Mañana domingo 4 de octubre, los brasileños asumirán una gran responsabilidad histórica cuando lleguen a las urnas para elegir su presidente entre dos candidatos que marcan no solo el futuro inmediato de Brasil, sino el equilibrio político de una región necesitada de mantener el fiel de la balanza en su centro.
El Brasil del presidente Luiz Inácio Lula da Silva —en las condiciones históricas que han favorecido un impulso del conservadurismo regional contrario a un progresismo frenado— y el México de Claudia Sheinbaum son los pesos que nivelan políticamente a Latinoamérica.
Sobre esta región, la Casa Blanca ha ganado influencia mediante golpes blandos apoyados en la inteligencia artificial, combinados con una estrategia de presiones y amenazas del presidente Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio.
Hay en práctica un modus operandi que se ha percibido en Honduras, Colombia, Perú, Chile, Paraguay y Bolivia, el cual se está repitiendo en Brasil, y es necesario estar atentos.
Se trata de un control de los algoritmos y reflejos condicionados de falsa información sobre la numeralia electoral, para crear espejismos en beneficio del candidato de la derecha; algo de difícil constatación, pero también de muy complicada verificación para desmentirla o contrarrestarla.
Hay un uso perverso de la tecnología que responde a un mismo patrón, en el cual no es exagerada la ventaja que dan a su candidato en la campaña electoral, e incluso lo pueden presentar hasta en desventaja o empate, para no levantar sospechas y neutralizar reclamaciones de fraude, pues el resultado final está predeterminado, como sucedió en Perú y Colombia. Pero nadie pudo probarlo.
En Brasil, de manera sistemática y muy medida, se está viviendo el mismo comportamiento con Flávio Bolsonaro —una persona con un perfil delincuencial e hijo de un golpista sancionado al que va a indultar si gana—, quien ha ido escalando posiciones en las encuestas y ya comenzaron a darlo como ganador en una posible y casi segura segunda vuelta, mientras transcurre en las redes sociales una poderosa campaña contra Lula y supuestos fracasos de su gobierno.
Como parte del mismo tinglado, el presidente Donald Trump está usando también el mismo modelo que aplicó en Honduras, Colombia y Perú, consistente en anunciar a quién apoya, y dar a conocer que está siguiendo personalmente el proceso electoral y todo lo que haya o pueda ocurrir hasta que se cierren las urnas y termine el conteo oficial de los votos. Es una advertencia, como si fuera juez o patrón.
El golpe electoral en Brasil seguramente está en ejecución desde hace mucho tiempo, y tanto Flávio como su padre se sienten muy seguros de una victoria fraguada en laboratorio, lo cual debe mantener en estado de alerta a las fuerzas políticas que apoyan a Lula, si es que desean que las lecciones de Colombia no se repitan. El PT lo ha denunciado, pero no es suficiente para desmontarlo.
Para Estados Unidos es crucial un triunfo de Bolsonaro, pues, de esa manera, no solo las principales economías de la región estarán bajo el control de Estados Unidos, sino que les asestará un duro golpe a los países del BRICS, principalmente a China y Rusia, pues privará a esa agrupación de uno de sus fundadores, su principal soporte en América Latina y uno de los miembros más activos del bloque.
Además, dejará a México en solitario como factor de equilibrio de la región y, en la forma de pensar de Trump, lo considerará como un golpe demoledor a la Cuarta Transformación, lo cual le permitiría aumentar sus presiones sobre el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
A ese panorama responde la tendencia informativa que están usando, en la cual hacen énfasis en varios aspectos claves para ellos, como subrayar que la nación está muy polarizada y cada vez la gente confía menos en el gobierno del Partido del Trabajo, el cual presentan como un nido de corruptos.
Atacan por todos los flancos a Lula, pero muy especialmente su condición de octogenario y expaciente de cáncer, para sembrar dudas sobre su estado de salud y su capacidad física e intelectual para conducir el gigantesco país del sur en un nuevo período de cuatro años.
De manera subliminal, lo comparan con la juventud de su oponente, y obvian por todos los medios las enormes diferencias entre sus liderazgos, carreras políticas y experiencia y, en particular, el conocimiento del país y los éxitos de sus gobiernos, a fin de minimizar sus expectativas.
Todo esto influye para que la política exterior de Brasil, al igual que la económica, haya dejado de ser temas reservados a los especialistas para convertirse en ejes de la campaña electoral brasileña, como anotan algunos observadores.
Brasil enfrenta grandes presiones comerciales de la administración de Trump, que ha impuesto aranceles a numerosos productos brasileños, perjudicando a industriales exportadores y trabajadores, pero le achacan los daños a su gobierno y los vinculan con la relación estratégica con China, el principal socio comercial del país.
Le tocará al pueblo brasileño apartar toda la paja que la derecha proimperialista ha derramado sobre esta contienda y descubrir las verdaderas intenciones de cada candidato.
En el caso de Lula, reconocer que todo lo que ha hecho y hará es en favor de sus compatriotas, del multilateralismo y en beneficio del Sur Global mediante la continuidad de una política exterior basada en independencia, la diversificación de alianzas y la defensa de la soberanía nacional, y que su programa de gobierno rechaza los intentos de subordinar a Brasil a intereses extranjeros.
Busca, sobre todo, consolidar una alianza estratégica que le permita a Brasil mantener una posición de autonomía frente a las presiones de Washington, sin renunciar a sus vínculos comerciales con el resto del mundo, incluidas Beijing y Moscú, y fortalecer los BRICS como un mecanismo de cooperación Sur-Sur y de contrapeso a la hegemonía occidental.
De igual manera, vigorizar el Mercosur, el cual concibe como la plataforma de integración regional, de allí que su programa lo enfoque como un espacio económico, productivo y social, el cual es imprescindible consolidar.
Respecto a su visión de un multilateralismo radicalmente opuesto al unilateralismo al que sigue aspirando Washington, Lula defiende una reforma de Naciones Unidas, en especial del Consejo de Seguridad, para hacerlo más representativo, con mayor participación de los países en desarrollo.
¿Qué ofrece, en cambio, Flávio Bolsonaro? Pues todo lo contrario: alineamiento con Washington comercial y político en las relaciones internacionales, el cual aparece de forma explícita en su programa de gobierno, donde proclama situar entre sus prioridades el restablecer vínculos con Washington, Tel Aviv y Buenos Aires, o sea, puro fascismo, e incorporar a Brasil en el Escudo de las Américas, con el cual EEUU resucita el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para intervenciones militares avaladas por la OEA.
Vistas desde esas expectativas e intenciones las ideas de Bolsonaro hijo, el elector brasileño debe darse cuenta de que la opción no es solo entre candidatos, sino entre dos sistemas o visiones contrapuestas en las que uno pretende conservar la autonomía estratégica, el multilateralismo y defender el Sur Global, y otro alinearse y someterse a los dictados del imperialismo estadounidense y perder su independencia y soberanía.
Esperemos que los brasileños que quieren paz y progreso, independencia y soberanía, tengan en cuenta todas estas realidades mañana domingo, y cuando les toque emitir su voto, se tomen un tiempo para reflexionar sobre la responsabilidad que están asumiendo en ese momento.
Fuente: https://www.almaplus.tv/articulos/50679/trascendencia-de-las-elecciones-presidenciales-en-brasil







