Sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil (1)

La izquierda global debate cómo frenar a la derecha, defender la democracia y responder a la crisis del capitalismo con unidad y soberanía.
El expresidente de Colombia Gustavo Petro en el XXX Seminario Internacional celebrado en México | Fuente: @petrogustavo
El expresidente de Colombia Gustavo Petro en el XXX Seminario Internacional celebrado en México | Fuente: @petrogustavo

El XXX Seminario Internacional “Los Partidos y una Nueva Sociedad”, que cada año organiza el Partido del Trabajo de México, llegó a la conclusión de que sin la unidad de la izquierda global todo será más difícil, en particular detener el avance de la derecha, cada vez más dotada de instrumentos y recursos para imponerse en eventos como las elecciones presidenciales y legislativas.

Ya desde el primer minuto de la ceremonia inaugural se supo que ese sería un punto clave del encuentro de 360 líderes políticos y expertos, y que el debate sería muy profundo a partir de las debilidades que el sector progresista ha presentado en eventos electorales que los han dejado fuera del juego en numerosos países de América, Europa y África.

El fuego lo abrió el expresidente de Colombia Gustavo Petro al argumentar sobre la necesidad de esa unión de la izquierda global. Alertó que el método del conservadurismo no es solamente presionar el avance de la extrema derecha a un simple cambio de partido político, sino un intento sistémico de censurar y erradicar visiones alternativas de sociedad a través de la coerción, el control digital y el «tecnofascismo».

Al meterse en la médula del debate, dijo que el escudo de la unidad debe ser el pluralismo y que la izquierda y el progresismo no deben unirse para imponer un pensamiento único, sino para formar un bloque lo suficientemente fuerte que sea capaz de proteger la diversidad de pensamiento y la democracia misma frente a un proyecto político que busca la sumisión homogénea.

Por eso advirtió seguidamente de la necesidad de extinguir la diferencia con violencia porque eso es fascismo, y expresó que el peor enemigo de la democracia es “matar” la diferencia.

El boliviano Andrónico Rodríguez consideró que la izquierda se encuentra en un punto de inflexión histórico que exige madurez, pragmatismo, visión de Estado y, sobre todo, una lectura fría de nuestra realidad regional porque el mapa político de nuestra región ha cambiado de forma acelerada.

En este nuevo escenario regional, dijo, cobran fuerza iniciativas impuestas desde afuera, como el denominado Escudo de las Américas, inventado por Estados Unidos y ejecutado por el secretario de Estado, Marco Rubio.

Debemos analizar ese esquema con absoluta lucidez: ¿un escudo para proteger el desarrollo de nuestras naciones o una arquitectura para condicionar nuestra autonomía y alinear la geopolítica del continente?, se preguntó Petro.

A renglón seguido expresó un criterio muy polémico de que, en su opinión, frente a este nuevo mapa y ante cualquier intento de tutela externa, la respuesta de la izquierda del siglo XXI no puede ser la protesta violenta ni el aislamiento intransigente. La respuesta debe ser la competitividad, la estabilidad macroeconómica, la eficiencia en la gestión y la fortaleza productiva.

El verdadero escudo de América Latina no son los alineamientos automáticos ni la militarización: el verdadero escudo de nuestra región es nuestra capacidad de transformar de forma soberana nuestras materias primas, sean minerales, energía, alimentos o recursos hídricos, darles valor agregado y competir con solidez en los mercados internacionales. Y sentenció que “la izquierda moderna debe ser la izquierda del equilibrio y la responsabilidad”.

El argentino Nicolás Mayr, en su ponencia titulada «El interregno como forma histórica», profundiza en la polémica al trazar lo que él considera el límite histórico del capital, lo cual dibuja la situación contemporánea como un interregno que exige comenzar por una distinción fundamental insoslayable, como es la formación social.

En esencia, al parecer se está refiriendo a la época de cambios para llegar al cambio de época, y nos sitúa exactamente en el período de transición entre uno y otro, en el que hay coincidencia, que es el punto donde nos encontramos, y que el autor denomina interregno. El punto importante llega cuando opina que esta puede alcanzar su límite histórico sin que ello implique su derrumbe inmediato ni la aparición automática de una forma social destinada a sustituirla.

Según el autor, el problema no consiste, por tanto, en establecer si el capitalismo atraviesa una nueva crisis —las crisis forman parte de su propio mecanismo de reproducción—, sino en determinar si las contradicciones que hoy enfrenta pueden todavía resolverse mediante una nueva expansión de las relaciones sociales que le son propias.

Otros piensan que sí, que es necesario establecer trances para poder definir acciones específicas en favor del cambio de época, pues las crisis, aunque provengan de las mismas raíces, tienen sus características particulares que son, precisamente, las que definen y dan forma a sus contradicciones y marcan la trazabilidad de las estrategias para impedir que los cambios sean desvirtuados y transformados en su esencia.

Mayr, de hecho, da la razón a quienes así piensan cuando admite que, “durante una extensa etapa histórica, el capital pudo transformar sus propias contradicciones en condiciones de una expansión ulterior”.

