Iran: victoria de la Resistencia y de los Pueblos y derrota del imperialismo

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Presidente Irán Pereshkian | Fuente: @irna_es
Presidente Irán Pereshkian | Fuente: @irna_es

Con la debida cautela, especialmente cuando las fuentes son filtraciones de agencias en mitad de una guerra de agresión y los gobiernos implicados se apresuran a matizar, desmentir o ignorar lo que sus propios negociadores susurran a la prensa. Sin embargo, lo que ha trascendido a través de fuentes como Reuters y Haaretz dibuja un escenario nítido: Estados Unidos habría aceptado un preacuerdo que, de confirmarse su texto definitivo el domingo en Ginebra, representa la derrota política y militar más rotunda del tándem EEUU-Israel, que pretendía destruir a la República Islámica de Irán. Y este hecho, aunque todavía pendiente de la firma y de la previsible intentona de Israel de reventarlo antes o después de su firma, merece ser analizado con la profundidad que toda derrota del colonialismo supremacista exige.

El borrador filtrado no deja lugar a equívocos sobre quién ha impuesto sus condiciones. Irán obtiene el alivio económico total que reclamaba: levantamiento de todas las sanciones al petróleo, descongelamiento de miles de millones de dólares en activos y el reconocimiento implícito de un plan de reconstrucción valorado en 300.000 millones de dólares para una economía maltrecha por décadas de asfixia. A cambio, Teherán no ofrecería de momento ninguna concesión sobre su programa nuclear. El tema nuclear se pospone. Ya solo este desequilibrio entre lo que da Washington y lo que recibe sería suficiente para calificar el acuerdo como una rendición negociada. Pero hay más, y mucho más relevante para el equilibrio geopolítico regional: el cese de hostilidades no se limita al frente directo contra Irán, sino que incluiría explícitamente a Líbano. Es decir, Estados Unidos se comprometería a forzar un alto el fuego en la agresión que Israel lleva a cabo contra Líbano, una agresión que fue iniciada el pasado febrero como parte de la misma agresión contra la República Islámica. Teherán convirtió esta exigencia en una línea roja innegociable, dejando claro que sin el fin de la matanza en el sur de Líbano y de los bombardeos sobre Beirut no habría acuerdo. La inclusión de este punto en el borrador significa que Irán ha utilizado la presión militar y la resistencia de sus aliados para imponer un cese de la agresión sionista sobre uno de los frentes más sensibles de Oriente Próximo. Y, como colofón, Washington acepta retirar sus fuerzas de los alrededores de Irán, redefiniendo por completo la presencia militar estadounidense en el Golfo Pérsico y cediendo en una demanda de seguridad máxima que la República Islámica llevaba años planteando.

Frente a este rosario de concesiones, la cuestión sería qué obtiene Estados Unidos a cambio. Pues parece que solo la reapertura del Estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes del inicio de la agresión, y un compromiso iraní de no escalar más allá de cierto punto. Pero nadie puede ignorar ni ocultar el abismo entre la magnitud de lo que cede Washington y la exigüidad de lo que recibe. Por eso el propio diario israelí Haaretz, recogiendo la perplejidad de los círculos estratégicos sionistas, señala que Trump parece haber conseguido entre poco y nada. El presidente estadounidense, atrapado entre su retórica belicista y la realidad de una guerra que no puede ganar, necesita un titular para calmar a una opinión pública que sufre el alza de los combustibles y la prolongación de las hostilidades. Su vicepresidente, JD Vance, sería quien firmara en Ginebra, no Trump, en un gesto que revela la voluntad de distanciarse de la humillación. Porque humillación es lo que siente el ala dura del imperio al ver cómo el país al que prometieron destruir sale del conflicto con las arcas llenas, sus centrales nucleares intactas, sus misiles a salvo y sus aliados libaneses respirando después de meses de bombardeo.

La oficina de Netanyahu ya ha declarado públicamente que Israel no es parte de ningún memorando de entendimiento con Irán y que no se siente vinculado por lo que califica como una rendición estadounidense. Pero la realidad geopolítica es tozuda: si Washington acepta el cese de hostilidades en Líbano como parte de su pacto con Teherán, la capacidad de Israel para continuar su ofensiva contra la Resistencia Libanesa quedará seriamente comprometida. Las bases logísticas, el suministro de munición inteligente y la cobertura diplomática que Estados Unidos proporciona a Israel no pueden darse por descontadas si la Casa Blanca ha firmado un acuerdo que las contradice. Netanyahu, que construyó su carrera política sobre la promesa de acabar con la República Islámica y que en febrero arrastró a Trump a esta guerra de agresión con el objetivo explícito de provocar un cambio de régimen en Teherán, se encuentra ahora ante el hecho consumado de que su principal aliado ha negociado a sus espaldas una tregua que deja a Hezbolá en pie y a Irán más fuerte que antes. La prensa israelí habla abiertamente de humillación, y los sectores mas belicistas se preguntan con amargura, de qué sirve recuperarse de una guerra si el resultado es peor que el punto de partida. El sueño supremacista de un Oriente Próximo reconfigurado por la fuerza bruta, sin Hezbolá, sin Irán y sin obstáculos reales a la expansión colonial, se ha estrellado contra la realidad de una resistencia que ha sabido imponer costes insoportables al agresor.

