Opinión

Hegemonía y praxis: sentido común y lucha de clases

La hegemonía no consiste en la imposición de un relato sobre la realidad, sino en la construcción de una fuerza social capaz de transformarla.
Mural de 213 metros cuadrados obra del artista Jorit (Ciro Cerullo), representando a Antonio Gramsci en el costado de un edificio de viviendas del barrio de Isolotto en Florencia | Fuente: streetartcities.com
Mural de 213 metros cuadrados obra del artista Jorit (Ciro Cerullo), representando a Antonio Gramsci en el costado de un edificio de viviendas del barrio de Isolotto en Florencia | Fuente: streetartcities.com

En los últimos años, en el campo de la izquierda transformadora, se ha ido extendiendo una versión degradada del concepto de la hegemonía gramsciana que lo reduce a una pelea por el relato, a una batalla de narrativas, a la posibilidad de imponer un marco interpretativo en el espacio público. Esta lectura, que se debe a las reelaboraciones postmodernistas de autores como Laclau o Mouffe, plantea dicha hegemonía como un problema esencialmente discursivo. Para los marxista-leninistas, el peligro de esta perspectiva es que la articulación discursiva termine apareciendo como condición suficiente para la construcción de una posición hegemónica, como si bastara con construir un relato más atractivo para conquistar el sentido común. De esta manera, la hegemonía no puede ser reducida a una lucha por el sentido, porque los discursos solo adquieren fuerza hegemónica cuando se articulan con prácticas, organizaciones, instituciones y relaciones materiales de fuerza. No se trata de negar la dimensión cultural de la hegemonía, sino de negar que ésta pueda desprenderse de su anclaje material. El punto no está en elegir entre lucha material y lucha cultural, sino en comprender que la lucha cultural se vuelve políticamente hegemónica sólo cuando está sostenida por una práctica organizada capaz de modificar las relaciones de fuerza.

El sentido común, categoría central en Gramsci, no es un campo discursivo independiente. Es la sedimentación ideológica de una relación de fuerzas, el residuo de las luchas sociales, la cristalización de las experiencias históricas de las clases subalternas, el depósito de saberes, prejuicios, temores y aspiraciones que la clase dominante ha ido moldeando con el tiempo

Hay que decirlo desde el principio: Gramsci no es un economista. Escuela, Iglesia, medios de comunicación, intelectuales: todo ese tejido que Gramsci estudia bajo la noción de sociedad civil, es una estructura material donde se ejerce y se disputa la hegemonía. Sin embargo, esos aparatos culturales no flotan en el aire. Se encuentran amarrados a fuerzas materiales y organizativas que los respaldan, les proporcionan recursos y les dan dirección. La guerra de posiciones incluye necesariamente el terreno cultural, pero éste no puede separarse de las organizaciones, instituciones y relaciones de fuerza mediante las cuales se construye y sostiene una posición política. El sentido común, categoría central en Gramsci, no es un campo discursivo independiente. Es la sedimentación ideológica de una relación de fuerzas, el residuo de las luchas sociales, la cristalización de las experiencias históricas de las clases subalternas, el depósito de saberes, prejuicios, temores y aspiraciones que la clase dominante ha ido moldeando con el tiempo.

Ahora bien, ¿cómo se forma ese sentido común? No por la mera repetición de consignas, sino por la experiencia social, por la experiencia práctica de la dominación. El trabajador precario no asume la inevitabilidad del paro porque se lo haya dicho un discurso ultraliberal, sino porque la vive, porque la padece. La cuidadora no interioriza la naturalidad de la división sexual del trabajo porque le lo explique un relato patriarcal; la interioriza porque toda su vida está organizada en torno a esa división. Pero esta experiencia no es pura ni espontánea: está atravesada por las concepciones del mundo de las clases dominantes, la religión, el folklore, la educación, los medios. El sentido común de las clases subalternas es un campo de batalla donde la experiencia de la opresión se mezcla con las explicaciones que ofrece el poder para justificarla. Precisamente por eso la lucha de clases no solo transforma las condiciones materiales; transforma también la interpretación de esas condiciones por parte de las clases. El sentido común de la subalternidad sólo se rompe cuando las clases subalternas experimentan en carne propia que la sumisión no es natural, la explotación no es eterna, la organización colectiva puede arrancar conquistas parciales al capital.

