Así cantó el cabrero

Gran defensor y dignificador del fandango, considerado como un palo del flamenco menor por los más puristas, El Cabrero lo empleó como el mejor vehículo para sus letras reivindicativas y auténticas.
El Cabrero (José Domínguez Muñoz), cantaor flamenco español | Fuente: luquiben / CC BY 3.0
El Cabrero (José Domínguez Muñoz), cantaor flamenco español | Fuente: luquiben / CC BY 3.0

Esta semana hemos conocido la noticia del fallecimiento, a los 81 años, de José Domínguez Muñoz, El Cabrero.

Nacido en la localidad sevillana de Aznalcóllar, desde pequeño tomó conciencia de la dureza de la vida en una tierra rica, pero en la que esa riqueza era acaparada por los terratenientes, que solo dejaban las migajas y condiciones de esclavitud y miseria al pueblo; un pueblo que en esos finales de los años 40 y principios de los 50 vivía además atenazado por el miedo, con el recuerdo de la guerra civil y las represalias posteriores todavía presentes.

Pronto comprendió tanto el significado y origen de las injusticias, como su predestinación al cante, heredada esta última de su madre Carmen; también desde pequeño aprendió el oficio de cabrero, que le acompañaría toda su vida; ocupación que le mantuvo unido a sus raíces y al campo y la naturaleza, otra de sus grandes pasiones y refugio del que obtenía inspiración para sus creaciones.

Pronto sintió la necesidad de buscar nuevos horizontes para su arte y, siempre con sus orígenes muy presentes, viaja a Sevilla donde entra en contacto con el mundo del flamenco en unos años de ebullición artística en torno a la cuadra de Paco Lira; tras un período en la obra de teatro Quejío como cantaor, toma conciencia de que podía tomar un camino propio y finalmente en 1975 publica su primer disco Así canta El Cabrero, al que seguirían durante toda su trayectoria más de veinte trabajos discográficos; primer trabajo con el que se va haciendo hueco entre los más grandes del flamenco, para terminar siendo uno de ellos.

Una trayectoria coherente la de un arquetipo del flamenco que, como consecuencia de esa coherencia y rectitud a la hora de enfrentarse a las injusticias, fue represaliado durante toda su vida, bien por su defensa de las vías pecuarias frente a los poderosos que ansiaban apropiarse de todo aquello que no les perteneciese, bien siendo encarcelado por blasfemia, siempre marginado por unas instituciones a las que no les bailaba el agua, artista libre hasta el final; afortunadamente en su trayectoria también y sobre todo se encontraría con compañeros de lucha y pueblos hermanos como Marinaleda, donde siempre volvería.

Gran defensor y dignificador del fandango, considerado como un palo del flamenco menor por los más puristas, El Cabrero lo empleó como el mejor vehículo para sus letras reivindicativas y auténticas, siempre ligadas al paisaje y la tierra, porque es de la tierra de donde viene el pueblo. Un cantaor telúrico y auténtico, lo que le supuso precisamente ser accesible a todos los públicos.

En muchos periodos de su carrera, El Cabrero fue más valorado fuera de su tierra, especialmente desde finales de los años 90 en Francia, donde su arte subversivo era muy apreciado; como decíamos, su libertad creativa y sus ideales de transformación social le supusieron en nuestro país el castigo de la indiferencia por parte de los que decidían y siguen decidiendo quién debe formar parte de los circuitos artísticos y quién no.

Terminó su trayectoria artística con un giro hacia el tango, disciplina en la que, una vez más, demostró su maestría; un artista total que seguirá para siempre con nosotros, porque ha muerto José Domínguez, pero El Cabrero seguirá vivo allá donde exista una injusticia por la que merezca la pena luchar.

«Como todo mortal me pregunto quién soy…vengo del ronco tambor de la luna, en la memoria del puro animal, soy una astilla de tierra que vuelve hacia su antigua raíz mineral».

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