La adolescencia en medio de la tormenta

La batalla cultural derechista no es más que un inmenso proceso de manipulación de las conciencias
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Adolescencia
Foto: Snsdkoko / Wikimedia commons / CC BY-SA 4.0

“Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante que ocupa el poder, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”. Pier Paolo Pasolini.

La batalla cultural de la derecha ha puesto en primer plano uno de los grandes errores de nuestro sistema educativo.

Cualquier sistema educativo coherente ha de pretender darle a chicas y chicos los elementos necesarios para poder conocer el mundo donde viven. Y viven en un mundo pegado a una pantalla. Unas redes sociales que sustituyen a la prensa convencional como fuente de información. Con una derecha machacando a través de estos medios un mensaje de inhumanidad, de machismo, de odio, de desprecio a la clase trabajadora. Y una Inteligencia Artificial que puede engañarnos todo lo que quiera.

No sólo es dejar expuesta a toda una generación a la manipulación más burda (me temo que otras generaciones nos la hemos tragado dobladas de la misma forma), ya que la batalla cultural derechista no es más que un inmenso proceso de manipulación de las conciencias. Es también no querer responder, como sociedad, a la cuestión de para qué la educación, ocultando que las necesidades del mercado son las que marcan la enseñanza.

¿Cómo construimos hoy el conocimiento del mundo en que vivimos? ¿Cómo construyen las adolescentes algún tipo de conocimiento viviendo un mundo donde las élites están organizadas para manipularte?

CONSUMIDORES Y CONSUMIDOS

Vivimos el momento revolucionario de la derecha. La toma del poder y la eliminación del viejo Estado social y de derecho para sustituirlo por un orden que libere la actuación de los ricos y contenga y reprima a los de abajo, los y las que están siendo desposeídos.

Pero este asalto al Estado se puede dar porque previamente se ha preparado un terreno adecuado para ésto. El autoritarismo capitalista que estamos viviendo es consecuencia lógica de la sociedad de consumo.

¡Qué claro lo vio Pasolini!. Cuando la sociedad de consumo invadía la Italia que se había ido construyendo a través de milenios, rompía las relaciones sociales, amorosas, de solidaridad y supervivencia que se habían ido tejiendo con el sedimento del paso de la historia. Pero ni en la izquierda fue un discurso mayoritario, confiando en el consumismo como motor de la economía.

El proceso de socialización actual sigue pasando por la familia, la escuela y mucho menos, el barrio. Pero el elemento que nos introduce en la sociedad es el mercado. Establecemos una relación individual y religiosa con el mercado, incuestionable, eterno. Un proceso acelerado por la relación personal con la pantalla del ordenador o del móvil.

El individuo actual es quien se mete a vivir en una burbuja donde atrapa del mercado lo que puede y sus esfuerzos para poder comprar son los únicos elementos importantes. Y a la vez el mismo individuo se convierte en mercancía. Cuando menos, la información de tu vida se convierte en el beneficio de otros.

El mercado ha colonizado lo más íntimo. El sistema se basa en el permanente consumo insatisfecho. El individuo está atrapado en la permanente insatisfacción. Un vacío que es explotado por un mundo virtual donde se analizan tus emociones, tus deseos, para ofrecerte de forma consciente e inconsciente sus productos. Hasta el deseo y el sexo tiene hoy como marco internet. Hasta el deseo y sexo está conformado por el mercado.

Un sistema que se basa en la insatisfacción permanente transforma al ser humano en un ser consumido por los propios productos del mercado.

Cuando Marx describía la alienación en el capitalismo industrial, se refería fundamentalmente a la alienación que se producía en la fábrica, en la relación de producción. Hoy el sistema ha colonizado la totalidad de la intimidad del individuo aislado. El nivel de alienación es muy superior, por tanto.

Es este el contexto donde los adolescentes (mucho más que las adolescentes) se convierten en fanáticos de personajes que exiben un nivel de consumo altísimo, se escapan de la Hacienda española, tienen músculos y odian al “gordo”, al “mariquita”, al “moro”,…, ¡a tanta gente!.

Aquí el odio se convierte en una ventaja competitiva en la lucha por el éxito. “Ni una mujer, ni un maricón, ni un sudaca puede estar a mi altura”.

Tanto chicos como chicas siguen a “influencers” que venden “live style”, con retransmisiones, por ejemplo, de su “rutina de cuidado”, el nombre que le dan al robo a mano armada que sufres cuando tienes que usar un montón de productos carísimos que tienes muchas dificultades en comprar. Y facturando.

Todo se monetariza, porque por alguna extraña razón, al personal le gustan estas cosas.

En este momento, la vida se confunde con exponer tu imagen en las redes sociales. Falsedad sobre falsedad de la que la propia vida se resiente. Puede parecer que es estúpido centrar tu vida en dar una imagen diaria en las redes, exponerte a una masa que desconoces, que tu mayor placer sea recibir “likes”.

Conocí personalmente —la razón es insustancial— el caso de una influencer que ha retransmitido su proceso de enfermedad y muerte día a día. Por razones obvias, no quiero hacer más comentarios que señalar lo obsceno de una vida dedicada a mostrarse, hasta la muerte.

¿NOS REBELAMOS?

¿Que ser de extrema derecha es rebelarse contra este sistema? Ni Houdini hubiera conseguido un truco de magia tan bueno.

