Elecciones en Andalucía: Organización para resistir, rearme político para avanzar

La presencia territorial, el arraigo, la militancia organizada y la política de unidad se han mostrado imprescindibles para aguantar, pero insuficientes para vencer.
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El candidato Antonio Maíllo durante la campaña electoral de las autonómicas de Andalucía. Dialogando, llevando las propuestas, barrio a barrio | Fuente: Por Andalucía
El candidato Antonio Maíllo durante la campaña electoral de las autonómicas de Andalucía. Dialogando, llevando las propuestas, barrio a barrio | Fuente: Por Andalucía

El resultado de las recientes elecciones andaluzas nos deja un escenario complejo que requiere de un análisis serio y sosegado. Y para ser rigurosos en el análisis, debemos alejarnos tanto de triunfalismos autocomplacientes, como del derrotismo paralizante.

En primer lugar, debemos valorar la resistencia de nuestro espacio electoral en un contexto político adverso, determinado por la hegemonía institucional y mediática de la derecha, la presión de la política del supuesto “voto útil” al PSOE, y la existencia de varias candidaturas de la izquierda transformadora a pesar nuestros ingentes esfuerzos en la política de unidad.

Hemos demostrado una vez más que, a pesar de no contar con una base electoral amplia y de masas, sí contamos con un “suelo electoral” bastante sólido en nuestra tierra. Esta base electoral pequeña pero sólida, se ha construido a golpe de organización militante, presencia cotidiana en los conflictos e implantación territorial e institucional en la mayor parte de los municipios andaluces. Contamos con una estructura política que nos permite resistir muy bien, pero que por ahora no nos está sirviendo para avanzar.

Para los y las comunistas, la resistencia que hemos logrado sólo nos sirve si somos capaces de convertirlo como punto de partida para un proceso de rearme político y organizativo sostenido en el tiempo. No podemos limitar nuestra actividad a la lógica puramente institucional. La tarea principal de los próximos cuatro años pasa por asumir una estrategia permanente de acumulación de fuerzas y movilización social, sobre todo, de batalla ideológica y cultural.

La presencia territorial, el arraigo, la militancia organizada y la política de unidad se han mostrado imprescindibles para aguantar, pero insuficientes para vencer. Y esta es una de las principales lecciones políticas que podemos sacar de estos resultados.

La hipótesis estratégica de la campaña partía de una premisa correcta: la existencia de un amplio espacio social que demanda la defensa a ultranza de los servicios públicos, el derecho a la vivienda y la protección de las condiciones materiales frente a las privatizaciones del Partido Popular. Bajo el liderazgo de Antonio Maíllo, la militancia ha desarrollado uno de los mayores despliegues de los últimos años, mostrando nuestra presencia en la calle con iniciativas como el “De tú a tú”, con la que pretendíamos demostrar que éramos la fuerza hegemónica de la izquierda, la que de verdad cuenta con el apoyo organizado de miles de personas dispuestas a ofrecer su tiempo y su esfuerzo de manera voluntaria.

Sin embargo, los resultados han ofrecido una realidad incómoda. Adelante Andalucía, una organización que ha rechazado la unidad, que apenas tiene presencia territorial ni institucional, y con una escasa capacidad militante hasta ahora, nos ha superado electoralmente. Cuatro años de trabajo político anclado en una estrategia centrada en la batalla cultural, la identidad política, y la creación de contenido para redes sociales, les ha servido para superar a nuestro espacio político en casi todas las capitales de provincia y en gran parte de las zonas costeras, que es donde se concentra la mayor parte de la población andaluza.

En un capitalismo líquido y caótico, la cuestión de la identidad adquiere un rol central. La gente cada vez vota menos pensando en lógicas de gestión pública y más en clave de expresión política

Esta realidad, aunque incómoda, tampoco nos sorprende. Es el resultado de transformaciones sociales profundas que llevamos analizando en los últimos años, y a las que estamos intentando adaptarnos desde hace relativamente poco tiempo. Y en este sentido, debemos señalar dos aspectos clave.

El primero es el cambio en la forma de concebir la política. En un capitalismo líquido y caótico, la cuestión de la identidad adquiere un rol central. La gente cada vez vota menos pensando en lógicas de gestión pública, y más, en clave de expresión política. Los discursos y narrativas que construyen identidades sobre los problemas de la gente seducen mucho más a la hora de votar que los programas de políticas públicas destinados a solucionarlos.

Los espacios en los que socializa nuestra clase son cada vez más virtuales. Tenemos que pensar en cómo organizarnos para comunicar, teniendo claro que comunicación y organización no son excluyentes

El segundo aspecto tiene mucho que ver con el primero, y es la importancia de la batalla cultural y las redes sociales. Los espacios en los que socializa nuestra clase son cada vez más virtuales, y si no estamos presentes en esos espacios, los ocupará (como de hecho hace) nuestros adversarios políticos.

Esto no implica, bajo ningún concepto, que debamos cerrar las sedes para convertirnos en tiktokers. Es absurdo plantearlo como una falsa dicotomía: debemos rechazar cualquier intento de reducir el debate a una elección excluyente entre comunicación y organización.

Se trata de que empecemos a pensar en cómo organizarnos para comunicar. En cómo articular a nuestra militancia de manera eficiente a la batalla cultural e ideológica que se libra sin descanso a nuestro alrededor.

Se trata de que busquemos un rearme político que nos permita pasar de la resistencia, a la victoria.

(*) Secretario General del Partido Comunista de Andalucía