La Asamblea de las Naciones Unidas acordó, en el año dos mil quince, proclamar el once de febrero Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia y, de ese modo, reconocer la aportación de las mujeres en este campo y avanzar, consecuentemente, en la igualdad de género. Una buena iniciativa, sin duda, aunque yo prefiero decir Día de las Científicas, porque el otro nombre puede parecer una incursión en un campo que no corresponde a las mujeres y lo cierto es que desde la Antigüedad están ahí, aunque haya hecho falta la mirada de género para descubrirlas y reivindicarlas.
Una de estas científicas es Marie Curie, cuya vida fue todo menos fácil, desde que inició los estudios en su Polonia natal hasta que murió en Francia, con sesenta y seis años, a consecuencia de las reiteradas exposiciones al radio que sufrió en muchos años de investigación; está enterrada en el Panteón de París que alberga a seis mujeres y a setenta y cinco hombres de la historia de Francia, pero este gesto último no compensa la discriminación que sufrió en vida, ni sus propias contradicciones, pues libró una lucha titánica por compaginar sus obligaciones como madre y esposa con su dedicación a la carrera científica.
Rosalind Franklin, otra científica de la primera mitad del siglo XX, contribuyó decisivamente a uno de los hallazgos más impactantes del siglo, el descubrimiento de la estructura del ADN, pero su trabajo no fue reconocido por sus colegas Francis Crick, Maurice Wilkins y James B. Watson, cuando recibieron el Nobel de Medicina y Fisiología en mil novecientos sesenta y dos, cuatro años después de que ella muriera. El caso de Rosalind Franklin no es el único. A lo largo de la historia, las mujeres no sólo han encontrado obstáculos para acceder al ámbito del saber, sino que cuando llegaban sorteando mil dificultades, se encontraban en un territorio hostil donde, salvo excepciones, su trabajo era infravalorado y aprovechado por aquellos que, también salvo excepciones, no las consideraban colegas iguales sino inferiores y fuera de lugar.
Y no es extraño que esto ocurriera, porque, varias décadas después, incluso en los años ochenta y noventa del siglo pasado, distintos estudios constatan que las niñas experimentan una socialización distinta y no tienen esa autopercepción de independencia, objetividad y racionalidad que asocian con la ciencia. Bien es verdad que, en esos mismos años, tenemos en España a Margarita Salas, con una brillante carrera que empezó en Madrid, continuó en Nueva York y estuvo jalonada de premios y reconocimientos durante toda su vida. También en el último año del siglo XX, es importante la publicación del Informe ETAN, en el ámbito de la investigación y la innovación en Europa, que analiza la situación de desventaja de las mujeres en el ámbito de la ciencia para, a partir de esa realidad, dar un nuevo enfoque a la igualdad e incluir una serie de medidas que promuevan la no discriminación, la calidad que aportan las mujeres, la eficacia al incorporar jóvenes de ambos sexos y el reconocimiento de la experiencia adquirida.
Ya bien entrado el siglo XXI, celebramos que muchos avances científicos tengan nombre de mujer, que las científicas sean reconocidas y valoradas por su talento y que se aplique la perspectiva de género en sus investigaciones para mejorar la vida de las mujeres. Pero es justo no olvidar a aquellas que fueron marginadas e ignoradas a lo largo de la historia, y que, a pesar de ello, han contribuido a muchas de las realidades científicas y tecnológicas que han mejorado nuestra vida.








