El viernes 15 de julio del pasado año, movido por la publicación en «elDiario.es» de una noticia sobre la ignorancia de la conselleira de medio ambiente de la Xunta de Galicia, Ángeles Vazquez, de la presencia unos “220.000 bidones cargados de residuos radiactivos que se sumergieron en la fosa atlántica, en zonas que están a unos 700 kilómetros de Galicia, entre 1949 y 1982”, escribí en mi bitácora https://mirequelledigo.blogspot.com el cuento que lleva por título “Os do Xurelo”.
El «Xurelo» era un palangrero de Ribeira de 24 metros de eslora que un grupo de activistas —encabezados por el escritor Manolo Rivas, entonces jefe de prensa de la alcaldía de Domingos Merino— consiguió contratar para realizar una acción de intervención en alta mar. El objetivo era impedir que los cargueros continuaran con su labor destructiva de vertido en la fosa atlántica. Pretendían realizar la acción con el apoyo de Greenpeace [1], por aquel entonces una organización con solo diez años de existencia y sin presencia en Galicia ni en España, que compartía la misma alarma ante dicha actividad.
El día 7 de julio «elDiario.es» recoge la noticia de que «Los bidones radiactivos sumergidos frente a Galicia sufren un “avanzado estado de deterioro” tras más de 40 años bajo el mar» y algún partido político —acostumbrado a hablar antes de reflexionar— reclama al Gobierno español que se implique “de manera activa en la investigación” y la elaboración de un plan “para, de ser seguro, proceder a la retirada de los bidones radioactivos”.
Dejando a un lado que el deterioro de los barriles no implica de forma automática la liberación al medio ambiente de su contenido y que a los científicos les quedan muchas horas de trabajo por delante para, en función de las muestras de agua, sedimentos y organismos vivos recogidos, elaborar unas conclusiones sobre “la dispersión y transferencia de radioactividad al medio ambiente” y “[…] alcanzar una mejor comprensión de los mecanismos de transferencia y transporte de los radionucleidos en los fondos oceánicos y su interacción con los ecosistemas abisales”, los barriles no están “enfrente de Galicia” en mayor medida que lo están “enfrente de Irlanda” o ya puestos “enfrente de Nueva Escocia”.
¿Qué tal si dejamos a un lado el alarmismo interesado y pasamos a analizar los hechos?
1.- ¿Cómo de «enfrente» de Galicia están los bidones?
El principal cementerio nuclear de la fosa Atlántica —el más utilizado por países como el Reino Unido, Bélgica, los Países Bajos y Suiza entre 1949 y 1982— no es un punto único, sino una zona de vertido concentrada principalmente en torno a la llamada fosa de las Azores.
Las coordenadas de este cementerio nuclear están perfectamente delimitadas por los organismos internacionales que fiscalizaron los vertidos (principalmente la Agencia para la Energía Nuclear de la OCDE y la Agencia Internacional de la Energía Atómica). Aunque entre 1949 y 1974 se usaron de manera dispersa varios puntos del Atlántico, a partir de 1974 y hasta el cese de los vertidos en 1982, todas las operaciones de los países europeos se concentraron obligatoriamente en un único rectángulo geométrico, situado en la llanura abisal de Vizcaya, en el área de influencia de la fosa de las Azores). Las coordenadas extremas que definían ese «pasillo» de vertido son las siguientes:
- Límite Norte (Latitud): 46° 10′ N
- Límite Sur (Latitud): 45° 50′ N
- Límite Este (Longitud): 16° 00′ W
- Límite Oeste (Longitud): 17° 30′ W
Este polígono delimitaba un área relativamente pequeña en mitad del océano: unas 20 millas náuticas[2] de norte a sur de ancho y unas 63 millas náuticas de este a oeste de longitud. Una zona de unos 4.300 kilómetros cuadrados —es decir un poco más que la mitad de la provincia de A Coruña—, situada entre unas 350 a 400 millas náuticas al noroeste del cabo de Fisterra de la costa gallega; unos 650 a 740 kilómetros en línea recta.
