En un escenario marcado por las crecientes tensiones en Oriente Medio y los ataques dirigidos contra infraestructuras críticas de Irán, la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) ha arrojado un jarro de agua fría sobre las acusaciones que, desde hace años, vinculan a la República Islámica con el desarrollo de armas nucleares. Su director general, Rafael Grossi, aseguró recientemente que no existen indicios de que Teherán esté avanzando en un programa nuclear con fines bélicos.
“No hemos recibido ninguna prueba de un esfuerzo sistemático en ese sentido”, dijo Grossi en una entrevista con la cadena CNN, desmarcándose abiertamente de la narrativa sostenida por Washington y Tel Aviv. Ambas capitales han insistido en señalar a Irán como una amenaza nuclear en potencia, mientras impulsan resoluciones y medidas de presión en foros internacionales.
La afirmación de Grossi se produce en un contexto delicado para la diplomacia multilateral. Solo días antes, la Junta de Gobernadores de la AIEA aprobó una resolución contra Irán, denunciando supuestos incumplimientos del país persa respecto a sus obligaciones nucleares. Desde Teherán, el documento fue calificado de “motivación política”, en línea con su rechazo habitual a las acusaciones de ocultar un programa militar.
Para las autoridades iraníes, el respeto a los compromisos internacionales se mantiene intacto siempre que las otras partes del acuerdo nuclear de 2015 –especialmente Alemania, Reino Unido y Francia– también cumplan. En opinión de Teherán, lo contrario anula la validez del propio acuerdo. A su vez, insisten en que Irán sigue acatando el Tratado de No Proliferación (TNP) y el Acuerdo de Salvaguardias con la AIEA.
La estabilidad regional pende de un hilo
Sin embargo, las tensiones han escalado más allá de lo diplomático. El reciente bombardeo israelí sobre la instalación nuclear de Natanz, en Isfahán, fue condenado por las autoridades iraníes como una agresión directa a su soberanía y una violación del derecho internacional. Irán ha respondido con operaciones defensivas bajo el nombre de “Promesa Verdadera III”, que ya suma más de diez fases ejecutadas.
En medio de este conflicto, la figura de Grossi ha quedado en el centro del debate. Desde Irán, arrecian las críticas por su supuesto silencio ante los ataques a sus instalaciones. El jefe de la Organización de Energía Atómica de Irán (OEAI), Mohamad Eslami, dirigió una carta formal al responsable de la AIEA exigiendo una condena clara a las acciones israelíes. A su juicio, el organismo de la ONU ha fallado en su deber de proteger la integridad de los sitios nucleares civiles.
No se trata de una queja aislada. Kazem Qaribabadi, vicecanciller iraní para Asuntos Jurídicos, anunció que el papel del argentino Grossi será planteado ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Lo acusó de haberse convertido en “un peón en manos de Israel y Estados Unidos”, al no pronunciarse ante agresiones que, según Irán, constituyen crímenes de guerra.
La Cancillería iraní también se sumó a las recriminaciones. Su portavoz, Esmail Baqai, declaró que la AIEA ha traicionado el régimen de no proliferación nuclear y se ha alineado con intereses ajenos a su mandato. “Han convertido a la agencia en una herramienta de presión política”, afirmó.
Mientras tanto, Irán sostiene que su programa nuclear es estrictamente pacífico, centrado en la producción de energía y el desarrollo científico. La estabilidad regional, sin embargo, pende de un hilo. La falta de un consenso internacional sobre el papel de la AIEA, el deterioro del acuerdo nuclear de 2015 y la presión militar constante por parte de Israel y Estados Unidos configuran un tablero altamente volátil, donde cualquier paso en falso puede tener consecuencias irreversibles.







