Waterloo, supongo. Virginia Woolf
Supongo que a estas alturas no es preciso reiterar la capacidad de referencia de Julio Anguita. Es decir, un proyecto con militantes, organización, programa y lucha ideológica contra la hegemonía capitalista. El referente es Julio Anguita, no Nicolás Sartorius. Con todos los respetos.
Tras un largo proceso, en el que desde Sumar (una marca apreciable, pero sin proyecto definido), no se ha trabajado por la organicidad, por ninguna organicidad identificable, parece que una de las soluciones reales consiste en la estructuración de un “frente amplio” donde, en el seno de, al menos, un código de circulación, puedan convivir democráticamente partidos, organizaciones, movimientos y personas individualmente vinculadas.
Tras ese proceso disruptivo que, por decirlo de alguna manera, ha supuesto la amputación de una parte importante de la posible unidad de la izquierda, sector que nadie debe dar por perdido de cara a un futuro no demasiado lejano, la creación de organicidad se abre paso como condición de existencia de un “espacio propio” de la izquierda transformadora española.
Las diferencias son evidentes, y solo nos permiten pensar en la estructuración organizada de un frente amplio, como se hizo en otros países y momentos. No hay modelos, sólo casos
A estas alturas ya está claro que no se trata de estructurar (sin estructura) un nuevo sujeto político unívoco. Las diferencias son evidentes, y solo nos permiten pensar en la estructuración organizada de un frente amplio, al modo como se ha producido en otros países y momentos. “Producido” de forma específica, queremos decir, ya que no existen modelos, solo casos, y el caso español es preciso constituirlo sobre elementos específicos, histórica y políticamente determinados.
Un caso que, tal como están las cosas, no pasa por la disolución de las diversas formas de diversidad para ingresar en una nueva forma, y que no podría pasar (a las puertas, según parece, de una asamblea), por la participación individual en el itinerario y en la asamblea, dejando en la puerta a los partidos y organizaciones existentes. No es posible pensar, por ejemplo, que el PCE o IU vayan a entregar todo un legado material, histórico e ideológico a un esquema que si en estos momentos tiene una característica clara es que solo existirá como proyecto pleno si todos participamos en su creación. Todos y todas con nuestras mochilas correspondientes.
La realidad es un reloj histórico que no se puede detener, y menos la realidad política diaria, que en todo caso, como diría Kafka con respecto a la literatura, se puede adelantar en su hora, pero no parar en seco. No se puede constituir en el vacío una nueva forma, queremos decir. Lo que hace conveniente no perder de vista esa realidad que nos rodea y que contiene hechos nuevos nada desdeñables, que posiblemente adelanten la hora en la dialéctica de futuro de la existencia (hoy en duda) de la izquierda transformadora en nuestro país.
Por ejemplo, Sánchez, empujado por las circunstancias, y con la idea central de parar a esa derecha cada vez más contagiada por la ultraderecha, acaba de ser el fermento de un gobierno donde se encuentran y reconocen todas las fuerzas republicanas existentes. Es cierto que el PSOE, y una parte de Sumar,son por ahora asintomáticos, pero ahí está, en su ADN respectivo, la matriz de un cambio posible que, al menos, en los momentos actuales ha astillado alguno de los perfiles del llamado régimen del 78, de ahí los gritos y susurros de dirigentes momificados (tótem y tabú de un 78 cada vez más hegemonizado por el relato de las derechas), como los políticos González y Guerra. Una operación que conlleva, se quiera o no, la perspectiva de un Estado compuesto, de una nación de naciones, y, a la vez, de la conciencia (por fin clara) de que nos encontramos en todo el mundo, y en Europa de manera singular, ante la emergencia de un neofascismo que se reproduce como una especie de precipitado químico, mientras decrece y aun desaparece la izquierda transformadora, y en su seno los comunistas.
Todo lo cual formaliza una coyuntura bastante dura, pero que no deja de tener zonas de esperanza. Es verdad que, tal como se ha insinuado más arriba, estamos perdiendo la guerra, incluso por goleada, pero también está claro que no queremos parecernos a los vencedores. Derrotados, sí, pero no vencidos, porque sabemos que existe una oportunidad para darle la forma que las circunstancias materiales exigen a la izquierda transformadora de este país.








