Novela gráfica

Caridad Mercader en su laberinto

El gran acierto de la obra de Pep Brocal es haber dado voz propia a Caridad del Río, resaltando su carácter audaz, decidido y valiente, lo que no es incompatible con su sectarismo y fanatismo.
CARIDAD DEL RÍO. VERDADES, MEDIAS VERDADES Y MENTIRAS Pep Brocal Garbuix Books, 2025
CARIDAD DEL RÍO.
VERDADES, MEDIAS VERDADES Y MENTIRAS
Pep Brocal
Garbuix Books, 2025

La muerte de León Trotski fue un error político,  fue la insistencia en un error que puede conducir al crimen.
Teresa Pàmies

La mano que blande con firmeza el arma destinada a dar el golpe definitivo, el piolet que se incrusta violentamente en el cráneo de la víctima y el grito estentóreo que brota de la garganta de Trotski. Esta secuencia repetida a lo largo de décadas en los libros de historia, las novelas, los cómics o las películas redujo a Caridad del Río a la condición de madre de Ramón Mercader, el asesino del líder de la Cuarta Internacional, a ser para siempre «la mano que mece la cuna».

El historietista Pep Brocal y la editorial Garbuix Books han apostado por sacar a la luz una obra que devuelve el protagonismo a una mujer que tuvo una vida intensa y autónoma antes y después de la fecha fatídica del 20 de agosto de 1940.

Caridad del Río nació en Cuba, en 1892, cuando la isla todavía formaba parte de España. Se educó en el colegio del Sagrado Corazón de Sarriá, pasando temporadas en centros de esa misma congregación en París y Londres. Tras un temprano arrebato religioso, contrajo nupcias en 1911 con Pau Mercader, miembro de una familia de empresarios del sector textil, y adoptó su apellido como propio.

Sin embargo, su espíritu de rebeldía no encajaba con el perfil de la dócil esposa burguesa de la época. El contacto con ambientes intelectuales bohemios la condujo a la puertas de su primer amor político, el anarquismo. En 1925, se produce la ruptura definitiva con su familia y decide partir a Francia junto con sus hijos, para reunirse con uno de sus amantes. Durante su estancia en el país vecino abraza la ideología comunista y se especula con que allí habrían comenzado sus primeros contactos con el NKVD, organismo encargado de los servicios de inteligencia soviéticos.

Expulsada por sus actividades políticas, a su regreso a España participará en las horas decisivas de la respuesta al golpe militar fascista de 1936. Caridad se situó a la vanguardia del asalto a la Capitanía General de Barcelona y partió en una de las columnas que se dirigieron al frente de Aragón, donde fue herida de gravedad. Viajó posteriormente a México y Estados Unidos, con la finalidad de obtener fondos y armas para sostener la lucha de la República.

Parece claro que Caridad participó, junto a Leonid Eitingon, en el reclutamiento de su hijo Ramón al servicio del NKVD. Es bien conocido que Ramón Mercader, una vez ganada la confianza de los círculos cercanos a Trotski, pudo acceder al interior de la casa donde se refugiaba el líder perseguido por Stalin y le asestó el golpe letal que propició su muerte horas después.

Más discutido es el verdadero papel que Caridad desempeñó en la toma de decisión de Ramón. Frente a la tesis predominante de una madre fría y calculadora que no duda en sacrificar a su hijo en el altar de la revolución, otros estudiosos sostienen que Caridad en realidad intentó hacer desistir a su hijo de la comisión de esa acción.

En 1941, Caridad fue recibida en Moscú con todos los honores y le fue concedida la Orden de Lenin. A lo largo de la Segunda Guerra Mundial, se especula con que Caridad desempeñó misiones al servicio de la URSS en distintos países europeos, incluida España. Tras la finalización del conflicto mundial y el fracaso de una operación para sacar de la cárcel a su hijo, se trasladó a París, donde pudo disfrutar de una pensión soviética hasta su muerte en 1975.

El gran acierto de la obra de Pep Brocal es haber dado voz propia a Caridad del Río, resaltando su carácter audaz, decidido y valiente, lo que no es incompatible con ser portadora de unas importantes dosis de sectarismo e, incluso, fanatismo. Para ponerlo en su contexto, habría que recordar estas palabras de Teresa Pàmies, en sus memorias Cuando éramos capitanes, «Lo que hizo Ramón Mercader —si lo hizo— pudo haberlo hecho cualquier joven de su generación de comunistas estalinistas. Cualquiera de nosotros». Sincera y estremecedora confesión.

Brocal puntúa sabiamente el relato con las intervenciones de muchos personajes relacionados con Caridad, lo que rompe cualquier atisbo de monotonía. Especialmente destacables son las dobles páginas con que se abren los distintos capítulos, que enmarcan los escenarios principales (Lubianka, Santiago de Cuba, Dax, Barcelona, París o Moscú) en los que se desarrolla la acción.

En cuanto al aspecto gráfico, cabe recordar estas palabras del estudioso Quim Noguero sobre el arte de Brocal: «Con el dominio seguro de las formas que muestra Brocal, concebida cada pincelada y cada nueva técnica con la plena libertad del gozo que representa tener pleno control sobre el medio, en sus manos el dibujo y todo tipo de plástica que pruebe serán siempre una suma de partitura y de interpretación personal como sabe hacer un buen instrumentista, una mezcla bien combinada de leyes y libertades, una partida de ajedrez reconvertida en un cuento, una potente insinuación narrativa en clave de jazz».

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