Ni mucho menos es la rebelión de esta generación contra padres y madres progres. Es una afirmación vacía, que sólo reproduce lo que sí que vivimos en generaciones anteriores: el enfrentamiento con el autoritarismo de la familia franquista. Aunque algunos carcas le gustaría que esta afirmación fuera cierta y vengarse de lo que sí que fue una rebelión contra las costumbres e ideologías del franquismo, las razones son más prosaicas.

La crisis de la vivienda, la precariedad laboral son losas que pesan en esta sociedad. Pero al adolescente que se hunde en la derecha, éstas son cosas aún lejanas.

Insisto en que la derecha, en su batalla, se dirige a esta parte de la sociedad con mensajes de identidad macho porque el adolescente necesita agarrar una identidad (es normal en este periodo el cambio de referencia); en el momento que necesitas reafirmarte en tu entorno para dejar de ser nada, la identidad macho es una apuesta de ganador, del que no tiene competencia porque las demás son menos; se muestra fuerza y violencia porque así eres más….

En esta edad, la batalla cultural se basa en crear modas e imaginarios. Hoy tiene especial importancia los “criptobros”, gimnasio, coches de alta gama, riquezas que proceden… cualquiera sabe. La perspectiva de ser rico vía ser macho. En este contexto,  ante la pregunta de si aceptaría una dictadura ante determinadas circunstancias, digan que claro, que proteja la mera posibilidad de ser rico.

Es Milei el abanderado macho, un león, que defraudó a miles de personas con una criptomoneda, siendo ya presidente. Esos días vimos videos de chavales desesperados, diciendo muchas palabrotas, porque habían perdido hasta su Rolex. Pero es el autoritarismo que te promete ser rico.

Esos vídeos tienen mucha importancia, porque es la primera vez que se ridiculiza este mundo, en imágenes creadas por ellos mismos. Y eso es lo que deberíamos hacer, ridiculizar este mundo, ojalá, como Berlanga.

Para combatir en este escenario ya es hora de que la izquierda desarrolle una estrategia, más allá del podcast. En lo cercano, en lo inmediato, debemos tener en cuenta:

—El éxito de la batalla cultural derechista se basa, en primer lugar, en la capacidad de determinar los temas del debate, lo que la postmodernidad llama marcar la agenda, o algo así.

—Otro elemento exitoso es la creación de modas. Del “yo soy español, español…”, “las mujeres tienen más derechos” y otros hits de instituto.

Cuando ningún hombre de este país nos hemos sentido discriminados por ser hombres (al menos los mentalmente sanos), aparece el hit “no soy ni machista ni feminista. Creo en la igualdad”. ¿De verdad no somos capaces de desmontar esta tontería? Así, en las encuestas aparecen estas respuestas de que chicos y chicas dejan de ser feministas “porque creen en la igualdad”.

Al sistema educativo le corresponde transformar su estructura para poder educar en la jungla digital. El sistema hace bien el trabajo de dar al alumnado los conocimientos necesarios para el acceso al mundo digital. Pero, ¿qué hace para poder entenderlo? La educación no puede desentenderse de cómo la adolescencia construye su conocimiento, e igual que da los instrumentos para conocer el entorno digital, debe dar los instrumentos para no ser manipulados, determinados, comprados y engañados en esta especie de Matrix. Por cierto, estos días hemos conocido que la mitad de los jóvenes son jugadores de azar, sobre todo on line.

Por otra parte, aunque me genere alguna enemistad, creo que el movimiento feminista debe desarrollar una pedagogía. Una pedagogía que no sea una traducción del discurso feminista a formas más inteligibles, sino una pedagogía que incluya la liberación que para los tíos significa el feminismo. El descanso de poder quitarte la armadura de caballero, de ser el sostenedor de significado en este mundo, de poder abandonarte en el amor (algo que ningún mundo de hombres nos ha enseñado), de poder amar a iguales.

La derecha está reduciendo el feminismo al esquema conservador y machista de los 60,s y 70,s: la guerra entre sexos. Ya debemos estar desmontando esta trampa. Inmediatamente deberíamos estar dando elementos (en píldoras en Tik Tok o la actuación del profesorado) para negarla y crear un marco discursivo más conveniente.

Y promover una rebelión contra un tipo de vida absurdo, que busca el éxito, siendo el éxito eso de ser ricos. Alguien tendrá que contarles que o eres heredero de ricos o no serás rico. Que a los hijos de la clase trabajadora que quieran seguir ese camino solo le queda el triste papel de trepa, en constante manipulación y lucha contra todos los demás. Que se pierde la vida y la honra.

En la adolescencia no puede contarse con la experiencia del fracaso, del absurdo, del vaciamiento de la vida al que conduce la “vía al éxito”, vendida por charlatanes (coaching, lo llaman), y en el que te tienes que pringar al máximo (sean en sus estafas piramidales y flexiones o cualquier otra modalidad). Ante la adolescencia no se han mostrado aún los cuerpos rotos, las cabezas idas, la frustración.

En un mundo donde ha dejado de tener la más mínima importancia la pregunta por el “buen vivir” y la “vida buena”, donde lo humano no es más que un punto en la inmensidad del mercado, la próxima rebelión será la de la vida que no tiene cabida en este sistema.


Este artículo es continuidad de este otro publicado en Mundo Obrero el pasado 13 de mayo de 2025:  https://mundoobrero.es/2025/05/13/que-miedo-nos-da-la-adolescencia/

(*) Educador

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