Es preciso detenerse un momento en la naturaleza de esta resistencia, porque el análisis frío de los términos del acuerdo no captura la dimensión épica de lo que ha ocurrido. Irán no es una superpotencia militar. Su PIB es una fracción del estadounidense, su ejército convencional no puede competir con la maquinaria bélica de la OTAN y ha sufrido décadas de sanciones, asesinatos selectivos de sus científicos nucleares, sabotajes contra sus instalaciones y una campaña global de demonización mediática. Sin embargo, ha logrado lo que Vietnam, Afganistán e Iraq lograron antes que él: sobrevivir al conmocion y pavor imperial y convertir la superioridad tecnológica del enemigo en una debilidad estratégica. La guerra de agresión lanzada en febrero no ha derrocado a la República Islámica de Irán, no ha eliminado el programa nuclear, no ha destruido la capacidad de misiles balísticos ni ha desmantelado la red de aliados regionales que constituyen el «Eje de la Resistencia». Al contrario, el bombardeo extranjero ha consolidado la cohesión interna en torno al liderazgo iraní, ha neutralizado a la oposición colaboracionista de exterior y ha demostrado a los pueblos de la región que la única manera de enfrentar al colonialismo es organizarse, resistir y no rendirse jamás. Hezbolá en Líbano, las milicias en Iraq y Siria y los hutíes en Yemen: todos ellos han coordinado sus acciones con Teherán y han soportado la embestida israelí y estadounidense sin desmoronarse. El hecho de que el alto el fuego en Líbano figure como una cláusula esencial del acuerdo es la confirmación más elocuente de que la estrategia de desgaste asimétrico ha funcionado.

El gran derrotado, por supuesto, es el imperialismo estadounidense y, dentro de él, la figura de Donald Trump. El presidente que prometió poner fin a las guerras eternas inició una nueva con bombardeos masivos, comenzando por el de una escuela en la que asesinaron a casi doscientas niñas y niños iraníes. Siguió con el bloqueo del estrecho de Ormuz, solo para tener que pedir la paz sin haber conseguido ninguno de sus objetivos. Su política exterior desastrosa y belicista, sometida a la presión del lobby sionista, ha chocado con una realidad que no se pliega a los deseos de la Casa Blanca. Trump quería un acuerdo para venderlo como una victoria. Lo ha conseguido, pero a costa de conceder a Irán todo lo que pedía y de humillar a su aliado israelí en el proceso. La imagen del primer ministro Netanyahu recibiendo la noticia del preacuerdo a través de la prensa mientras presidía una reunión de seguridad es el símbolo perfecto de una alianza quebrada.

No podemos cerrar este análisis sin señalar la fragilidad de lo que se anuncia. La oficina de Netanyahu ha declarado que Israel no se siente vinculado por el acuerdo, y existe el riesgo real de que el líder sionista opte por continuar la guerra en Líbano de forma unilateral o incluso lance acciones contra las instalaciones nucleares iraníes para sabotear el entendimiento. El propio Trump es voluble y, si percibe que el acuerdo le genera más costes políticos que beneficios —por ejemplo, si Netanyahu moviliza al poderoso lobby israelí en Estados Unidos en su contra—, podría retirarse en el último momento. Las filtraciones apuntan a una firma el domingo en Ginebra, pero hasta que las plumas no toquen el papel todo es humo y especulación. Además, el texto definitivo puede diferir de lo que han publicado las agencias, y es posible que Washington intente introducir en la letra pequeña algún tipo de verificación limitada del programa nuclear que ahora no aparece. La guerra no ha terminado hasta que termina, y en cualquier pacto en el que participe la entidad sionista las paces suelen ser frágiles y los acuerdos, papel mojado.

Sin embargo, y manteniendo todas las cautelas, lo que la información disponible nos permite afirmar es que, por primera vez en décadas, un país del Sur Global ha derrotado militar y políticamente al eje estadounidense-israelí en una confrontación directa. No ha sido una victoria al estilo occidental, con desfiles y rendiciones incondicionales, sino una victoria estratégica: la capacidad de no doblegarse, de imponer costes asumibles para uno mismo e insoportables para el enemigo, y de salir del conflicto más fuerte de lo que entró. Irán ha demostrado que la resistencia de los pueblos organizados puede detener al imperialismo, que las guerras de agresión tienen un precio que ni siquiera la superpotencia puede pagar indefinidamente y que el colonialismo supremacista que representan Estados Unidos e Israel no es invencible. Esta lección resonará en todos los movimientos anticoloniales del mundo, desde Palestina hasta el Sáhara Occidental, desde Yemen hasta Afganistán.

Por todo ello, y a la espera de la confirmación definitiva, debemos celebrar este triunfo de la Resistencia. Celebrar que la guerra de agresión lanzada para acabar con la República Islámica haya terminado en un fracaso estrepitoso de sus instigadores. Celebrar que el plan sionista de reconfigurar Oriente Próximo mediante la fuerza bruta haya chocado con un muro de dignidad y determinación. Celebrar que el imperialismo neofascista supremacista haya sido humillado y que los pueblos, una vez más, se hayan alzado contra sus verdugos. La victoria es de la Resistencia, de los pueblos, de todos los que han dado su vida para que este día fuera posible. Y aunque la lucha continúa y las amenazas persisten, hoy podemos afirmar que el imperialismo retrocede y los pueblos avanzan.

Que así sea.