Esta es la situación del área de vertido, no la situación de los bidones que están unos 4.400 m más lejos, porque precisamente en esa zona el fondo marino se desploma en una inmensa llanura abisal. Y a esta profundidad es donde descansan las aproximadamente 100.000 toneladas de residuos encapsulados en hormigón y acero que protagonizan este intento de aclaración.
Vayamos ahora a intentar clarificar otro aspecto de la información periodística: el concepto del «Enfrente» de un Punto, o lo que podríamos llamar en psiquiatría creativa “La crisis de identidad del círculo”.
Puesto que el problema que queremos estudiar no es la distancia a la que está el rectángulo cuyas coordenadas hemos indicado antes, sino la de cada uno de los barriles, al que podemos considerar, sin demasiada inexactitud como un punto. Fijemos ahora ese barril en el centro matemático de este rectángulo y tracemos un círculo imaginario con el centro en esas coordenadas de referencia, 46° 00′ N; 16° 45′ W, con un radio de unos 800 kilómetros. El circulo incluiría en su interior tanto los cabos Fisterra y Ortegal en Galicia, el Cabo de Peñas en Asturias, Viana do Castelo en Portugal, Pointe du Raz en Bretaña (Francia), como el promontorio de Land’s End, en el extremo suroeste de la isla de Gran Bretaña. Fuera de este círculo, pero muy próximo a él, está el condado de Cork y el cabo de Mizen Head, en el extremo suroccidental de Irlanda.
2. La perspectiva legal: Fuera de las aguas jurisdiccionales
Desde el punto de vista del derecho internacional marítimo, esos bidones no están en aguas gallegas ni españolas. La Zona Económica Exclusiva (ZEE) de un país se extiende hasta las 200 millas náuticas de la costa y los vertidos se realizaron deliberadamente en aguas internacionales para eludir las jurisdicciones nacionales, y en fosas abisales que superan los 4.000 metros de profundidad para buscar el aislamiento que ofrecen las grandes llanuras oceánicas.
3. Pero, ¿qué hay en esos bidones?
Según las declaraciones de los organismos responsables los bidones contenían principalmente residuos radiactivos de baja y media actividad. Esto incluye residuos de operaciones nucleares; herramientas, equipos y componentes de instalaciones nucleares; resinas de intercambio iónico, utilizadas para purificar líquidos radiactivos en reactores nucleares; equipos de laboratorio y de oficina contaminados y, en algunos casos, cenizas resultantes de la incineración de residuos sólidos combustibles.
Los radionúclidos más comúnmente asociados con estos residuos eran el Cesio-137 (137Cs), el Tritio (3H) y el Cobalto-60 (60Co). Cada uno presenta un comportamiento y una firma temporal muy distintos:
- El Tritio (3H): Es un isótopo del hidrógeno con una vida media[3] relativamente corta, de unos 12 años Tras más de cuatro décadas desde el fin de los vertidos, la presencia de este elemento residual es ya casi anecdótica.
- El Cobalto-60 (60Co): Utilizado frecuentemente en aplicaciones industriales y médicas, es un potente emisor de radiación gamma. Sin embargo, su vida media es de apenas 5,27 años. Esto significa que el cobalto confinado en los barriles a principios de los ochenta ha completado ya tantos ciclos de decaimiento que prácticamente ha desaparecido, transformándose en níquel estable.
- El Cesio-137 (137Cs): Es el que requería mayor blindaje a corto y medio plazo. Al ser un subproducto de la fisión nuclear con una vida media de unos 30 años, es el más persistente del grupo. Aún permanece activo en los fondos abisales, junto a trazas menores de Estroncio-90 (90Sr). Son precisamente estos isótopos los que justifican que la ciencia mantenga la lupa puesta sobre la zona, vigilando su evolución.
4. ¿Y si se rompen los bidones?
