Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) no son una invención de las redes sociales. La anorexia y la bulimia existían mucho antes de Instagram, TikTok o los filtros que modifican los rostros y los cuerpos. Sin embargo, estos trastornos están aumentando y aparecen cada vez a edades más tempranas.
Las nuevas formas de consumir imágenes influyen en el problema, pero no lo explican por sí solas: detrás también hay una presión estética arraigada en la sociedad, una industria que convierte el cuerpo en un producto que perfeccionar y unas expectativas de belleza difíciles de alcanzar.
Un estudio publicado en la revista científica JAMA Psychiatry revela que los casos de anorexia y bulimia nerviosa aumentaron un 71% en el mundo entre 1990 y 2023. En ese último año, más de 18 millones de personas vivían con alguno de estos trastornos. La investigación, que analiza datos de 204 países y territorios, señala que la tendencia podría continuar durante las próximas décadas.
El problema afecta especialmente a la población joven: el 41,2% de los casos se concentra entre los 10 y los 24 años. Además, distintos estudios han detectado un adelanto de la edad de inicio. En Países Bajos, la incidencia de anorexia entre niñas de 10 a 14 años pasó de 8,6 a 38,6 casos por cada 100.000 personas y año a lo largo de cuatro décadas, aunque la incidencia global en la población se mantuvo estable. En Australia, los registros pediátricos también detectaron una duplicación de los casos de trastornos alimentarios de inicio temprano respecto a la década anterior.
No se trata, por tanto, de un problema marginal ni de una moda pasajera. Los TCA pueden tener consecuencias físicas y psicológicas graves, requieren atención especializada y pueden dejar secuelas duraderas. Su aumento obliga a mirar más allá de las decisiones individuales y preguntarse qué condiciones sociales están contribuyendo a extenderlos.
Un ideal de belleza que nunca se alcanza
Las redes sociales han multiplicado la exposición a imágenes de cuerpos idealizados. Los filtros, los retoques y las fotografías cuidadosamente seleccionadas construyen una imagen de la apariencia física que a menudo no se corresponde con la realidad. A ello se suman los contenidos sobre dietas, pérdida de peso y ejercicio que presentan el control permanente del cuerpo como una obligación.
Una revisión de 50 estudios realizados en 17 países encontró una relación entre el uso de redes sociales y los problemas de imagen corporal y alimentación. Entre los mecanismos identificados figuran la comparación constante con otras personas, la interiorización de ideales físicos y la tendencia a valorar el propio cuerpo desde la mirada ajena.
Los algoritmos pueden reforzar esta dinámica al recomendar contenidos similares a los que una persona ya consume. Una adolescente que empieza a interesarse por las dietas o por adelgazar puede terminar expuesta repetidamente a mensajes que normalizan la restricción alimentaria y presentan determinados cuerpos como el modelo que debe alcanzar.
Pero el problema no comienza ni termina en la pantalla. Las redes amplifican ideales que también se transmiten en la publicidad, la televisión, la industria del entretenimiento y las relaciones cotidianas. La presión por tener un cuerpo determinado precede a internet; lo que ha cambiado es la intensidad y la frecuencia con que esos mensajes llegan a la población.
Cuando ni siquiera la ropa está hecha para tu cuerpo
Una de las expresiones más cotidianas de esa presión se encuentra en las tiendas de ropa. Un estudio de la Universidad Internacional de La Rioja advierte de que las tallas reducidas, la escasa variedad de medidas y las prendas comercializadas como talla única pueden provocar frustración, ansiedad y malestar con el propio cuerpo, especialmente entre adolescentes de 12 a 15 años.
La investigadora Lucía Gallego señala que esta frustración puede favorecer la autocrítica y las dietas restrictivas, aumentando el riesgo de desarrollar un trastorno alimentario. Las redes sociales refuerzan esa presión al mostrar imágenes retocadas y cuerpos seleccionados según los cánones dominantes.
La industria de la moda no crea por sí sola los TCA, pero participa en un entorno que identifica la delgadez con el éxito, la aceptación social y el atractivo. El cuerpo se convierte así en un proyecto permanente de corrección: siempre hay algo que adelgazar, tonificar, ocultar o mejorar. Y ese ideal se mantiene fuera del alcance de buena parte de la población precisamente porque se construye mediante imágenes seleccionadas, retoques y estándares restrictivos.
Una presión que no afecta a todo el mundo por igual
Las mujeres y las niñas soportan una presión especialmente intensa sobre su apariencia. Los datos del estudio mundial muestran que representan el 70% de los casos de anorexia y bulimia registrados en 2023. Esta diferencia está relacionada, entre otros factores, con unos modelos culturales patriarcales que han vinculado históricamente el valor de las mujeres a su aspecto físico. Eso no significa que los hombres estén al margen: también sufren presiones corporales, aunque en ocasiones asociadas a la musculatura y la definición física.
La edad también importa. La adolescencia es una etapa en la que la aceptación del grupo, la construcción de la identidad y los cambios corporales pueden hacer especialmente dolorosa la comparación con los demás. Cuando el reconocimiento social parece depender de ajustarse a un ideal físico, la insatisfacción corporal puede convertirse en una fuente constante de angustia.
Por eso, reducir el problema a la falta de autoestima o a un uso excesivo del móvil resulta insuficiente. La presión estética se alimenta de una industria que convierte el cuerpo en una mercancía y obtiene beneficios de la insatisfacción que genera. La moda, la publicidad, las redes sociales y los negocios vinculados a la belleza y la pérdida de peso difunden modelos físicos difíciles de alcanzar y, al mismo tiempo, venden productos y servicios para aproximarse a ellos. Los trastornos alimentarios existían mucho antes de las redes sociales y no todas las personas expuestas a estos contenidos desarrollan uno. Pero su expansión obliga a examinar las condiciones sociales en las que crecen las nuevas generaciones. Cuando la apariencia se convierte en una fuente de reconocimiento social y, a la vez, en una oportunidad de negocio, la inseguridad deja de ser solo un problema individual: se transforma en algo de lo que otros pueden sacar provecho. Combatir los TCA también implica cuestionar una modelo que enseña a vigilar, corregir y consumir el propio cuerpo como si siempre hubiera algo que arreglar.







