El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de renovar sus amenazas militares a Cuba en una entrevista con Axio, cuando le preguntaron si repetirá con la isla lo que hizo en Venezuela con un bombardeo previo al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa y diputada Cilia Flores. Él respondió: «Es posible. Estos lugares están cerca. En cambio, si miras Irán, es un viaje muy largo (…) Venezuela está relativamente cerca y Cuba está a un paso, es como un juego de niños».
En otras palabras, se está refiriendo a sus guerras abusadoras, aquellas que planea bajo la premisa de que son agresiones exprés, fáciles de ganar en pocas horas e imposibles de perder, y su referencia es Venezuela.
Pero es lo mismo de lo que pensó con Irán, en especial porque se trataba de un ataque simultáneo de dos naciones con hiper ejércitos y arsenales convencionales altamente sofisticados y de gran cuantía, apoyados, además, por sistemas infalibles de detección, dirección y focalización de objetivos, blindados con técnicas bloqueadoras para proteger sus misiles, aviones y drones de la reacción defensiva del adversario.
Como guerra abusadora, fue programada para tres días como máximo, período en el cual Irán debió rendirse. Pero a los 38 días, los arsenales sofisticados y abundantes se quedaron vacíos, como almacenes abandonados. De abusiva, la agresión se convirtió en la más onerosa de todas las que Estados Unidos ha librado desde la Segunda Guerra Mundial, incluido Vietnam.
Las pérdidas, los gastos militares y los soldados estadounidenses muertos en Indochina se cuantifican a lo largo de 15 años de conflicto, aunque en ese extenso período hubo un episodio de apenas 12 días, en diciembre de 1972, durante el cual perdió buena parte de su aviación estratégica y numerosos bombarderos B-52.
En Irán, los generales y el jefe del Pentágono no han querido revelar las pérdidas. Sin embargo, en términos de temporalidad, Estados Unidos gastó entre el 28 de febrero y el 8 de abril entre 100.000 y 150.000 millones de dólares en operaciones militares, frente a los 110.000 millones empleados durante una década y media en Indochina. Nunca un presidente recibió un golpe financiero tan demoledor, ni siquiera George H. W. Bush o George W. Bush durante las guerras de Iraq. En el Golfo, la guerra abusiva no funcionó.
El contundente revés recibido en Oriente Medio ha sido tan severo para Trump que ahora busca encubrir su derrota con nuevas guerras abusivas. Ha escogido a Cuba pensando que la crisis económica derivada de un cerco más criminal que el de los romanos a Calahorra o el asedio a Numancia le facilitará resultados similares a los obtenidos en Venezuela.
Su cinismo no tiene fronteras, y eso es precisamente lo que refleja su afirmación de que conquistar Cuba «es como un juego de niños».
Duele que ni las Naciones Unidas, ni las organizaciones de derechos humanos, ni los juristas obligados a denunciar e impedir violaciones del derecho internacional, ni influyentes intelectuales o líderes políticos hayan movido un dedo frente al anuncio de Trump.
Veinticuatro horas después de tan grosera y peligrosa amenaza, ninguno de ellos había alzado la voz para denunciarlo como instigador de posibles crímenes de lesa humanidad ni para proponer acciones encaminadas a impedir una agresión de esa naturaleza contra una pequeña isla que, precisamente, atraviesa un complejo proceso de reformulación económica para defender las conquistas de su modelo social.
Cuba no va a ser doblegada, y no es necesario compararla con otros países. Basta recordar a Trump —y aconsejarle que escuche— a los Veterans Intelligence Professionals for Sanity (VIPS), quienes advirtieron en un memorando al presidente: «Una eventual invasión a Cuba derivará en una guerra perdida».
Y no lo dijo cualquiera, sino un colectivo integrado por decenas de exagentes de la CIA, el FBI, el Pentágono y el Departamento de Estado.
Fuente: almaplus.tv







