Mari Carmen ha muerto en una cama de hospital y no en su casa, como era su deseo. Ha sido asesinada por un capitalismo depredador de vidas que prima el poder del dinero sobre los derechos de las personas. En los objetivos de la rentabilidad máxima de la empresa Urbagesa, la vida de una “nadie” no valía nada y fueron con todo. Asediaron a esta mujer de 87 hasta la extenuación. Durante el último año afrontó tres intentos de desahucio y un cuarto definitivo, que se presenció en directo por televisión. De repente una “nadie” desahuciada más, se hizo corpórea no solo para la opinión pública española, adquirió rostro, nombre y apellidos, también para el mundo entero. Mari Carmen Abascal se convirtió en el rostro de la lucha por la justicia social y el derecho a una vivienda digna. La brutalidad televisada de su desahucio movió las tripas de una sociedad adormecida acusando dolor y rabia en las entrañas. Ha obligado a toda una generación de hijos de la clase trabajadora, excluida de los techos y la emancipación generacional a la que tiene derecho, a salir en tromba en un reclamo que se ha escuchado hasta en los anillos de Saturno: la vivienda es un derecho, no un negocio.
El movimiento de los sindicatos de inquilinas por la vivienda digna que ha ocupado calles y plazas españolas ha cambiado por completo la conversación pública en las dos últimas semanas, situándola en la emergencia de las cosas de comer, que diría mi abuela. Lo ha hecho hasta el punto de provocar un adelanto electoral y la convocatoria de una huelga general el próximo 11 de noviembre en la que por primera vez están todos los sindicatos de clase grandes, medianos y pequeños, tanto estatales como de comunidades autónomas, y los de inquilinas e inquilinos. Y no será porque los ministros de Sumar en el gobierno de coalición no hayan empujado y empujado al PSOE desde el inicio de la legislatura para meter mano al asunto vital de la vivienda. Ha tenido que ser Mari Carmen, su fuerte fragilidad la que mandara parar. Se consiguieron armar dos decretos de emergencia que tumbaron las derechas en el Parlamento y que tras la convocatoria de elecciones que ha provocado, se han vuelto a llevar para que puedan rescatarse y aprobarse por la comisión permanente del Congreso. La calle empuja y da fuerzas a la izquierda transformadora en el Gobierno.
Esta sociedad dormida, que llevaba años asistiendo a desahucios como si oyera llover, de repente despertó. Se han soportando suicidios de personas, como los dos últimos en Barcelona, con desahucios inminentes sobre sus cabezas; se contabilizaron madres con niños a su cargo expulsadas a la puñetera calle sin soluciones habitacionales: Madrid es la campeona del rentismo especulativo (tuvo una alcaldesa del Partido Popular, Ana Botella, que malvendió 1.860 viviendas sociales a los fondos buitre y firmó la enajenación de 5.315 inmuebles de los madrileños incluyendo locales y garajes dejando desprotegidas a miles de familias vulnerables que han sido pasto de los buitres); se soportaba como si fueran fenómenos meteorológicos que miles de trabajadores vivieran en campamentos improvisados en las zonas más turísticas (Palma de Mallorca, Málaga…) porque las viviendas disponibles pasaron a ser alquileres turísticos o que los salarios, por mucho que se empeñara la ministra de trabajo, Yolanda Díaz, en el gobierno progresista subiendo el SMI hasta un 66% —desde 2018 hasta ahora—, no dieran para tener un techo sobre la cabeza…todo eso llevaba mucho tiempo pasando en España, hasta que el caso de Mari Carmen Abascal mandó parar.
El cuerpo social miró a la cara a esta mujer e identificó su humana fragilidad como algo propio y portando su rostro como estandarte dijo ¡basta ya de abusos! La fragilidad de Mari Carmen se ha mostrado preñada de la fuerza incalculable e impredecible de provocar un terremoto social que levanta la bandera de la esperanza. A ella le ha costado la vida la lucha justa por su vivienda. El gigante del dinero que representa el rentismo en España, aliado y protegido por una parte de la judicatura —que en su caso y muchos otros se muestra absolutamente ciega hasta la inhumanidad— ha matado a esta mujer que tiene cara, nombre y apellidos, tiene historia, tiene vida que contar y lo ha hecho a la luz del día, delante del mundo entero.
