Ken Loach despide su carrera con «El viejo roble», abordando el tema de los refugiados en Reino Unido

Fotograma de la película de Ken Loach, "The old oak" (El viejo roble)

Que Ken Loach ha dedicado su carrera cinematográfica a observar, analizar, mostrar y por qué no decirlo, plasmar con cierto fin didáctico y visión socialista las injusticias que soporta la clase obrera desde un análisis certero de la realidad, es algo que nadie puede negar. Se ha ganado a pulso estar en el pódium de los mejores directores de cine social desde hace décadas.

Que su análisis político sea acertado es una afirmación más compleja de hacer, sobre todo si se parte de una ideología marxista leninista. Sin embargo, su conciencia de clase es lo que hace su cine más real y más cercano y golpea exactamente con la intensidad correcta y en el punto exacto, siendo una de las pocas voces dedicadas de pleno a la clase obrera.

A sus 87 años de edad, el director ha decidido que ya va siendo hora de retirarse. Con 33 largometrajes a sus espaldas sin contar sus trabajos para televisión, ha tenido una prolífica producción y ha sido uno de los realizadores más laureados en el Festival de Cannes donde 8 de sus películas se alzaron con premios del jurado, crítica y público. Es en este festival donde Ken Loach eligió que se presentara de nuevo su última película.

LA SOLIDARIDAD ES LA ÚNICA SOLUCIÓN

La acción se sitúa en un pueblo del condado de Durham, en el norte de Inglaterra. A este pueblo antaño dedicado a la minería y ahora azotado por la precariedad, el desempleo y la falta total de esperanza tras el cierre de la explotación minera, llega un autobús de refugiados sirios que van a ser acogidos en pisos que han quedado vacíos tras el éxodo de los antiguos vecinos.

Tras un recibimiento hostil por parte de algunos de los habitantes, varios de ellos que pasan sus desocupados días en un pub llamado El Viejo Roble, dejan clara su postura de desprecio a sus nuevos vecinos y de un modo tristemente realista proyectan su frustración sobre los refugiados. La ayuda que se presta a estos por parte de voluntarios es recibida con los manidos reproches de que a los de fuera se les dan ventajas que ellos no tienen, entre otros argumentos conocidos; esa vieja costumbre de culpar al aún más precarizado de los desmanes del sistema.

El dueño del pub TJ Ballantyne, sin embargo, cree que la solución pasa por programar comidas solidarias y ayudar tanto a los extranjeros como a los vecinos que lo necesiten. Esto le trae numerosos problemas con sus clientes más habituales.

Ken Loach aborda así dos temáticas que confluyen en la trama; la problemática de la clase obrera, tema omnipresente en toda su trayectoria y el racismo creciente ante los movimientos de los refugiados. Es una ambiciosa pretensión, que aunque consigue su objetivo didáctico de mostrarnos que la solidaridad dentro de la clase obrera es esencial y que nuestras dificultades generan el mismo dolor humano que las de ellos, tiene varios puntos mejorables.

La visión simplista de Loach en la que Al Assad es el único culpable de la situación de guerra en Siria y sus constantes señalamientos de la represión a la que somete a su pueblo (sin ni siquiera mencionar los países que instigaron el conflicto) resulta del todo manipuladora y se antoja innecesaria, ensombreciendo el mensaje del filme, desde mi punto de vista. A no ser que quieras influir al espectador políticamente, cosa que Ken Loach ya hizo por ejemplo en Tierra y Libertad (1995), donde los comunistas del PCE no salían muy bien parados en su retrato de la Guerra Civil Española. Aun así, el valor de este director para con la lucha de la clase obrera y su divulgación de la conciencia de clase es, por supuesto, innegable. Su voz en este sentido es siempre reivindicable.

Desde un punto de vista estilístico y de dirección se hace uso de planos y disposición de las escenas muy sencillos; la austeridad visual es más evidente que en la mayoría de sus filmes. Los actores como en sus dos anteriores películas, Yo Daniel Blake (2016) y Sorry We Missed You (2019) son en gran parte no profesionales para conseguir un naturalismo y realismo en la obra.

El mayor problema de El Viejo Roble reside en que la sensación inevitable de que se manipula al espectador para su fin, cuando realmente no sería necesario. Me explico: el espectador medio de este director tiene una sensibilidad de izquierdas y no necesita que se lo dejen todo tan masticado y subrayado. No hace falta recurrir a buscar el sentimentalismo y los golpes de efecto por medio de la música, de historias constantes de dramas de los personajes en su país de origen que entran de modo forzado en el guion; no hace falta que los malos sean tan malos y los buenos tan buenos. La empatía llega por sí sola y seguro que el espectador puede entender el mensaje sin que se lo expliquen una y otra vez porque es simple y es lógico: la solidaridad entre los pueblos es parte de la conciencia de clase.

A pesar de estos inconvenientes, el resultado global de la película es bueno. Una película ambiciosa en su mensaje, pero efectiva en su objetivo: tocar conciencias y hacer reflexionar sobre quién es el enemigo real de la clase obrera. Es, además, bastante esperanzadora y representa también un bonito final para la prolífica carrera de posiblemente el director de cine social más influyente que ha existido. No en vano se ha alzado con el Premio del Público en el Festival Seminci de Valladolid, así como en el de Locarno.

Parafraseando al mismo Ken Loach: «Una película no es un movimiento político, una fiesta o incluso un artículo. Es solo una película. En el mejor de los casos, puede agregar su voz a la indignación pública». Pero yo quiero añadir para terminar este artículo que películas sociales son más que eso; son más necesarias que nunca y los directores como Loach deberían ser eternos.