Revolución

La asfixia a la que se lleva sometiendo durante décadas a la población cubana tiene un único objetivo: el desencanto que provoca la necesidad. No podemos dejar que la venzan por hambre. No es justo.

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cuba contra el bloqueo | Cancillería de Cuba (@CubaMINREX)
cuba contra el bloqueo | Cancillería de Cuba (@CubaMINREX)

Viví algo más de tres años en Cuba, pero como cubano, no como turista, que nadie se confunda. Compartía la casa de mi compañera con ella y sus dos hijos que, casualmente, tenían la misma edad que los míos mayores que estaban en España. Era lo que coloquialmente se llama una “barbacoa”, nombre que reciben las viviendas que, espaciosas o no, se reconvierten en todas las que resulten necesarias a la familia o vecinos, mediante verdaderas obras maestras de arquitectura que dan testimonio del ingenio cubano.

No sobrepasaba los veinte metros. La cocina estaba prácticamente integrada en la habitación de los niños. La nuestra hacía las veces de sala de estar, comedor, lugar de estudio, sitio de juegos, almacén, despensa, cuarto de invitados y dormitorio conyugal, que consistía en un colchón extendido bajo el aire acondicionado, de fabricación soviética, que perdía agua en un incesante goteo sobre nuestras cabezas, lo cual era muy de agradecer en las calurosas noches tropicales.

Mentiría si dijera que, al principio, no me costó adaptarme. Me llamaba la atención la escasez de productos en los escaparates, el que fuera complicado encontrar hilo para coser, recambio para el bolígrafo, papel normal, o la dificultad para conseguir cualquier tipo de necesidad tonta que en España lograbas con un chasquido de dedos y, por supuesto, dinero. Me sorprendía la tenue iluminación nocturna, la ausencia de destellos y luminarias, pero cuando viajé la primera vez de vuelta a España, al contemplar la ciudad de noche desde el aire, con ese exceso de luz eléctrica que confunde a la obscuridad y le hace creerse día, pensé, ¡qué despilfarro! Lo normal, lo razonable, es lo que había dejado en la isla.

Era la época en que la Unión Soviética garantizaba una balanza comercial que mitigaba en parte, y digo en parte, el criminal Bloqueo, que no embargo, ordenado por el Imperio Yankee. Pero aun así, a pesar de las dificultades, existían dos millones de estudiantes becados procedentes de los países menos favorecidos; la única Escuela de Cine gratuita, llamada de los Tres Mundos, algo imprescindible para romper con el colonialismo cultural; hospitales avanzados donde veías gente de toda raza y nacionalidad curarse enfermedades endémicas, vitíligo, piernas o brazos destrozados por las guerras; librerías en todas las esquinas donde aprender que existen más literaturas que la europea y la americana; música, ballet; alimentación básica garantizada y atención médica familiar y preventiva.

Si algo podía acabar con la ilusión revolucionaria era las diferencias sociales y económicas. Mientras intelectuales y dirigentes políticos siguieran teniendo las mismas dificultades que el resto, todo iría bien

No era una sociedad perfecta, pero trataba de salir adelante impulsada por el motor de la dignidad. Yo cobraba en “divisa” —lo hacía porque tenía una familia en España que alimentar— con lo cual podía acceder a comprar ciertas cosas de importación, cosas tan elementales en nuestros países como una nevera. En la casa había una soviética. Soviética en el más amplio sentido de la palabra, aparatosa, fuerte, robusta, indestructible, pero ruidosa y de poco enfriar. Así que le dije a mi compañera: “Voy a comprar una más moderna, alemana, eficiente”. “Ni lo pienses”, respondió. No quería que sus hijos pudieran presumir ante sus amigos de algo que el resto de la población carecía. Estaban todos a una contra el bloqueo y a favor de un mundo justo y solidario. Pero también eran conscientes de que el peligro estaba en las diferencias sociales y económicas. Si algo podía acabar con la ilusión revolucionaria, era precisamente eso. Mientras Tomás Gutiérrez Alea, “Titón”, el director de cine aclamado y reconocido en el mundo entero siguiera teniendo un coche con un inmenso agujero en el suelo, mientras intelectuales y dirigentes políticos, siguieran teniendo las mismas dificultades que el resto, todo iría bien.

Y es ahí donde hay que buscar la razón del bloqueo, que, como un acto de auténtico Genocidio, se lleva cometiendo contra Cuba desde 1960. La asfixia a la que se lleva décadas sometiendo a la población tiene un único objetivo, el desencanto que, humana y biológicamente, provoca la necesidad.

Cuando hay hambre, carencia, hartazgo, cansancio, ¿quién no intentará subsistir por sus propios medios?; ¿quién no dejará de pensar en sus vecinos y sólo lo hará en su familia?

Cuba ha sido y sigue siendo un ejemplo para la humanidad. Donde otros países han mandado ejércitos, Cuba ha mandado médicos, maestros, ingenieros, artistas. No podemos dejar que la venzan por hambre. No es justo.

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