El motín del Potemkin

Nos interesa rememorar la película, los hechos que narra, porque aún contienen jugosas enseñanzas en este mundo de nuevo militarista

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Escena de la película “El acorazado Potemkin”, del director soviético Sergei M. Eisenstein
Escena de la película “El acorazado Potemkin”,
del director soviético Sergei M. Eisenstein

En junio será el 120 aniversario del motín del Potemkin. Un hecho que quedó inmortalizado por la magistral película de Serguei Eisentein, estrenada hace 100 años, en 1925. Quizá esta película haya acercado a tanta gente a las filas del comunismo como las obras de Marx o Lenin. Ejemplifica la fuerza que puede tener el arte al servicio de una buena causa. Como lo hiciera posteriormente la de Bertolucci “Novecento”. Un amigo, en su día, emocionado tras verla, me decía que en la puerta deberían haber puesto una mesa para afiliarse al Partido Comunista. Conviene recordar que “El acorazado Potemkin” fue una película maldita, que no se estrenó en España hasta el año 1977, siendo su exhibición prohibida por las dos dictaduras existentes en nuestro país, durante la dictadura de Primo de Rivera entre 1923 y 1930, y durante el franquismo. Eso, junto a su calidad, dotó a la película de un aura de culto.

Además de rememorar la película y esos detalles sombríos de nuestra historia, nos interesa recordar los hechos que narra, porque aún contienen jugosas enseñanzas en este mundo de nuevo militarista, donde la lucha por los mercados, léase aranceles; y con tropas redibujando fronteras establecidas, nos acercan a los argumentos que condujeron a las dos guerras mundiales.

El clima político en Rusia, en 1905, era revolucionario. El 22 de enero, conocido como el “domingo sangriento” el ejército reprimió a tiros la gran manifestación pacífica que había llegado hasta la plaza del Palacio de Invierno para entregar las reivindicaciones al zar: subidas de salarios, y mejores condiciones de trabajo, se trabajaban más de catorce horas diarias. Murieron más de mil personas, quedando otras tantas heridas de gravedad. Esa matanza incendió Rusia, elevó la conciencia política de las masas, e incentivó las simpatías hacia los bolcheviques. A lo largo de ese 1905 se sucedieron las huelgas, algunas puramente económicas, otras políticas, reclamando un parlamento democrático. Y en ese clima nacieron los soviets, primero como delegaciones de las asambleas de las diversas huelgas elegidas para negociar con el zarismo; y luego como un poder alternativo, sustentado en los trabajadores y campesinos.

El 26 de junio el Potemkin estaba fondeado en la bahía de Tendra, cerca de Odessa, desde donde, al anochecer, otro barco les acercó el aprovisionamiento, donde se incluían vacas, que colgaron con garfios en la cubierta superior del navío. Por la mañana, el marinero de guardia se sobresaltó con el olor de putrefacción, y vio que la carne estaba llena de larvas y gusanos vivos. Avisó a sus compañeros. La tripulación se negó a comerla. La capitanía y los oficiales del barco lo consideraron un gesto de sedición, amenazando con fusilar a los que se mantuvieran en esa postura, que fueron casi todos. A éstos los cubrieron con una lona embreada, una tradición para fusilar en cubierta. Entonces empezó la sublevación, los rebeldes estaban organizados para esta situación, porque el Comité Central de la Organización Socialdemócrata de la Flota del Mar Negro, llamado «Tsentralka», preparaba un motín simultáneo en todos los buques de la flota, sin fijar aún la fecha. Los marineros se hicieron con las armas. En el enfrentamiento murieron varios oficiales y uno de los líderes rebeldes, Vakulenchuk, fue herido de gravedad. El comité del barco eligió al bolchevique Matushenko para que capitaneara la nave, y pusieron rumbo a Odessa, con una bandera roja ondeado en el mástil.

Odessa estaba sumida en una huelga general. El Potemkin fondeó frente a la rada, mientras que una delegación llevaba el cadáver de Vakulenchuk al puerto. Su funeral se convirtió en una masiva manifestación política. El Potemkin disparó contra los centros de mando zarista, sin mucho éxito. Mientras tanto, un escuadrón de barcos se acercaba a Odessa para rendir al Potemkin o hundirlo. El Potemkin zarpó a su encuentro con la intención de conseguir la sublevación del resto de la flota. No lo logró, pero tampoco se rindió. Pasó entre ellos ondeando su bandera roja, esperando los disparos que lo llevaran a pique. No hubo cañonazos porque los marineros desobedecieron las órdenes de disparar contra sus hermanos. Aquí se acaba la película de Eisentein.

El destino final del barco fue triste, sin apenas comida para sus 670 marineros, sin agua ni carbón, llegó al puerto rumano de Constanza. Los marineros abrieron las válvulas para llenarlo de agua y hundirlo, pero no lo consiguieron y fueron apresados.

Los miles de desertores fueron decisivos para el triunfo de la república de los consejos húngara tras la I Guerra Mundial. Como lo fueron para la revolución rusa. Desde entonces, hemos conseguido muchos derechos, pero también perdido rebeldía y hermandad colectiva. No vemos que en ningún ejército sus soldados se subleven, se nieguen a disparar contra sus hermanos. A aquel pacifismo con contenido de clase hoy se le añade un pacifismo universal, porque nos jugamos la propia existencia de la humanidad.