Trepa la hiedra del olvido. Casi nadie se acuerda ya de aquel combatiente contra la injusticia, del singular magistrado que, allá por los años setenta y ochenta, inquietaba a la mayoría silenciosa con su oratoria deslumbrante y subversiva en los debates de La Clave, el programa que dirigía José Luis Balbín.
Hace veinte años, el 2 de abril de 2001, fallecía Jesús Vicente Chamorro, uno de los más lúcidos y combativos militantes antifranquistas en el mundo judicial, un activista constante por la libertad y la participación del pueblo en la vida pública. El fiscal rojo, como se le llamará con cariño, dedicará toda su vida a desvelar la tramoya oculta de la justicia, a señalar la íntima relación entre el crimen y el poder, a mostrar el conflicto de clase que se condensa en el Derecho.
Chamorro nace en Valverde del Fresno, en la comarca cacereña de Sierra de Gata, en 1929. Ejercerá como fiscal desde 1955 y a lo largo de su carrera sufrirá el destierro y dos expedientes judiciales, así como la vigilancia sistemática de la Brigada Político Social. Será uno de los fundadores de Justicia Democrática y participará intensamente en los movimientos populares del tardofranquismo y la transición. Como escribe el fiscal José María Gómez, “Jesús fue de un coraje propio de los hombres de acción, no fue un intelectual contemplativo ni empeñado en justas literarias, volcó su actividad, siempre beligerante, en la defensa del débil como fiscal comprometido”.
Su infancia estará marcada por la tragedia de la guerra civil. Su padre, médico de carabineros, es depurado en 1936 y Jesús Vicente, debido a la situación familiar, se orienta con determinación hacia el estudio. “Desde muchacho descubrí que no me quedaba otra alternativa que aprender y cuanto más deprisa mejor”. Comenzará el bachillerato en Salamanca e inicia también allí los estudios de Derecho. Durante sus primeros años universitarios, en 1947, ingresa en el Partido Comunista de España. “Descubrí que la única organización que mantenía limpia una bandera frente a toda opresión e injusticia era el comunismo”.
Justicia Democrática
El 19 de mayo de 1959 un acontecimiento va a sacudir al joven fiscal. “Me contó cómo asistió al garrote vil de una mujer”, recuerda el escritor extremeño Víctor Chamorro que mantuvo con Jesús Vicente una estrecha amistad. Aquella mujer era Pilar Prades, la envenenadora de Valencia, la última mujer ajusticiada con garrote vil en España. Analfabeta, había abandonado su pueblo a los doce años para trabajar de sirvienta y se le acusará del crimen de dos personas por envenenamiento con arsénico. Nunca llegará a demostrarse su culpabilidad. El verdugo, Antonio López Guerra, se niega a cumplir con la ejecución y al final tienen que emborracharle y llevarle a rastras hasta el patíbulo. El fiscal Chamorro se verá obligado a presenciar el ajusticiamiento, sustituyendo al teniente fiscal que ha intervenido en el juicio y que ha excusado su asistencia alegando problemas cardíacos. Manuel Vicent dará cuenta de ello en Tranvía a la Malvarrosa: “En el bar Los Canarios el fiscal Chamorro, entre un pincho de tortilla y una ración de boquerones en vinagre, juró casi con lágrimas que nunca pediría la pena de muerte para ningún acusado después de haber visto lo que vio”.
Los años sesenta serán decisivos para Chamorro tanto en el terreno profesional como en el militante. Ha establecido una importante red de relaciones con la oposición antifranquista, sobre todo en el terreno judicial y cultural. En 1968 nace Justicia Democrática, una asociación clandestina de jueces, magistrados, fiscales y secretarios judiciales que se sitúan ideológicamente en el antifranquismo. Chamorro será uno de sus fundadores. La asociación se convierte en un molesto aguijón de denuncia y conciencia que defiende una praxis jurídica alternativa, vinculada a las clases populares.
1978 será un año clave para el país y también para nuestro valiente letrado. Es todavía un tiempo constituyente, la partida está abierta, el pulso por la ruptura democrática continúa. La apertura de un expediente judicial por su participación en un programa de La Clave, el nombramiento como fiscal del Tribunal Supremo y su abandono del PCE serán los tres hechos que marquen el punto de giro en la trayectoria de Chamorro.
La transición tiene las cartas marcadas
En febrero interviene en el programa sobre errores judiciales que emite La Clave. La participación de Chamorro, que en ese momento es fiscal de la Audiencia Territorial de Madrid, encoleriza a los gerifaltes del poder político y judicial. El Fiscal del Reino, Juan Manuel Fanjul, abre un expediente contra él, argumentando que no tenía la autorización oficial de sus superiores jerárquicos. Pero lo que realmente molesta a los capos es el discurso democrático de Chamorro, que arremete contra el corporativismo y contra el signo clasista de la Administración de Justicia. “Si en la cárcel sólo estuvieran los que realmente tienen que estar, sobrarían el noventa por ciento de las celdas”, dice el fiscal rojo y estremece a la casta leguleya. Fanjul pretende llevar adelante el proceso pero, como cantaba por entonces Carlos Cano, las dentaduras ya no están duras pa estas huesuras y la represalia provoca una corriente de solidaridad con Chamorro que obligará a la anulación del expediente y de la sanción un año después.
