“De cada cual según su capacidad,
A cada cual, según sus necesidades.”
Crítica al Programa de Gotha, Karl Marx.
Sorprende cuando conoces el marxismo en América Latina que va unido al humanismo como elemento fundamental. Quizás por haber crecido al lado del pensamiento de Martí, o por estar vinculado a la reivindicación de liberación de los pueblos originarios o en mezcolanza, la reivindicación de los olvidados.
Tiendo a identificar este fenómeno por su lejanía a Europa y al eurocentrismo. El humanismo en Europa se entiende desde otras coordenadas. Es un humanismo que parte del Renacimiento, vinculado a los estudios humanistas, frente a la fe y la Iglesia todopoderosa. El hombre de Vitruvio fue la obra con la que Leonardo Da Vinci fija la imagen de un humanismo que pone al hombre en el centro del Universo. Hombre, individual, blanco y europeo. El concepto de humanismo desde el Renacimiento es tan restrictivo que excluye a buena parte de la humanidad. La burguesía, en su desarrollo europeo, profundiza en esta singularidad, tanto que para el burgués, la humanidad era él mismo, lo cual lleva a entender la historia como el producto de los “grandes hombres”, no la historia del pueblo. Puede convivir con la esclavitud, excluir a las mujeres, considerar subhumanos a los no occidentales, y seguir siendo humanista. Washington era un ilustrado y humanista que era dueño de esclavos y a saber qué pensaba de las mujeres, que excluyó de la vida política. Siempre le quedaba el recurso de la filantropía.
La burguesía limita los derechos humanos a la “ciudadanía”, una cualidad que se otorga, y que excluye a quien no la tenga. Y no solo con el extranjero, sino con el conjunto de mujeres cuando se les negaba el derecho al voto y a la propia independencia, o al conjunto de hombres no propietarios, excluidos del derecho al voto cuando éste era censitario. Ninguno de estos derechos ha sido conquistado por la clase dominante, sino por el empuje popular y haciéndole tragar quina al burguesón.
El constructo que conocemos como individuo es la gran aportación histórica de la burguesía. No podemos negar lo benéfico que es destacar lo singular y peculiar de cada cual, la propia identificación dentro de lo común. Pero tampoco la cultura clásica anterior negaba lo particular. Sólo se entiende esta contradicción con lo común desde el proceso de individualización que caracteriza al poder burgués, la acumulación en pocas manos de la riqueza.
Lo singular e individual no puede existir sin el común. Como decía Marx, no caigamos en el absurdo del Robinson Crusoe, que para estar solo en la isla necesitaba como esclavo a Viernes. No es reconocible la vida individual sin el común, que produce, que crea cultura, cuida y ama. No se puede entender lo individual sin lo común. A la vez, no puede pensarse un común que elimine lo peculiar de cada sujeto. El sujeto humano no se define por su individualidad, sino en esa relación tensa entre lo común y lo peculiar, que no son cosas con orígenes diferentes, pero mantienen una tensión que solemos definir como dialéctica. Una dialéctica marcada por el hecho de que no son dos términos diferentes al ser humano, que tienen su origen en el mismo proceso de humanización. Por más peculiar que yo sea, no existo sin las otras y los otros. Cualquier solución que pase por eliminar uno de los términos, como ocurre hoy en el seno del capitalismo, es sólo desequilibrio. Por ello, el individualismo, así como —en su opuesto— el comunitarismo tipo Pol Pot, no son sino una locura.
La misma fórmula marxista con el que encabezo el artículo, “de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”, es un doble reconocimiento de lo subjetivo y peculiar, ya que cada cual tiene capacidades y necesidades diferentes. Es, a la vez, dicho desde lo común, lo que contempla estas diferencias y le da sentido, al menos para las que creemos que no hay nada humano extraño a la humanidad. Y es el afán humano de acabar con el reino de la necesidad, de la miseria y la degradación.
