Continuando este tema de la unidad de la izquierda debatida en el XXX Seminario “Los Partidos y una Nueva Sociedad”, que cada año organiza el Partido del Trabajo de México, abordamos algunas de las ponencias presentadas en el foro, una de ellas, Progresismo y marxismo: alianzas, contradicciones y límites, de Paúl Almeida Pozo, secretario general del PC de Ecuador.
Su ponencia es importante porque está dirigida al lema de este análisis de que, sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil, y las ideas expuestas por él ante los 360 colegas asistentes al foro buscan lograr la reunión de afinidades ideológicas, sin exclusión, que tengan más en cuenta lo que los une que lo que los desune.
Ya esa sola intención es merecedora de la mayor atención de los interesados, en especial cuando se dice en un foro heterogéneo y discrepante, con sus naturales contradicciones, pero ni antagónicos y mucho menos irreconciliables.
Almeida Pozo se refería a la unidad dentro de la pluralidad al señalar que el debate sobre el progresismo —una definición genérica de lo diverso dentro de un mismo bloque—, su papel histórico y sus límites políticos, no puede seguir siendo abordado como una discusión secundaria dentro de la izquierda latinoamericana.
Mucho menos en un contexto como el actual, marcado por el recrudecimiento del neoliberalismo, la ofensiva imperialista, la profundización de la crisis capitalista y la evidencia cada vez más clara de que las fórmulas reformistas ni quieren, ni pueden transformar de raíz la realidad de nuestros pueblos.
Y tiene toda la razón porque, en teoría, progresismo se aviene más que izquierdismo a una definición política y estratégica del antimperialismo, por ser más abarcadora. No necesariamente hay que ser marxista, leninista, fidelista, chevarista, hochimista, como lo es genéricamente el izquierdismo, para luchar contra el imperialismo, tener una actitud patriótica o nacionalista, defender la soberanía, batallar por la igualdad social y la dignidad de la persona u oponerse al injerencismo.
Hay voces que claman por la creación de una nueva izquierda, y eso no es criticable porque responde a los parámetros de una batalla antimperialista que no avanza con el orden y velocidad deseada precisamente por su fragmentación, y quienes buscan la renovación de esa fuerza toman muy en cuenta el daño que está provocando en los objetivos de soberanía esa segmentación.
Almeida fue muy preciso al considerar que, en esas condiciones, volver sobre la relación entre progresismo y marxismo no es un ejercicio académico ni una polémica de capilla: es una necesidad política y estratégica.
La cuestión central consiste en comprender qué representó realmente el progresismo en América Latina, cuáles fueron sus alcances, en qué sentido constituyó una respuesta parcial a la crisis neoliberal, cuáles fueron sus contradicciones estructurales y por qué, pese a sus avances, no logró romper la lógica de acumulación capitalista ni construir una salida duradera frente a la dominación oligárquica e imperialista”, dijo el dirigente ecuatoriano, posiblemente pensando en lo que sucedió en su país con el ascenso de una derecha brutalmente proimperialista cuando la izquierda fue traicionada por Lenin Moreno.
Del mismo modo, se vuelve necesario precisar desde qué perspectiva el marxismo se relaciona con esos procesos para evitar que la lucha por el socialismo se diluya en ellos o que las fuerzas revolucionarias lo rechacemos de manera sectaria, sino que podamos asumir con claridad una posición dialéctica capaz de reconocer sus aportes tácticos, sus insuficiencias estratégicas y la necesidad de una política propia de la clase trabajadora y las organizaciones revolucionarias.
Se trata de una ponencia muy detallada y explicativa de todo lo que ha ocurrido en Ecuador y es muy recomendable que sea leída no solamente por las fuerzas progresistas de ese país andino, sino de todo el continente.
Lo mismo sucede con la presentada por el chileno Marco Ilich Riquelme del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que tanto luchó contra el fascismo pinochetista en la larga noche negra del país austral y que, después de zafarse de sus atrocidades, sorpresivamente la luz del sol vuelve a desaparecer con la inusitada elección de otro fascista, José Antonio Kast, para entregar nuevamente la soberanía nacional a Estados Unidos.
