La cuestión alemana

Alemania aprovechó el ejército de reserva del este alemán para imponer a los trabajadores del oeste la destrucción de parte de las conquistas posteriores a la guerra.

Como ya señaló lúcidamente Herrero de Miñón en 1997, el proceso de integración europea ha ido avanzando desde los tiempos de Maastricht gracias a la cobardía pero también a la conveniencia para los sucesivos gobiernos de que alguien les hiciera el trabajo sucio. Y ése alguien era “Bruselas”. Así Bruselas trajo, junto a los famosos criterios -deuda, déficit, inflación-, la privatización, el asalto a la regulación laboral y a la protección social y la sumisión definitiva a la OTAN. Un chasco para la izquierda euro-optimista que creía que Europa era Estado del Bienestar e independencia de los EEUU, y una victoria sin manos para la derecha que consiguió que el trabajo sucio se lo hiciera la socialdemocracia.

La antigua República Federal Alemana se dejó llevar a lo que inicialmente parecía el entierro definitivo de históricas rivalidades pero que, en la práctica, se reveló como una ampliación del área del marco a la que consiguió imponer su propio modelo monetario. Después de tragarse a la RDA, hizo dos movimientos vitales: aprovechó el ejército de reserva del este alemán para imponer a los trabajadores del oeste la destrucción de parte de las conquistas posteriores a la guerra –desaparecida la RDA no había razones para mantener los niveles de protección y renta y así vinieron los “mini-jobs”– y forzó la apertura de la UE a los países de Europa Oriental, tras el baño de sangre yugoslavo y la descomposición de Checoslovaquia y la fragmentación de la parte europea de la URSS. El primer movimiento es de orden interno y el segundo externo, pero con una misma finalidad, abaratar el coste de la mano de obra.

Tras someter a los trabajadores alemanes y haber convertido al marco en el euro, la segunda moneda mundial después del dólar, Alemania ha pasado de ser una floreciente economía discretamente rodeada por los vecinos que la vencieron y ocuparon tras 1945, a una potencia global con intereses propios en todo el mundo. Su agresividad mercantilista y su necesidad de preservar la fortaleza del euro están reduciendo a la condición de periferia a la mayor parte de sus socios. Primero fueron los PIIGS, ahora Francia e Italia. Esto es un cambio respecto de la situación de partida señalada por Herrero de Miñón: Bruselas se ha desplazado a Berlín. Los poderes económicos franceses o italianos, por ejemplo, por un lado requieren a Alemania que asuma más responsabilidades como nueva potencia hegemónica, pero a la vez no quieren quedar subordinados. Por su parte, a Alemania no le conviene un euro débil, y menos aún que la UE quiebre o salte por los aires. Desde afuera, los Estados Unidos hacen lo posible por dificultarle la vida al bloque europeo en defensa de sus propios intereses. En este contexto contradictorio se librará la batalla de la segunda transición, y estamos tan ocupados en nuestros –sin duda, importantes– problemas internos que no prestamos atención suficiente a un entorno que sin duda limitará y condicionará las salidas posibles.

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