Cada vez que la gusanera requiere de sus servicios aparecen prestos a compartir escenario para luchar contra el eje del mal. Son los cantantes del establishment derechista latinoamericano, tan dotados de la capacidad de llenar estadios y vender millones de discos como de ponerse al servicio de los intereses geoestratégicos imperiales. Como en febrero de 2019, cuando Miguel Bosé, Alejandro Sanz, Juanes, Carlos Vives, Carlos Baute, Maluma, Paulina Rubio o José Luis Rodríguez “El Puma”, entre otros, actuaron en la frontera colombiano-venezolana en el concierto Venezuela Aid Live, tan solo unos días después del autoproclamamiento de Guaidó como presidente “encargado” del país para, supuestamente, recaudar dinero destinado a ayudar a la población víctima de las fauces bolivarianas. Por supuesto, olvidaron pedir al gobierno yanqui la eliminación de las sanciones económicas contra Venezuela y el fin de la injerencia en un estado soberano, pero un golpe de estado es un golpe de estado y tenían que seguir el manual de instrucciones.
Los españolitos Miguel Bosé y Alejandro Sanz aprovecharon la ocasión para mostrar su compromiso democrático y hacer gala de su contrastada integridad ética y moral. El primero, padre de cuatro hijos comprados a través de vientres de alquiler, no tuvo empalago en actuar en Chile durante la dictadura de Pinochet sin hacer nunca el más mínimo comentario crítico con el militar y su régimen. Sin embargo, al presidente venezolano electo le ha dedicado alguna joya literaria: “Maduro, pedazo de malnacido, sabíamos que eres incompetente, ignorante, farsante, dictador, marioneta, corrupto, narco, cobarde, criminal, pero ahora ya sabemos que eres el asesino criminal del pueblo venezolano. Que Dios te maldiga y te fulmine. Y pronto!!!”. El Ministerio de Hacienda español cifró en más de 1,8 millones de euros la deuda que el cantante tiene con la institución.
Por su parte, Alejandro Sanz acusó al presidente bolivariano de haber “repartido la riqueza entre Suiza y Caracas» cuando él ni siquiera vive en su país, sino en una gigantesca mansión de Miami desde hace veinte años. Reconvertido en activista medioambiental, intervino a finales de 2019 ante el plenario de la XXV Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático donde pidió a los líderes mundiales no tener miedo de «exigir sacrificios a la ciudadanía y ser más activos en legislar a favor del medio ambiente». Las redes sociales se mofaron de su cinismo y recordaron su estilo de vida plagado de lanchas motoras, aviones privados y vehículos de lujo. Hace unos meses la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) le denunció por utilizar sociedades pantalla para eludir el pago de impuestos.
Los intelectuales de la gusanera nunca han tenido reparos en denunciar las imaginarias dictaduras que solo existen en sus cabezas, en sus talonarios o en el departamento de estado yanqui, pero guardan silencio absoluto, por ejemplo, sobre las protestas sociales en Chile o el golpe de Estado en Bolivia. También sobre las movilizaciones en Colombia, cuyo gobierno auspició el concierto en la frontera con Venezuela. A pesar de que desde la firma del acuerdo de paz en noviembre de 2016, en la “demócratica” Colombia hayan sido asesinados más de 900 líderes sociales y defensores de los derechos humanos, según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz): 250 en 2019 y, lo que es más preocupante, 13 asesinatos en solo los primeros diez días del año 2020.
En el concierto de la frontera se encontraron el presidente colombiano y el represor chileno Sebastián Piñera, quien en un tuit dirigido a su anfitrión aseguró: “Con el presidente Iván Duque estaremos este viernes en Cúcuta entregando ayuda humanitaria a quienes llevan años sufriendo la crisis causada por la dictadura”. Escupieron hacia arriba. Chile y Colombia tuvieron que afrontar después multitudinarias protestas sociales contra sus lesivas políticas neoliberales y contra la dictadura del mercado. En las calles de Chile el pueblo canta a coro a Víctor Jara, demostrando altura reivindicativa y, por supuesto, buen gusto musical.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?