La práctica no es una simple aplicación de un conocimiento ya constituido: es también la tierra donde ese conocimiento se verifica, se corrige y se transforma

Y es aquí donde la filosofía de la praxis de Adolfo Sánchez Vázquez se revela como una herramienta imprescindible. La praxis, para Sánchez Vázquez, es una actividad material, consciente, transformadora. Es el proceso por el cual los hombres transforman la realidad y, al transformarla, se transforman ellos mismos. La práctica no es una simple aplicación de un conocimiento ya constituido: es también la tierra donde ese conocimiento se verifica, se corrige y se transforma. Bajo este enfoque, la construcción de hegemonía aparece como una sucesión de praxis transformadoras que van desmintiendo en la práctica el sentido común dominante. La hegemonía nace cuando las clases subalternas, por su acción colectiva, consiguen arrancar conquistas materiales al capital y estas conquistas se convierten en experiencia compartida, en memoria colectiva, en una nueva concepción del mundo. Pero la experiencia por sí sola no basta. Gramsci lo dejó muy claro: el “buen sentido” de las clases subalternas es un punto de partida, no de llegada. Sin la mediación de la organización política, sin el trabajo del intelectual orgánico que sistematice y dé coherencia a esa experiencia dispersa, el rechazo instintivo se queda en estallido momentáneo. La función del partido no consiste en sustituir a las masas, ni en iluminarlas desde fuera, sino en dar forma organizativa a la experiencia práctica que las masas ya han producido. Y vale la pena añadir una advertencia contra el espontaneísmo: la organización no es simplemente el producto de la conciencia de clase; es también uno de los mecanismos mediante los cuales esa conciencia se construye. La lucha engendra organización, pero la organización engendra también lucha.

¿Qué pasa cuando una izquierda logra una influencia cultural pero no logra convertir esa influencia en una fuerza organizada? El resultado es de sobra conocido: electorados fluctuantes, comunidades digitales que se movilizan ante campañas virales, ciclos de protesta que se desinflan sin dejar estructura

Se trata de una cuestión política de primer orden. ¿Qué pasa cuando una izquierda logra una influencia cultural pero no logra convertir esa influencia en una fuerza organizada? El resultado es de sobra conocido: electorados fluctuantes, comunidades digitales que se movilizan ante campañas virales, ciclos de protesta que se desinflan sin dejar estructura. Esta deriva se manifiesta de forma más brutal en una política que no es más que producción de contenidos digitales, que confunde la viralidad con la organización y la visibilidad con la acumulación de fuerzas. Frente a ello, la construcción de hegemonía popular requiere organizaciones estables, sindicatos, asociaciones vecinales, estructuras militantes capaces de sostener la lucha en el tiempo. Pues la lucha no es sólo el momento en que las clases subalternas se enfrentan al capital: es también el momento en que aprenden, en que se organizan, en que se reconocen como sujeto colectivo. En la huelga es donde el trabajador individual descubre que no está solo, en la asamblea es donde la vecina descubre que su problema es compartido y en la manifestación es donde el joven precario descubre que su malestar tiene causas estructurales.

La hegemonía es práctica, no discurso. Sólo volviendo a la praxis transformaremos el mundo

En definitiva, la hegemonía no consiste en la imposición de un relato sobre la realidad, sino en la construcción de una fuerza social capaz de transformar la realidad y, mediante esa transformación, modificar también la forma en que las clases subalternas comprenden el mundo y su propia capacidad para transformarlo. Esa es la moraleja de Gramsci, de Sánchez Vázquez, de Marx y de Lenin. No se trata de negar la cultura, sino de entender que solo se vuelve políticamente hegemónica cuando está sostenida por una práctica organizada que es capaz de cambiar las relaciones de fuerza. La hegemonía es práctica, no discurso. Sólo volviendo a la praxis transformaremos el mundo.

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