Precisamente escrito en la Crítica al Programa de Gotha, la crítica al programa socialdemócrata que se presentaba en un Congreso en esta ciudad alemana. Un congreso socialdemócrata que defendía que el trabajador debía recibir el importe íntegro correspondiente a su trabajo. ¿Cómo puede recibir este importe íntegro, si de su trabajo depende la existencia de una sanidad universal, de una educación, de una jubilación…? El marxismo es la proyección de una sociedad donde el trabajador y la trabajadora desarrollan todas sus capacidades personales, contribuyendo a la eliminación de la necesidad económica. La liberación no es la del individuo que sólo se vincula a su capacidad y a sus frutos, sino la de la sociedad donde trabajadoras y trabajadores pueden desarrollarse personal y socialmente.
Humanización y democracia
La exclusión es el proceso original de la deshumanización. Incluso puede reconocerse la igualdad legal y seguir actuando la exclusión en la vida real. Eso pasa al conjunto de mujeres, a las que no se podría decir hoy día que no tienen alma ni ciudadanía, pero en la medida en que tratamos que sean personajes secundarios, subalternos, estamos deshumanizando a la mitad de la población mundial. O esa forma condescendiente de vivir la homosexualidad (aquella odiosa frase de “yo tengo muchos amigos gays”, después de haber expuesto con claridad tu rechazo). Nada cambia, excepto la imposibilidad legal de meterlas en la cárcel por el hecho de existir. Como a los negros y negras en EE.UU. Racismo estructural, aquello que da lugar a la violencia policial sin límites, no es más que decir que si bien legalmente son ciudadanos, en la práctica el hombre blanco seguirá mandando en sus vidas.
Consideramos que la Revolución Francesa es la primera vez que la masa, que la mayoría de la población se convierte en protagonista de la historia. Sin embargo, tras la Revolución no hubo una extensión de los derechos políticos y económicos a la altura de la propia Revolución. Desde el Imperio, en que la principal opción de protagonismo popular era alistarse al ejército de Napoleón, pasando por el periodo republicano hasta 1848, tiempo en que la burguesía impone el voto censitario. Tras la primera experiencia de voto universal masculino, el II Imperio vuelve hacia atrás en el proceso democrático. Así lo describe Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte. La burguesía hace lo posible para excluir a la clase trabajadora de los derechos políticos y económicos en la República, todo ello, después de haber utilizado al proletariado en su disputa con la aristocracia.
La Comuna de París es la máxima expresión del proceso revolucionario y democrático que siguió a la Revolución Francesa. Un proceso donde la mayoría del pueblo toma el poder y proclama su derecho a una organización social y política revolucionaria. La Comuna sería barrida por la coalición burguesa y aristocrática (“La guerra civil en Francia”, 1871).
“Es una vieja historia. Las clases altas siempre se ponen de acuerdo para mantener a la clase trabajadora bajo sus talones. En el siglo XI hubo una guerra entre los caballeros franceses y normandos, y los campesinos se sublevaron. Los caballeros olvidaron inmediatamente sus rencillas y se unieron para aplastar el movimiento campesino.”Así se recoge en el acta del Discurso de Carlos Marx sobre la Comuna al Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores 23 de mayo de 1871. La clase social es el balcón desde el que se mira abajo al pueblo, a los subalternos, a los que deben obedecer.
En este momento, en el que vivimos la alianza entre ricos y extrema derecha, podemos observar —independientemente de cómo se pueda definir cada movimiento nacional— que se vuelve a repetir el principio de todo fascismo, clásico o postmoderno: los problemas sociales se solucionan eliminando a una parte de la población, ya sean judíos o gitanos, personas con discapacidad, rojos, feministas, vascos, catalanes, gays o trans,…y el largo etcétera que nos recuerda el poema de Beltroch Bert, porque siempre terminan viniendo a por ti, empiecen por los inmigrantes, trans o las feministas. Vivimos un periodo de antihumanismo y antidemocracia.
Alienación
La alienación es el proceso por el que se vacía al ser humano y convierte su existencia en un sinsentido. Un proceso que el capitalismo necesita para mantener el orden de clases, siendo la mayoría social, la clase trabajadora expropiada de su propia vida. Un proceso necesario en el origen del capitalismo, ya que se inicia despojando al conjunto de trabajadoras del sentido de su trabajo, su autonomía y haciéndolas depender de la clase dirigente.
