Fidel recordaría Birán como un mundo de posiciones visibles. Sus padres eran los dueños; otros llevaban las cuentas, enseñaban, cuidaban el ganado, cortaban caña o dependían del trabajo disponible. Los haitianos vivían en barracones de guano; en su casa no faltaban alimentos. A los seis o siete años advertía las diferencias, pero el conjunto le parecía natural. Sabía quién mandaba, quién trabajaba y cómo se vivía en cada lugar, pero no qué relaciones producían y reproducían esas vidas.
En la Universidad aquel mundo comenzó a ordenarse. Martí permitía situar los conflictos del presente en la historia cubana de colonialismo, independencia, soberanía y deber político. La Economía Política mostraba otra contradicción: una sociedad capaz de producir abundancia generaba hambre, desempleo y crisis. Fidel recordaría que Marx le permitió vincular abundancia y miseria con propiedad, trabajo y clase; Lenin situó el campo cubano en las relaciones entre Estado, dirección política, capitalismo central y periferia. Su formación jurídica añadió una gramática para intervenir mediante la Constitución, los derechos y los procedimientos. Ninguna prescribía por sí sola un camino; juntas hacían inteligibles relaciones que los hechos cubanos volverían concretas.
Fidel utilizaba esos instrumentos dentro de la Ortodoxia y se preparaba como candidato cuando Batista anuló las elecciones de 1952. Esperó que los partidos desplazados restablecieran la Constitución. Mientras denunciaba el golpe y acudía al Tribunal de Urgencia, comenzó a preparar una respuesta armada. El Ejército había decidido quién gobernaba, los tribunales aceptaban la situación y las direcciones opositoras no transformaban el rechazo en acción. La legalidad conservaba legitimidad, pero había perdido capacidad para imponerse; la base social contraria a Batista carecía de dirección operativa. Cuando las fuerzas de las que esperaba una respuesta no la produjeron, Fidel comenzó a construirla con jóvenes procedentes en gran medida de la Ortodoxia. Años después condensaría el aprendizaje: «el camino de la lucha armada no es el camino que hayan escogido los revolucionarios, sino el camino que los opresores le han impuesto a los pueblos».
El Moncada siguió invocando la Constitución de 1940, pero reunió esa legitimidad con tierra, trabajo, vivienda y educación. El asalto debía abrir una situación a la que pudieran incorporarse fuerzas sociales mayores y fracasó antes de producirla. En el juicio, el Derecho cambió de función: Fidel ya no pidió al Estado que aplicara sus normas, sino que convirtió el proceso en acusación y programa. La historia me absolverá vinculó problemas sociales, posiciones materiales y un pueblo llamado a transformar las relaciones que los producían.
En la Sierra volvió a encontrarse con la Cuba rural desde otra posición: dirigía una fuerza que dependía de campesinos afectados por las relaciones de tierra, trabajo y poder que pretendía transformar. Las armas estadounidenses empleadas por Batista hicieron concreta la relación entre coerción interna y subordinación exterior. La Ley Agraria rebelde de 1958 unió además propiedad, Derecho y autoridad: la tierra dejó de ser solo diagnóstico o promesa. Para cambiar el campo hacía falta una autoridad capaz de modificar materialmente sus relaciones.
La victoria trasladó esas relaciones a escala estatal. La Reforma Agraria de 1959 exigía ya expropiar, administrar y sostener la producción. Fidel aún la presentó como base de un desarrollo nacional capaz de reunir a campesinos, obreros e industriales cubanos; pero su ejecución afectó a terratenientes y compañías estadounidenses. Cuando refinerías extranjeras se negaron a procesar petróleo soviético y Washington redujo la cuota azucarera, el control de infraestructuras y mercados apareció como capacidad exterior para limitar decisiones cubanas. Las nacionalizaciones tuvieron funciones distintas en esa transformación y ese conflicto, no formaron un solo acto doctrinal. Tierra, energía, banca y comercio mostraron que soberanía y transformación social no podían realizarse por separado.
La Primera Declaración de La Habana reunió en una misma explicación imperialismo, monopolios, latifundio, explotación, derechos sociales y soberanía. En abril de 1961, «socialista» no inauguró otro proyecto: dio nombre público a la composición construida entre propiedad, derechos, soberanía y defensa. En diciembre Fidel se declaró marxista-leninista. Explicó que ya creía en el marxismo en tiempos del Moncada, aunque la experiencia revolucionaria, el enfrentamiento con el imperialismo y la lucha de clases le habían permitido comprenderlo mejor. La doctrina dejaba de ser solo una gramática para interpretar el mundo; debía también orientar el Estado, formar cuadros y reproducir la capacidad colectiva de transformarlo.







