La pandemia obligó a que por primera vez en la historia moderna del país las elecciones se realicen en dos días. El 15 y 16 de mayo, con amplias medidas sanitarias, se elegirán los 155 integrantes de la Convención Constitucional (con menos prerrogativas que una Asamblea Constituyente descartada por el acuerdo de los partidos políticos hegemónicos) para elaborar la nueva Carta Magna que mande a la basura definitivamente la Constitución de Pinochet, los 16 gobernadores regionales, por primera vez de manera democrática, 346 alcaldes y centenares de concejales para esos gobiernos locales.
Será, ante todo, el choque político y electoral de las principales fuerzas conservadoras y transformadoras que pugnan por ganar la mayoría de escaños en cada una de esas instancias, donde se definirá mucho del destino, al menos institucional, de Chile.
Una pugna que tiene en la Convención un eje vital porque entran en contradicción el continuismo o el cambio, el Estado subsidiario neoliberal o el Estado democrático de derechos. Con el desafío para las fuerzas transformadoras de que, por imposición de los partidos de derecha y socialdemócratas, el texto constitucional deberá contar con dos tercios de aprobación, un candado al proceso constituyente. Para la izquierda es un quórum demasiado alto y establecido en los márgenes de la institucionalidad pinochetista.
En cuanto a gobernadores, alcaldes y concejales, los resultados indicarán cómo quedará el mapeo político y electoral en Chile, lo que es definitorio para todas las fuerzas. Compiten una veintena de partidos y casi una decena de conglomerados, desde la ultraderecha hasta colectivos de izquierda.
Son tales las características de estos comicios que la mayoría de analistas y expertos electorales prefieren hablar de un estado líquido de la competencia donde es complicado adelantar resultados. De hecho, ninguna empresa encuestadora se ha aventurado a encarar la tarea de buscar aproximaciones. Pero hay sondeos (en distintas materias) que muestran un gran descontento de la gente con la situación del país, el derrumbe del gobierno de derecha de Sebastián Piñera (con solo entre el 6 y el 9% de aprobación), el despegue de las candidaturas transformadoras (como la del alcalde comunista Daniel Jadue con más del 20%), el congelamiento de los socialdemócratas y democristianos (que no pasan en promedio del 3% de apoyo), la instalación de candidaturas proyectadas mediáticamente y el aumento de los índices de pobreza, desempleo y precariedad que deberían/podrían incidir en los comicios.
En el caso de la Convención, se produjo el fenómeno de las candidaturas independientes que no representan a partidos políticos, es gente que no milita en ellos. Casi todos, al final de cuentas, se inscriben en el campo transformador y de izquierda. Es un misterio cuánto obtendrán, si gravitarán en restarle votos a las fuerzas orgánicas, si darán una sorpresa o quedará todo en una mala experiencia.
La sombra del abstencionismo
En elecciones pasadas votó alrededor del 40% y en el plebiscito de octubre de 2020 (para decidir si se cambiaba o no la actual Constitución) se alcanzó alrededor del 50%. El temor es volver al 40% y la aspiración repetir el 50%. Es complicado porque ya sectores de la derecha plantean que si vota el 40 o el 30% el proceso quedaría deslegitimado, sobre todo en relación a la Convención. Las fuerzas transformadoras, junto con posicionar sus candidaturas, están promoviendo el voto.
Un punto esencial es garantizarle a la gente que habrá suficientes medidas sanitarias para que se vaya a votar sin miedo. La campaña gubernamental y del Servicio Electoral es frágil, varios expertos indican que falta pedagogía electoral para orientar a la ciudadanía y que haya tantas papeletas para sufragar tiende a la confusión. Pero también es cierto que la gente logra identificar, de partida, a quienes representan a la derecha o a la izquierda y existe una mirada práctica respecto a eso que podría contribuir a que se vaya a las urnas. Además se percibe un enorme descontento con el gobierno de la derecha, lo que podría llevar a votar por las fuerzas contrarias. Esos votos están básicamente en la juventud y en los sectores más pobres.
Incidencia en la presidencial
En noviembre habrá elecciones parlamentarias y presidenciales. Y los resultados del 15 y el 16 de mayo incidirán en esa competencia. Se dice en Chile que quien gana las municipales tiene casi resuelto el triunfo en las presidenciales. Habrá que ver si se cumple esa premisa.
Daniel Jadue (dirigente del Partido Comunista y alcalde del municipio de Recoleta, al norte de la capital) está primero o segundo en todas las encuestas pero su partido no tiene hasta ahora más del 5 o 6% en los pronósticos electorales. Los propios comunistas reconocen que el apoyo a su candidato presidencial es mucho mayor que el porcentaje del partido porque lo trasciende. La mayoría de las fuerzas de izquierda y antineoliberales apoyan a Jadue o ven en él la posibilidad de llegar a disputar el asiento en La Moneda. Podría suceder que su posicionamiento vaya más allá de los números partidarios en las elecciones de este fin de semana.
Hay otras candidaturas de fuerzas transformadoras, sobre todo de la coalición del Frente Amplio, pero todavía no tienen decidido a su postulante presidencial.
En los partidos de la ex Concertación, ahora agrupados en el conglomerado Unidad Constituyente, sus candidaturas no pasan en promedio del 3% aunque podrían encontrar una oxigenación en estas elecciones o todo lo contrario. Es más bien un tiempo de tensión y expectativa en el sector socialdemócrata y de la Democracia Cristiana.
En la derecha hay unos cincos nombres postulando pero todo indica que harán primarias y llegarán a la primera vuelta con un solo candidato. El favorito es el ultraconservador Joaquín Lavín, de la derechista Unión Demócrata Independiente (UDI).
En las parlamentarias el reto será obtener mayoría legislativa, pensando sobre todo en un 2022 donde la labor legislativa será determinante en muchos aspectos sociales, económicos y sanitarios y en lo que será la implementación de la nueva Constitución que tendría que estar lista e incluso plebiscitada el próximo año.
Todo este escenario fue instalado por la revuelta social de 2019 que, entre otras cosas, determinó en los hechos el fin de la agenda del gobierno de Piñera y que se caminara hacia una nueva Constitución. Un dilema es si esa fuerza social expresada en masivas protestas, con una participación diversa y multifacética, tendrá también su expresión en las votaciones.
Como pocas veces en el periodo pos dictatorial, en Chile los sectores conservadores y de la derecha orgánica y fáctica, los sectores socialdemócratas y democristianos y los sectores antineoliberales, transformadores y de izquierda se la juegan ahora en un sentido estratégico y programático con una repercusión vital sobre lo que vendrá en el país.