Los residuos se acondicionaban para su inmersión en bidones industriales de acero dulce de unos 200 litros (el volumen estándar de 55 galones). El material radiactivo —la ropa, los filtros, los lodos— se fijaba en el núcleo del contenedor inyectando cemento líquido o asfalto. Al fraguar, los desechos quedaban atrapados en una matriz sólida e inmóvil. Alrededor de este núcleo central se vertía una gruesa capa de hormigón de alta densidad, de varios centímetros de espesor, cuya función era absorber la radiación (principalmente la de tipo gamma) para que los operarios pudiesen manipular la carga en los barcos sin peligro. Finalmente, todo el bloque se empaquetaba en una coraza exterior de acero dulce o galvanizado. Para residuos más voluminosos o que requerían mayor blindaje, se recurría a contenedores concéntricos de hasta 400 o 600 litros. Esta estructura garantizaba un peso muerto muy importante —de entre 350 y 700 kilos por unidad— que aseguraba que, al deslizarse por las rampas del barco, los barriles cayeran en picado hacia la llanura abisal sin que las corrientes superficiales los desviasen de las coordenadas fijadas.
Otro de los aspectos especialmente cuidados era el llenado total[4] de los bidones. A 4.400 metros de profundidad, la presión hidrostática es de unas 440 atmósferas (unos 440 kilos por centímetro cuadrado). Si bajas un bidón industrial normal con un poco de aire dentro a esa profundidad, la presión lo aplasta instantáneamente como si fuera una lata de refresco, rompiéndolo y liberando el contenido.
5. El factor ambiental y el impacto real
El término «enfrente» caló hondo en el imaginario colectivo gallego en los años 70 y 80 debido a las justas campañas ecologistas a las que ya nos hemos referido antes, y al temor a que las corrientes oceánicas transportaran los efectos de la radiación contaminante a las rías, poniendo en peligro el tesoro biológico que representan.
Actualmente, se están llevando a cabo misiones científicas como el proyecto NODSSUM, liderado por el CNRS francés, que comenzó en junio de 2025 —y a cuyas conclusiones previas se refiere el artículo que estamos comentando— para mapear y estudiar el estado de estos bidones sumergidos en el Atlántico Nororiental, analizar su interacción con la biodiversidad marina y medir la presencia de radionúclidos en el agua y los sedimentos circundantes. El objetivo es comprender los riesgos a largo plazo que estos materiales pueden representar para el medio ambiente marino.
Aunque habrá que esperar un tiempo prudencial hasta que la comunidad científica pueda analizar los datos obtenidos, las primeras conclusiones apuntan a la confirmación de los hechos siguientes:
- Dispersión oceánica: La dinámica de corrientes en esa zona del Atlántico Norte no empuja de forma directa e inmediata las aguas profundas hacia la plataforma continental gallega. Además, a más de 4.000 metros de profundidad, la circulación del agua es extremadamente lenta.
- El estado de los bidones: Muchos de los contenedores (que sumaron más de 100.000 toneladas de residuos de baja y media actividad) se diseñaron bajo la premisa de «dilución y dispersión», asumiendo que acabarían colapsando por la presión y que el inmenso volumen de agua marina diluiría los isótopos a niveles inapreciables.
- Vigilancia: Las mediciones periódicas realizadas por el CSIC y el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) en las costas gallegas no han detectado anomalías radiológicas ni impactos en la fauna marina comercial que puedan atribuirse a la fosa.
6. ¿Qué hacer?
La comunidad científica, las autoridades de control radiológico y los organismos internacionales han analizado a lo largo de las décadas tres posibles líneas de actuación frente a la citada presencia de las 100.000 toneladas de residuos de baja y media actividad en la llanura abisal de la fosa Atlántica, a más de 4.400 metros de profundidad.
La viabilidad de cada una de ellas está condicionada por un delicado equilibrio entre el riesgo ecológico, los límites de la tecnología submarina actual y el principio fundamental de «no empeorar las cosas».
Actuación 1: La recuperación física de los bidones (Extracción)
Consistiría en enviar submarinos no tripulados (ROV) o buques especiales para izar los contenedores a la superficie, trasladarlos a tierra firme y almacenarlos en un cementerio nuclear geológico definitivo.
- Viabilidad técnica: Extremadamente baja / Inviable. Aunque hoy en día existen robots capaces de operar a 4.500 metros de profundidad, el problema es el estado de los bidones. Tras más de 40 a 70 años bajo el agua, las carcasas de acero están corroídas y el hormigón interior está meteorizado por la presión y las reacciones químicas. Intentar enganchar o mover un bidón provocaría, en un alto porcentaje de casos, que se desintegrara por el camino, liberando de golpe todo su contenido en la columna de agua.
