El reciente 45 aniversario del fallido golpe de Estado del 23 de febrero trajo una novedad, la apertura y publicación de todos los archivos secretos que guardaba la administración sobre los hechos. El anuncio ocupó las portadas de la prensa, los noticiarios, y llenó de expectativas a muchos. Se frotaban las manos pensando que, al fin, íbamos a conocer el verdadero papel en el golpe del rey emérito, y de todos los agentes implicados, militares, guardias, personal civil. Que iban a revelar una verdad escamoteada. Cuando estos archivos fueron publicados, el entusiasmo se desvaneció muy rápido, los archivos no desvelaban ninguna clave desconocida, e incluso permitieron a Juan Carlos I vanagloriarse de su papel, diciendo que, al final, España le tendría que pedir perdón, y agradecerle sus servicios. Ignorando que su fuga se debió a delitos o, cuando menos, a escándalos económicos. A mí no me extrañó. Y quiero compartir mi posición descreída, que relativiza el argumento de lo incontestable que es todo lo guardado en los archivos. Pretendo dejar la tesis, concreta y contrastada, de que en los archivos está guardado sólo lo que algunos quisieron guardar, y de que los documentos escritos archivados muchas veces lo fueron para lo contrario de la verdad, para difuminar su pista, para dejar a los historiadores y estudiosos futuros, datos falsos, pistas erróneas, fakes.
Lo digo porque, con frecuencia, escuchamos a divulgadores de la historia etiquetar un libro que acaban de publicar con la marca de una supuesta verdad revelada al acceder, por fin, a consultar unos archivos prohibidos. De esto tuvimos un amplio elenco tras la implosión del llamado socialismo real. Proliferaron libros de historia que se vendían con la vitola de “tras la apertura de los archivos secretos soviéticos”. Lo mismo valía para ensayos políticos que literarios, sobre la Stasi, o sobre el arte de aquellos países. Los archivos avalaban una supuesta verdad.
Yo también era un ingenuo que creía en ese argumento de los archivos como guardianes de la verdad. Hasta que una investigación me demostró todo lo contrario. La contaré por lo instructivo. Había participado, junto con otros familiares, en una comisión que, en el año 1978, con las primeras luces de la democracia, se planteó exhumar una fosa común con los restos de una veintena de milicianos iruneses, la mayoría miembros de la Juventud Comunista, asesinados por los franquistas el 11 de agosto de 1936 en su asalto a la ciudad fronteriza. Desde entonces hasta ese 1978 habían permanecido en el monte. Era una de las tantas fosas secretas, que sólo los militantes, la gente comprometida, hilando unas cosas y otras, sabía dónde estaba. Sobre el hecho planeaba una cierta leyenda, basada en la oralidad, pues uno de los milicianos, que se escondió, pudo verlo todo, y luego escapar a Irún, donde contó lo sucedido. El hecho causó un enorme impacto, porque la mayoría eran muy jóvenes, entre ellos dos chicas de 16 y 17 años, y porque era el comienzo de una guerra y la primera muestra de la brutalidad y crueldad que se avecinaban.
Los archivos del 23F no desvelaban ninguna clave desconocida pero sirvieron para que Juan Carlos I dijera que España le tendría que pedir perdón, cuando su fuga fue por escándalos económicos.
La memoria popular se alimentó de los relatos del superviviente, y creció pasando de boca en boca, como un secreto, como algo de lo que no se podía hablar en los tiempos de la dictadura. Un día me propuse cotejar esa memoria oral circulante entre los medios izquierdistas, con los hechos concretos, para construir el relato de lo sucedido exactamente, y pensé que en los archivos militares encontraría esa verdad. En el Archivo de Ávila hallé el diario de campaña del coronel Beorlegui, el mando franquista que dirigió esa misión criminal. Pensé, antes de leer nada, que un diario contendría un preciso relato de los hechos. Mi sorpresa fue mayúscula. Lejos de la verdad, en ese diario se contaba una gran mentira para presentar los asesinatos de aquella veintena de milicianos como un acto de combate. En el diario se dice que algunos fueron abatidos mientras huían, y otros en el tiroteo, en el fragor del asedio al caserío de Pikoketa, que es el nombre del lugar. Me quedé estupefacto. Por suerte para la historia, un cura que acompañaba a los fascistas en la columna, Policarpo Cía, en el año cuarenta, en plena euforia por su victoria, escribió un libro en el que contaba cómo fueron capturados aquellos republicanos, incluidas las “dos mujerzuelas” (así escribe el cura), y fusilados contra la pared ciega del caserío. Lo mismo que cuenta en sus memorias, tituladas “Ayer”, el militar franquista Carlos Martínez Campos, entonces miembro de la columna que asaltó esa posición, y posterior jefe del Estado Mayor del ejército, donde, también en los años en los que los franquistas se sentían impunes, relata cómo capturaron a toda la guarnición por sorpresa, al amanecer, y cómo el coronel Beorlegui decidió fusilarlos allí mismo. Lo que coincide plenamente con lo que escuchó y vio el miliciano escondido. El único sitio donde no estaba la verdad era en el diario del coronel, en los Archivos.