En el caso particular de su país, la división del progresismo, tomándolo como el todo y no la parte, fue la causa principal del regreso del pinochetismo, el régimen más cruel y despiadado de toda América Latina, y no solamente es culpable Gabriel Boric, quien defraudó tanto al pueblo de Salvador Allende cuando debió ser un eslabón que uniera las tendencias de izquierda y fortaleciera un allendismo tan necesario para su pueblo, y no volver a ser pisoteado y mancillado como ahora.
Riquelme tiene sus razones cuando discrepa de quienes presentan la socialdemocracia y el progresismo nativo como un arroyo manso, al alertar que no son la solución para nuestros pueblos, porque enfoca su criterio desde la cruda realidad chilena en la que un presidente que se autoproclamó antifascista y cercano a la izquierda, pues salió del pueblo, perdió tanta credibilidad ante sus compatriotas que, más allá de las trampas y las campañas teledirigidas en favor de Kast, su apatía derivó en el regreso del pinochetismo, algo que jamás pasó por la mente de los latinoamericanos, y que fortaleció tanto a la ultraderecha trumpiana en el continente.
Ahora, como explicó el ponente, la mayoría de los jóvenes chilenos “buscan un espacio de lucha contra el brutal sistema capitalista que se impone en nuestra patria”. Es que se sienten desencantados porque ni la izquierda como tal, ni el progresismo en su globalidad, lograron, o peor todavía, ni siquiera intentaron que el término de la dictadura en Chile significara el cambio del modelo que les habían impuesto a sangre y fuego.
La experiencia en el período del pospinoquismo fue desastrosa para los chilenos de abajo, y ello lo reflejó en su presentación Riquelme al argumentar su criterio sobre la socialdemocracia y los presuntos gobiernos progresistas en Chile, sin excluir a ninguno desde Patricio Aylwin Azócar en marzo de 1990 hasta Boric.
Argumentó que “la socialdemocracia preserva el sistema de lucro del capital, manteniendo intacta la propiedad privada, mediante la desactivación y cooptación de las luchas sociales, desvinculándolas de la crítica económica y de la acción política consecuente, mediante el intento de fragmentación y debilitamiento de las masas movilizadas en multitud de demandas justas, pero parciales, excluyentes, sectoriales, culturales identitarias, ocultando su común raíz en el régimen de explotación asalariado”.
Dijo que estas “solo tendrán un potencial transformador si son capaces de articularse a otras luchas de manera unitaria para ser parte del proyecto anticapitalista. Será interesante analizar cómo hemos venido ocultando nuestra acción revolucionaria de la mano de los gobiernos progresistas que tanto daño le han hecho a las fuerzas populares y a nuestros pueblos en Latinoamérica, particularmente”.
Finalmente, añadió: “Los gobiernos autollamados progresistas han sido los responsables de elaborar y aplicar las leyes del gran capital; es por eso que se han turnado en la gobernanza de los países, una vez la socialdemocracia (progresistas), otra vez la derecha y ahora también la ultraderecha, que con matices más o menos administran el Estado en beneficio de la gran burguesía y el imperialismo”.
Explicó que continuó el sistema capitalista en su modalidad monopolista, especuladora, dependiente, extractivista, con niveles brutales de explotación. Tampoco trajo consigo el juicio y castigo a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos; por el contrario, siguieron las mismas fuerzas armadas y policiales, con niveles asegurados de impunidad, el mundo civil instigador.
Por el contrario, los nuevos gobiernos trajeron consigo el perfeccionamiento y profundización del sistema capitalista y su modelo capitalista neoliberal. Es mayor la privatización del cobre durante los gobiernos postdictatoriales y “democráticos” que lo que se privatizó en dictadura. El mar, las carreteras, el agua y otros servicios fueron privatizados durante los gobiernos posteriores a la dictadura.
Esto significó el fortalecimiento de la burguesía nacional y un camino creciente para nuestra dependencia del imperialismo y el robo de los recursos naturales de los pueblos, denunció el orador.
Con ello, Riquelme dio razones al auditorio para que eleven al mundo la necesidad de seguir trabajando duramente por la unidad y la creación de un antimperialismo monolítico que destrone a quienes se están apoderando nuevamente de América Latina y el Caribe y retrotrayendo a la región a su época oscura cuando fue el patio trasero de Estados Unidos.
Fuente: almaplus.tv