Es lo que ahora la izquierda no debe permitir para evitar que el cambio en curso sea para la creación de un nuevo capitalismo que aparentemente apunta hacia un reacomodo territorial o hemisférico de las superpotencias, que mantenga marginado al sur global.

Sin embargo, tiene mucha razón cuando expresa que “el problema contemporáneo aparece cuando esos mismos mecanismos (relación sectorial y espacios de acumulación) dejan de producir una salida histórica equivalente. El aumento de la productividad, lejos de resolver la contradicción, reduce relativamente la cantidad de trabajo vivo movilizada por una masa creciente de medios de producción” (El paréntesis es mío).

Tal afirmación podría relacionarse de manera inversamente proporcional con los principios de la noonomía (razón y conocimiento) desarrollada por el teórico ruso Sergey Bodrunov como esencia de la economía.

Si Mayr aceptara que la reducción del tiempo de trabajo es una categoría imprescindible para la liberación productiva de la persona humana en favor de su bienestar —que ahora parece una utopía, pero es alcanzable si la noosfera cumple su rol social y no monopólico como sucede con la inteligencia artificial—, estaría hablando de un cambio radical en la concepción económica del capitalismo, algo a lo que la humanidad llegará en algún momento.

Pero no es su planteamiento. Mayr reafirma el criterio marxista aún vigente de que “el trabajo vivo constituye la fuente de nuevo valor. La tendencia a sustituirlo, racional desde el punto de vista de cada capital individual sometido a la competencia, erosiona las condiciones generales sobre las que descansa la valorización”.

Y en ese punto llega al centro de la polémica: La contradicción no reside entonces en una insuficiencia tecnológica. Por el contrario, existe una capacidad material creciente para producir bienes, procesar información y sustituir trabajo humano al mismo tiempo que se vuelve crecientemente problemática la valorización de esa capacidad bajo relaciones capitalistas”.

La economía tiene un criterio diferente. Uno de sus centros es la eliminación del dinero como concreción del valor. Conviene, por tanto, recordar que en la teoría de Bodrunov, la razón y el conocimiento sustituyen por completo a la ley del valor a largo plazo, en lugar de complementarla.

Tampoco la concibe como una reforma o variante del capitalismo, sino como una transición hacia una sociedad no económica, como se observa en su impacto sobre la ley del valor bajo los siguientes fundamentos: Su sustitución por superación tecnológica determina que el valor de cambio de las mercancías, el cual se rige por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas, como señaló Marx, debe desaparecer o cambiar.

En la noonomía, el progreso tecnológico intensivo (automatización masiva, inteligencia artificial y robótica avanzada) provoca la eliminación del ser humano del proceso directo de producción material, es decir, lo libera de esa responsabilidad y amplía su tiempo de creación y bienestar.

Al desaparecer el trabajo humano directo en la manufactura de bienes, la ley del valor pierde su base de cálculo y su razón de ser, y se abre un proceso de igualdad social en el cual la posición del ser humano ya no la define el dinero o la riqueza material, sino la cultural. La esencia del cambio, en consecuencia, está en la noosfera, la cual sirve de base a la tecnosfera que ya está presente en las principales potencias económicas actuales.

Como advierte Bodrunov, la noosfera genera la tecnosfera, la cual no surge de la nada; es el resultado directo de las ideas, la ciencia y el conocimiento humano, que es donde nace y se conforma el proyecto, primero como un pensamiento en la noosfera, y luego se concreta en la tecnosfera, y no al revés, como a veces la gente piensa que sucede en la IA.

Lo que sucede es que, a la vez, la tecnosfera creada por el hombre expande la noosfera, entre otras cosas, por la interconexión recíproca que se crea, como vemos hoy en día con la tecnología actual (internet, la inteligencia artificial, redes globales, etc.), que actúan como el «sistema nervioso» físico que alimenta al conocimiento humano para que este, a su vez, siga conectado al artificial y ambos se expandan a una velocidad nunca antes vista.

Solo cuando la razón humana guíe de manera consciente la producción material y la tecnología, la tecnosfera dejará de ser una amenaza ecológica y laboral, y se convertirá en una herramienta puramente al servicio de la humanidad. Pero no nos hagamos ilusiones. El propio Bodrunov admite que la noonomía es un modelo futuro donde se satisfacen las necesidades mediante la «luz de la razón», libre de relaciones de propiedad comercial y de mercado.

En este escenario de violencia e irracionalidad agudizado desde el mismo 20 de enero de 2025 con la segunda llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, lo que le toca a la izquierda es precisamente abrirle el camino a los principios más elementales y realizables ahora de la noonomía, que solo se consigue mediante una militancia ideológica activa para conducir los cambios, basada en un antiimperialismo monolítico que no es tan fácil de construir, pero tampoco imposible.

Este tema de la unidad de la izquierda global lo continuaremos en la próxima entrega.

Fuente: almaplus.tv

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