sus respectivas creencias supremacistas de que el control de nuevos y grandes territorios es fundamental para mantener una grandeza universal que solamente es posible si se alimenta abundantemente de todo lo que requiere, y en esta fase de desarrollo tecnológico, del petróleo y las tierras raras.
Hitler consolidó su totalitarismo mediante el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán como entidad única, disolvió la democracia parlamentaria y pasó al Estado el control de las instituciones, la economía, la justicia y la educación.
Trump, por su parte, logró unificar en la cúpula al conservadurismo republicano y demócrata con el lobby judío, pero sin posibilidad de imponer como nueva estructura institucional un solo partido como sí lo pudo Hitler. En el Estados Unidos de 2026, el bipartidismo sobrevive, mas no de la misma forma y con igual estructura que antes de su llegada a su segundo mandato, porque el capital conservador de uno y otro bando se ha fundido en uno solo, aun cuando persisten contradicciones antagónicas, pero no irreconciliables.
Mientras que Hitler fue, a pesar de su maldad, un líder carismático que movía multitudes, Trump en cambio genera desprecio, es antipático, grosero e inculto y, en ese sentido, sólo se asemeja al hombre del bigotico por su deseo enfermizo de concentrar poder, demostrar que su voluntad está por encima de cualquier ley, que se le rinda culto a su ego, y la exaltación de la fuerza es su ley.
Hitler utilizó organizaciones paramilitares (como las SA y SS) para aterrorizar a opositores políticos y minorías, y Trump al ICE y las ya existentes, en sus limpiezas étnicas. Al igual que el führer, le da una connotación extrema a la propaganda y adoctrinamiento que él mismo dirige y practica, y aplasta a todos aquellos medios que se le oponen o lo cuestionan.
Al igual que el austriaco nacionalizado alemán, Trump desprecia también la democracia parlamentaria, el multipartidismo, los derechos individuales y la libertad de prensa, estima necesario de manera enfermiza conquistar territorios. Como el nazismo con Europa Oriental, donde buscó esclavizar a los eslavos evaluados de «subhumanos», Trump repite ese esquema con los latinoamericanos, incluido México, y hasta a canadienses y a groenlandeses, todos los cuales considera “países de mierda”. (Continuará).
Fuente: almaplus.tv