- Balance de riesgo: Muy negativo. El proceso de izado a lo largo de 4 kilómetros de agua expone los residuos a corrientes ascendentes. El riesgo de rotura masiva durante la manipulación generaría una contaminación dispersa mucho mayor y más peligrosa que la que existe dejando los bidones en el fondo.
Actuación 2: El sellado in situ (Confinamiento submarino)
Esta opción propone «sepultar» el rectángulo de vertidos utilizando barcos tolva que arrojen miles de toneladas de sedimentos arcillosos, cemento especial o bentonita directamente sobre la zona para crear una barrera física artificial sobre los barriles.
- Viabilidad técnica: Media-Baja. Cubrir un área de 4.300 kilómetros cuadrados (mayor que la provincia de Pontevedra, como veíamos) a 4,4 kilómetros de profundidad es un desafío logístico y financiero descomunal. La precisión al soltar material desde la superficie a esa profundidad es muy baja debido a las corrientes profundas.
- Balance de riesgo: Incierto. El fondo de la llanura abisal ya es de por sí una capa de lodo arcilloso muy denso. Muchos bidones ya están semienterrados de forma natural por el propio peso y el sedimento marino. Añadir capas artificiales de forma violenta podría romper mecánicamente los barriles que aún queden íntegros, provocando el efecto contrario al deseado. Además, el coste económico sería inasumible para un riesgo que actualmente está controlado.
Actuación 3: La vigilancia radiológica pasiva (Atenuación natural controlada)
Es la actuación que se aprobó internacionalmente y la única que se ejecuta en la actualidad. Consiste en monitorizar la zona mediante campañas oceanográficas periódicas, tomando muestras de agua profunda, sedimentos del fondo y fauna marina (peces, crustáceos) para medir los niveles de radionucleidos.
- Viabilidad técnica: Máxima (100% viable). Ya se realiza de manera sistemática a través de programas internacionales (como el convenio OSPAR) y nacionales (el programa MARVA del Consejo de Seguridad Nuclear en España). Los laboratorios analizan con altísima precisión trazas de Cesio-137, Estroncio-90 o Tritio.
- Balance de riesgo: Favorable. Se basa en aceptar el principio original: la «dilución y dispersión» ya ha ocurrido o está ocurriendo de forma extremadamente lenta. El propio paso del tiempo juega a favor: isótopos peligrosos como el Estroncio-90 y el Cesio-137 tienen vidas medias de unos 30 años. Como los vertidos cesaron en 1982 (hace más de 40 años), más de la mitad de esa radiactividad ya ha desaparecido por decaimiento físico natural, transformándose en elementos estables y no nocivos.
7. Conclusión
La conclusión unánime de los expertos en seguridad nuclear y oceanografía es clara: la mejor actuación es la tercera.
Cualquier intento de intervención física (extracción o enterramiento) plantea un riesgo de accidente y dispersión radiológica inmediata inadmisible. El aislamiento que proporcionan los 4.400 metros de agua, sumado al inexorable reloj del decaimiento radiactivo, hace que el monitoreo científico sea la opción más sensata, segura y viable.
Notas:
[1] Al final el buque emblema de Greenpeace, el Sirius, no llegó a la cita: una avería de última hora le impidió salir.
[2] La “milla náutica”, (“milla marina” en algunos textos) equivale, según la Oficina Hidrográfica Internacional y la Oficina Internacional de Pesas y Medidas a 1.852 metros
[3] La vida media es el tiempo que tarda la mitad de los átomos de una sustancia en desintegrarse y dejar de ser radiactivos.
[4] En los modelos donde no se podía garantizar la ausencia total de aire, se instalaba en la tapa una pequeña válvula de compensación o un tapón de plástico deformable. Al bajar el bidón y aumentar la presión exterior, la válvula permitía la entrada controlada de agua de mar al interior del bidón. Al igualarse las presiones interior y exterior, el bidón mantenía su forma intacta hasta llegar al fondo.