El episodio de La Clave y la impugnación de su nombramiento como fiscal del Tribunal Supremo son sólo algunos síntomas de la dura porfía que se vive también en los Palacios de la Justicia. Las togas del franquismo permanecen en la torre de mando, casi imperturbables. “Nos encontramos con que los fascistas de antes, que están ahí y que son conocidos, se han proclamado demócratas para de esta forma seguir donde estaban. Con el cambio de palabras y de etiquetas, y no de conductas, han tenido bastante. Y en la justicia española, del mismo modo, muchos de sus jueces conservadores y reaccionarios, que son en conjunto bastante más que los progresistas, se han lavado la cara llamándose demócratas. Y asunto concluido”. Jesús Vicente reflexiona así en 1980 sobre los límites del cambio político en curso. La enaltecida transición tiene las cartas marcadas. Pero el desencanto de Chamorro con el resultado de la transición no es solamente judicial. Su disidencia es de más calado y afectará incluso a la militancia partidaria a la que se ha mantenido fiel durante más de tres décadas. Chamorro sostendrá que ha dejado de pertenecer al PCE “precisamente por ser comunista”. El 4 de enero de 1981, coincidiendo con el seísmo del V Congreso del PSUC, el diario El País publica su Carta a los comunistas del PCE, un durísimo alegato contra la dirección del partido y su política: “el PCE ya no tiene programa ni propugna una sociedad distinta”. La ruptura se consuma y desde entonces Chamorro apoyará a la escisión encabezada por Ignacio Gallego. Unas semanas después se produce el golpe de Estado del 23F. Como recordaba recientemente José Antonio Martín Pallín, en la Junta de los 32 fiscales de la Audiencia Territorial de Madrid el escrito condenando el golpe militar y haciendo una declaración de apoyo a la democracia sólo fue votado a favor por tres de sus miembros, Enrique Abad, Martín Pallín y Chamorro.
Justicia es quitar a cada uno lo que no es suyo para dar a cada uno lo suyo
“Era brusco, áspero, los poderosos le tenían un miedo terrible. Era una persona de una calidad humana excepcional”. Es Víctor Chamorro quien habla. Conoció a Jesús Vicente en 1980, tras la publicación del libro Conversaciones en Extremadura. Marciano Rivero les había entrevistado a los dos, junto a un ramillete de intelectuales y políticos extremeños. Desde entonces la amistad será ya íntima. “Era una persona con una sensibilidad y finura especial. Por un lado estaba el fiscal que se dedicaba a la política pero por otro estaba el hombre que se acordaba de los consejos de su abuelo Escolástico, atento hasta la exageración con quienes trabajaban con él”. O con los vecinos de su pueblo, quienes también recurrirán a él cuando tengan problemas con la administración o la justicia. “Siempre tenía a Extremadura en la boca”, rememora Víctor. Decía que “el pueblo no debe ser sometido primero a la emigración y después al desprecio”.
Su compromiso en la coyuntura política y social seguirá siendo continúo. Tres ejemplos de esa implicación sostenida: la denuncia de la naturaleza tramposa y represiva de las leyes antiterroristas, mediante una “turbamulta de disposiciones y criterios que cercenan derechos individuales”, la temprana demanda por corrupción contra Pujol en el caso de Banca Catalana, que “se sepultó en el osario de la razón de Estado” y la campaña contra la OTAN, junto a los dirigentes del PCPE y a personalidades como Marisol. Y escribirá dos de sus libros fundamentales: Año nuevo, año viejo en Castilblanco, una extraordinaria narración sobre un símbolo de la lucha trágica del campesinado de Extremadura por su dignidad, y Delito y sociedad, con el que sistematiza algunas de sus ideas fundamentales sobre el crimen y el funcionamiento de la justicia: “La gran delincuencia de nuestra época no está en el acto individual sino en el poder de dominar, en la sumisión de los bienes a los intereses”.
Quizás sea ese excepcional y cuestionador pensamiento sobre el derecho penal lo que explica en parte el olvido y la marginación de una figura tan relevante: “Justicia es quitar a cada uno lo que no es suyo para dar a cada uno lo suyo”. Las palabras del fiscal Jesús Vicente Chamorro suenan todavía con inquietante vigencia: “La justicia ha cumplido rigurosamente en nuestro país su función como instrumento utilizado por los poderosos para mantener sus privilegios”.







