Jacinta, la sacristana, salía de la pequeña estancia que hacía las veces de campanario. Acababa de hacer el segundo llamamiento a los feligreses para la vigilia pascual del Sábado Santo. Se frotaba las manos una contra la otra, pues las vibraciones del badajo golpeando el pesado bronce de la campana le habían dejado un hormigueo persistente en los dedos que apenas empezaba a remitir cuando alcanzó el pasillo central de…