Describe Marx (“El fetichismo de la mercancía”, capítulo 1 de El Capital), cómo el valor de uso de las cosas es trascendida por un valor que no parte de la realidad física del producto, sino de las relaciones sociales de producción, el valor de cambio. Un valor que se independiza del uso concreto del objeto y se convierte en metafísico, en una pura especulación. Es el valor de cambio el que ordena la vida como si fuera un divé.
Hoy el proceso de alienación es de tal nivel y sutileza que ocupa hasta el tiempo libre, las formas de relación y hasta las relaciones sexuales. Todo es mercado, por lo que el sujeto se individualiza en su relación personal con el dios mercado (sí, se parece al luteranismo). Es más, el mercado ha sustituido a la comunidad más cercana como elemento de socialización. Nos socializamos en el mercado como consumidores. Como nos decía Frederik Jameson, el horizonte está ocupado por el absoluto mercado, y es más fácil pensar en el fin del mundo que en el fin del capitalismo.
¿Para qué recordar todo esto?
Porque la confrontación que hoy vivimos con el autoritarismo capitalista es una lucha de “o todo o nada”.
Porque nos enfrentamos al mayor proceso de manipulación de las masas que se haya conocido en la historia. Es lo que llamamos “batalla cultural” de la derecha.
Una batalla que pretende eliminar cualquier progreso desde la Ilustración, y por supuesto, condenar cualquier conquista de la clase trabajadora. Todo eso son gastos innecesarios que no sólo disminuyen los beneficios, sino que crea la ficción de que en el sistema hasta la clase trabajadora tiene un sitio. Es más rentable la inseguridad, la angustia, que la estabilidad. Quién ordena la realidad mundial deben ser los capitalistas directamente (sin intermediarios innecesarios), dominando al conjunto de la población a través del consumismo, unas redes sociales que han inundado nuestra intimidad y una constante campaña de desinformación (incorporando los últimos avances militares en la materia), y de destrucción de cualquier referencia racional.
Cada vez que nos asomamos al mundo, vemos un caos provocado y rentable para algunos, pero sin sentido y peligroso para la enorme mayoría. Y se sostiene por la propia confusión y por las técnicas nazis-mercantiles de hacer pasar por sentido común, por opinión mayoritaria, las actitudes irracionales y salvajes del mundillo que identificamos como la constelación que rodea a Trump y Elon Musk.
El primer paso para confrontar en el campo de batalla es tener principios claros y radicales. “Ser radical significa atacar las cuestiones en la raíz. Y la raíz, para el hombre es el hombre mismo”. Nada que añadir a lo que nos dice nuestro Carlos Marx.
Necesitamos entender que no podemos entrar en el shock de “lo nuevo”, aquello para lo que no tenemos respuesta. Esto viene de lejos, de la revolución neoliberal de Reagan y Tatcher, del desarrollo de la cultura postmoderna, de la transformación de internet (que nos pareció un magnífico instrumento para la agit-prop) en el mejor instrumento de manipulación en manos de sus dueños.
Y que la mayor contradicción del sistema en nuestra sociedad europea es la destrucción de la vida personal, de la intimidad, de la aventura de vivir. Una vida estandarizada por el mercado y que la experiencia nos indica que conduce al naufragio vital de lo que a día de hoy se entiende como clase media, un naufragio que no puede solucionar la moda de yoga, mindfulness, o psicología positiva. El generalizado fracaso vital es el mayor ejemplo de lo absurdo del capitalismo. Si no nos conmueve la muerte masiva televisada, la realidad sin paliativos, al menos que nos conmueva nuestro fracaso.
Que si la economía capitalista no tiene una dimensión humana, tampoco tiene una dimensión planetaria. El desarrollo capitalista puede destruir el planeta, y no todos o todas tenemos los recursos para huir a Marte o la Luna, como plantea Elon Musk.
Son necesarios principios claros y radicales porque el triunfo del actual fascismo se concreta también en las cesiones que se le hace. La derecha que pierde el culo por el electorado de la extrema derecha, o la socialdemocracia que nunca entiende que aquella machada de “sólo la puntita” es penetración, y si no es deseada, es violación.
Humanismo y socialismo.







