El martes fúnebre de Donald Trump

Un análisis sobre la derrota electoral de Donald Trump, el rechazo popular a su agenda en las urnas y la crisis del modelo político estadounidense.
Donald Trump | The White House
Donald Trump | The White House

Donald Trump tuvo el 3 de noviembre de 2026 su martes fúnebre, casualmente 24 horas después del Día de los Fieles Difuntos, cuando los animeros de La Magdalena Panoaya recorrieron las calles del Texcoco mexicano sonando campanas y encendiendo velas en las tumbas, invocando a los ausentes: “Salgan, salgan, salgan, ánimas en pena, que el santo rosario rompa sus cadenas».

En Estados Unidos salieron en masa los antes ausentes electores, los vivos a quienes Trump tenía encerrados en los miedos del ICE y de su dictadura MAGA, y rompieron las cadenas de la irracionalidad y el autoritarismo con las que los ataba.

No fue un voto contra partidos, ni siquiera a favor del ganador, sino contra un régimen social dominado por multimillonarios que hundieron a Estados Unidos en la crisis existencial más profunda que ha vivido en su corta historia de poco más de 250 años.

Las velas de los animeros no se encenderán en los camposantos estadounidenses, sino en el parque Lafayette Square del Downtown Washington y el Edificio Harry S. Truman, de 2201 C Street NW, de Foggy Bottomel, sedes de la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

No hay forma alguna de que Trump y Marco Rubio no carguen por los siglos de los siglos la cruz de su martes fúnebre, como los pecadores sus fardos de culpa por los 28 escalones de la caverna de Ein Karem para purgar sus culpas ante Juan el Bautista.

Fue Trump quien, por voluntad propia, asumió el protagonismo de estas históricas elecciones: Aunque mi nombre no aparezca en las boletas, háganse a la idea de que allí estoy. Clamó con su acostumbrada prepotencia y engreimiento de millonario. Fue lo que hicieron los estadounidenses, originarios o no.

En una de las asistencias más altas a las urnas en la historia institucional del país, le quitaron de su cabeza la corona de autoproclamado rey y la aureola que se ungió como omnipresente Zeus del mundo, y el pueblo lo mostró al desnudo como un ser común de carne y grasas, grosero, sin alma ni consuelo, ni aquiescencia fácil.

Como una justificación de su derrota —¿cinismo o estupidez?—, “olvidando” lo que había dicho en la campaña electoral, dijo de nuevo una gran mentira, pero altamente dolorosa para él: “Yo no estaba en la boleta y, si hubiera estado, habríamos ganado de forma arrolladora».

Brutal cretinada porque ya sabía que su derrota no solo era inminente e irreversible, sino descomunal, y por eso decidió, mostrando la estrechez de su cerebro, convertirse desde antes del 3 de noviembre en El Señor Veto.

Es decir, oponerse a todo por lo que el pueblo votó y lo que ahora decida y necesite, entre ello quitarse de encima a los mercenarios del ICE y la mala sombra del MAGA que condujo a la guerra en Irán, a su obsesión por el petróleo y a actos bochornosos y penables como ordenar personalmente el asesinato impune de líderes extranjeros, el secuestro de un presidente constitucional como Nicolás Maduro y el genocidio de los pueblos de Gaza y de Cuba.

Ya lo dijo poco antes el New York Times —la mejor prueba de la ilimitada vanidad del republicano—: “Trump ha fracasado. Hay que hacerle rendir cuentas”. En otras palabras: juicio político, defenestración colectiva. Otra confesión del elitista diario: “La victoria no es del Partido Demócrata, sino del pueblo estadounidense”. No deja de ser una advertencia a los multimillonarios de uno y otro bando, cuya salida más productiva es quitarse a Trump y su gabinete de encima y marchar en favor de los tiempos, no en contra.

Y otro final del NYT: El señor Trump no representa a la mayoría de los estadounidenses. Un país que empieza a deslizarse hacia la autocracia puede volver a la normalidad”, y les pide a quienes lo sustentan “desviar el rumbo de un gobierno mancillado por la corrupción, la incompetencia y el abuso de poder”.

“Salgan, salgan, salgan, ánimas en pena, que el santo rosario rompa sus cadenas», tendrían que cantar desde ahora mismo tirios y troyanos para que el espacio desde este martes funerario de noviembre a enero de 2027 no se convierta en la transición más traumática y horrible para Estados Unidos y para el mundo.

Que lo griten en Washington, en el Kansas que acaba de dejar de ser trumpista, en el Texas que abandona la sumisión a la autocracia de un Greg Abbott, a un Michigan que ya se nota diferente, una Carolina del Sur que se oxigena con sangre nueva y debe sobreponerse a bestialidades pretéritas con los Graham, o un Iowa que debe demostrar que 20 años no es nada, y en todo el territorio nacional, azul o rojo.

Que noviembre marque una nueva coyuntura en Estados Unidos y lo convierta en un antes y un después y lo convierta en el mes de las calabazas, tanto por la interpretación que se le da como alimento primordial el Día de los Fieles Difuntos, como por el juego de ronda infantil. «Calabaza, calabaza, cada una para su casa. Y quien no tenga casa, que se vaya para la plaza».

No perder de vista que el martes fúnebre de Trump demuestra que Estados Unidos, como nación, no quiere seguir degradándose, y lo que está sucediendo en la base en ambos partidos políticos es un signo positivo, pues se está viendo una especie de revolución de las conciencias, y es allí donde radica la gravedad de lo que tanto temen los multimillonarios.

Con la derrota de Trump puede terminar este terrible y homicida ciclo del fracaso definitivo del neoliberalismo globalizado. Como dice el académico ruso Sergey Bodrunov, que las crisis a finales del siglo XX y principios del XXI mostraron claramente que el mundo está cambiando, esta de EE.UU. lo confirma:

El aumento de la inestabilidad de los sistemas sociales, la turbulencia financiera global y el comienzo de los cambios tectónicos en la economía mundial indican inexorablemente que nuestra civilización está a punto de hacer la transición a una nueva formación que no puede describirse adecuadamente por las construcciones económicas y filosóficas convencionales, así como las existentes estructuras económicas y sociales.

Los multimillonarios descubrieron que su terrible adversario es el multilateralismo y que de allí nace la nueva contradicción de la humanidad al enfrentarlo al unilateralismo y, como vaticinó hace un tiempo Noam Chomsky, podemos estar entrando en el principio del final de un sistema socioeconómico que ya no tiene fuerzas para soportarse ni a sí mismo.

Hace exactamente 60 años, el 15 de enero de 1966, en un discurso de clausura de la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (Conferencia Tricontinental) celebrada en La Habana, Fidel Castro afirmó: “El imperialismo será inevitablemente derrotado. ¿Quiénes nos han enseñado esa lección? Nos la han enseñado los pueblos”.

Esto es lo que está viendo la humanidad y lo que debe ver el pueblo estadounidense en este mismo momento, noviembre de 2026, lo que previó Fidel hace seis décadas. Esta generación está viendo morir al imperialismo yanqui y Trump es su enterrador.

Fuente: almaplus.tv

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