La publicación constante de imágenes y vídeos de menores en redes sociales, muchas veces presentada como algo inocente y cotidiano, está comenzando a ser objeto de debate público. La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, ha anunciado el inicio de un proceso para regular esta práctica —conocida como sharenting— con el objetivo de garantizar los derechos fundamentales de niños y niñas en el entorno digital. Se trata de una iniciativa que, lejos de ser anecdótica, coloca en el centro a un colectivo que durante años ha sido invisible en el debate sobre privacidad: la infancia.
Rego ha explicado que su ministerio abre ahora una consulta pública para elaborar una norma que proteja la identidad digital de los menores, una cuestión que considera “urgente” y “obligatoria” para cualquier sociedad democrática que aspire a poner los cuidados y la dignidad en primer plano. “El entorno digital ha venido para quedarse”, afirmó la ministra, “pero necesita regulación y garantías de derechos”.
La lógica de fondo es clara: en un mundo donde la vida transcurre entre pantallas, la imagen se ha convertido en un bien valioso y, en ocasiones, explotable. Muchos menores comienzan a tener huella digital antes incluso de poder pronunciar su propio nombre. Esa exposición, explica Rego, puede tener consecuencias profundas para su bienestar personal y emocional.
Violencias digitales normalizadas
Las situaciones derivadas del sharenting no son hipotéticas. La ministra señaló que compartir imágenes de hijos e hijas sin control “deriva con demasiada frecuencia en situaciones de violencia digital”, como el ciberbullying o la suplantación de identidad. Pero el dato más estremecedor llegó cuando recordó que un 72% del material incautado a redes de pedofilia procede de fotografías cotidianas, en apariencia inocentes, compartidas por familiares.
Es decir: no solo se trata de proteger la privacidad; se trata de prevenir la explotación sexual y la violencia contra la infancia. La falla no está únicamente en la conducta individual, sino en un sistema digital construido para monetizar cualquier contenido, donde los algoritmos no distinguen entre un álbum familiar y un mercado de imágenes.
No solo las familias: responsabilidad de las plataformas
La regulación, puntualizó Rego, no se limitará a los padres, madres y tutores legales. El Gobierno pretende situar la responsabilidad también en las grandes plataformas tecnológicas, que se benefician económicamente de la circulación masiva de contenido. Diferenciar entre publicaciones familiares y aquellas realizadas con fines comerciales será uno de los ejes del texto legislativo.
En muchos casos, la exposición infantil en redes responde a dinámicas de consumo: cuentas familiares convertidas en escaparates, menores que actúan como influencers involuntarios y un negocio de publicidad que se nutre de su imagen sin reconocimiento, sin remuneración y, sobre todo, sin consentimiento.
La infancia como sujeto político
La clave del anuncio es el enfoque: la infancia no es un objeto del que disponer, sino un sujeto de derechos. Rego insistió en que el punto de partida debe ser “el respeto a su privacidad y a su desarrollo pleno”. Se trata de reconocer a niños y niñas como personas con autonomía progresiva, cuya dignidad no puede quedar a expensas del criterio —o de las necesidades económicas— de los adultos que les rodean.
Hacia un nuevo consenso social
La futura norma abre un debate que trasciende lo jurídico: ¿qué lugar otorgamos a la niñez en una sociedad que todo lo muestra, todo lo comparte y todo lo convierte en contenido? Defender la protección de la infancia en internet no es limitar libertades, sino ampliarlas: garantizar que cada niño pueda decidir el día de mañana quién es y cómo quiere ser visto, sin haber sido expuesto antes de tiempo.
En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que los valores democráticos, la decisión del Gobierno supone un paso para recolocar el foco. No se trata solo de regular pantallas. Se trata, en última instancia, de cuidar. Y de recordar que detrás de cada fotografía hay una vida que apenas empieza.