Hablando con mi primo Enrique la noche triste en la que comentábamos el fallecimiento de esta mujer, él me decía que se atribuye a Stalin (aunque el origen más probable está en un ensayo satírico de 1932 del periodista y escritor alemán Kurt Tucholsky) la frase “un muerto es una desgracia, un millón una estadística”. La sociedad española adormecida se había acostumbrado a la muerte en forma de estadística, ya fuera a causa de la eugenesia pandémica puesta en marcha por el PP, que se llevó por delante 7.291vidas; ya fuera a causa de la negligencia del gobierno valenciano del PP con los 229 fallecidos en la DANA a sus espaldas. El caso Mari Carmen tomó una fuerza corpórea, provocando que una parte importante de la sociedad española despierte y mande parar.
Mari Carmen ha fallecido en un hospital y no en su casa como ella quería, rodeada de sus recuerdos familiares. Hasta eso le arrebataron. En sus últimos días siguió animando a la gente común a pelear por la justicia social, por el derecho a techo, por las vidas dignas. Ella sabía de la necesidad de tener esperanza para poder seguir luchando. Sabía que si una pelea por lo que es justo tiene alguna posibilidad de éxito, si no luchas ya estás rendida de antemano. Ella nunca se rindió. “Luchad por lo que es vuestro”, clamó hasta su último aliento.
Mari Carmen Abascal se ha convertido en una heroína de la clase obrera. Como tal le rinde homenaje estos días el pueblo de Madrid en las calles. Su ejemplo muestra que la lucha por la emancipación social es costosa, es dura, pero es necesario darla, porque la inhumanidad del capitalismo desatado que los patriarcas del dinero quieren imponer, llevándose por delante derechos y la propia democracia si es preciso, mata. El rentismo mata.
Las personas que aspiramos a conquistar toda la dignidad, que proporcionan los derechos democráticos, juntas y en pie somos muchas más que los poderos avaros del dinero. La no resignación de Mari Carmen ha mostrado a la clase trabajadora española que hay que portar la bandera de la esperanza, que cuántas más seamos más posibilidades hay de cambiar las cosas. La gente joven se ha echado a las calles, muestra su indignación y llora a Mari Carmen a voz en grito y está dando una lección de organización y humanidad solidaria en las acampadas en las plazas. Las generaciones que los precedemos tenemos que estar a la altura, son nuestras hijas y nuestros hijos los que necesitan un presente digno, casas dignas, salarios, educación, sanidad, servicios públicos, pensiones…un planeta digno y habitable. Por ellos y ellas hay que salir a llenar las calles de esperanza. Portaremos el rostro de Mari Carmen como estandarte y agitaremos la bandera de la esperanza, que era la suya, la de esta mujer que lo dio todo en la lucha por el derecho a una vivienda digna.
Un día después de su fallecimiento, los voceros de las derechas españolas, esos fascistas de los que no cabe esperar nada, porque su memoria está pringada de barbarie, continúan instalados en el oprobio y la vergüenza. Los peperos voxeros que gobiernan el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad, Almeida y Ayuso —tanto monta, monta tanto— esos seres cuya humanidad no abulta el tamaño de una lenteja, se negaron a realizar un minuto de silencio por la memoria de esta mujer. Su actitud infame es elocuente. Lo quieren todo, hasta nuestras vidas si es preciso. Y no cabe resignación alguna.
Silvio Rodríguez finalizó su gira por España en Madrid con un concierto vibrante y cargado de emoción y verdad en el que levantó la bandera de la esperanza. “Venga la esperanza, venga sola a mí/ lárguese la escarcha, vuele el colibrí/ hínchese la vela, ruja el motor/que sin esperanza ¿dónde va el amor?”.
Levantemos esa bandera, llenemos las calles, que son nuestras, de la gente trabajadora. Hay que llegar al 11 de noviembre parando los tajos en una huelga que debe ser histórica contra los especuladores y el empresariado sordo. Y el 29 de noviembre hay que llenar las urnas de esperanza. Se lo debemos a Mari Carmen, su memoria nos obliga. Por nuestras hijas e hijos, ¿marchemos!







