Jacinta, la sacristana, salía de la pequeña estancia que hacía las veces de campanario. Acababa de hacer el segundo llamamiento a los feligreses para la vigilia pascual del Sábado Santo.
Se frotaba las manos una contra la otra, pues las vibraciones del badajo golpeando el pesado bronce de la campana le habían dejado un hormigueo persistente en los dedos que apenas empezaba a remitir cuando alcanzó el pasillo central de la nave. Desde allí com-probó que las dos primeras feligresas, las más fieles del pueblo, ya ocupaban el primer banco, como era habitual.
Antes de que le diera tiempo a alcanzarlas, vio salir al padre Avelino de la sacristía, que quedaba a un lado del altar, a pocos pasos. Venía deprisa, con una urgencia impropia de su carácter, y avanzaba hacia el sagrario con la llave apretada en la mano. Al llegar, se detuvo apenas un segundo, lo justo para inclinarse con una leve genuflexión, como manda la liturgia, y santiguarse con un gesto breve, casi distraído, antes de incorporarse de nuevo.
—Otra vez lo ha hecho. ¿Lo has visto? —susurró Carmen la Estanquera.
—¿El qué? —preguntó Virtudes la Perdigona, que, sin levantar apenas la vista, llevaba ya tres avemarías rezadas con el rosario enredado entre los dedos.
—Santiguarse del revés. ¿No te has dado cuenta? Termina la cruz en el lado izquierdo y, encima, se queda la mano pegada al pecho, como si se le hubiera quedado engarrotada.
—Calla, calla, Carmen. Deja que se santigüe como quiera —intervino Jacinta, que ya se había reunido con ellas—. Bastante tiene con que los mozos del pueblo lo hayan apodado como el Páter Siniestro. Vete tú a saber a santo de qué.
A decir verdad, nadie en el pueblo sabía demasiado de él todavía. Hacía pocos meses que el arzobispado había decidido destinarlo a aquel recóndito pueblo, en otro traslado más dentro de su errática carrera clerical. No parecía casual, aunque nadie supo nunca por qué. Sin embargo, el padre Avelino tenía esa rara virtud de caer en gracia allá donde iba.
Aquella tarde, en la que de nuevo le tocaba oficiar misa, todo había empezado como siempre. Al abrir el armario de la sacristía, donde guardaba los hábitos, encendió la radio que guardaba en el estante superior. Pero aquel día, algo inesperado lo obligó a salir con premura. Estaba a medio vestir cuando el periodista de Radio Nacional de España interrumpió la emisión de forma abrupta y, con la respiración entrecortada y la voz temblorosa, anunció:
«Interrumpimos la programación para dar una información de última hora… perdón…»
Avelino se quedó inmóvil, con la casulla entre las manos.
«…fuentes del Gobierno acaban de confirmar la legalización del Partido Comunista de España…»
La casulla cayó al suelo.
Durante unos instantes no supo qué hacer. Dio dos pasos torpes hacia atrás y se dejó caer en la silla que tenía justo detrás. Permaneció así unos segundos, intentando comprender la noticia. Después se incorporó de golpe. Tenía que llegar cuanto antes al altar.
Las tres mujeres lo observaban desde el primer banco.
Avelino abrió el sagrario y, tras apartar con cuidado el cáliz, extrajo un gran tomo del misal romano, el mismo que lo había acompañado en cada uno de sus traslados. Lo depositó con ímpetu sobre el altar. Para sorpresa de las presentes, cuando Avelino abrió la cubierta se dieron cuenta de que el libro había sido vaciado por dentro, convertido así en un cajón secreto. De su interior sacó lo que, desde la distancia, las mujeres interpretaron como una estola de un rojo mate profundo. Con ella en la mano, regresó apresuradamente a la sacristía, justo cuando el locutor, ya con el resuello recuperado, se reafirmaba:
«Hace unos momentos, fuentes autorizadas del Ministerio de Gobernación han confirmado que el Partido Comunista de España ha quedado legalizado e inscrito en el registro de asociaciones políticas de dicho ministerio».
Avelino se quitó la sotana.
Antes de sentarse, abrió el cajón del escritorio y sacó unas tijeras de costura. En la pared, presidiendo la estancia, había colgado con cuidado la bandera que acababa de rescatar del sagrario. Durante años había permanecido oculta. Ahora, a la vista, el dorado de la hoz y el martillo brillaba con claridad y perfecta alianza con un rojo cereza desgastado por el paso del tiempo.
Se sentó.
Buscó en el revés de la sotana el pequeño bolsillo oculto: aquel doble fondo que había cosido años atrás, justo a la altura del pecho, en el lado izquierdo. Introdujo la punta de las tijeras y levantó la primera puntada. Cerró los ojos con fuerza, y en ese gesto le llevó de regreso, al origen de todo. Recordó aquel instante con precisión.
Ocurrió en la víspera de su primer traslado. Acababa de salir del hospital, con los huesos doloridos y la piel marcada. No vio venir la irrupción de la Brigada Político-Social, que lo arrastró a comisaría durante tres semanas. Lo dieron por muerto dos veces en ese tiempo: interrogatorios, torturas, focos clavados en los ojos, manos que lo golpeaban buscando nombres que nunca pronunció. Durante meses orinó sangre y llegó a pensar que no saldría de aquellas fiebres que acudían sin aviso. Pero, con todo, lo físico fue lo de menos. Lo que quedó dentro fue mucho peor.
Durante la convalecencia, en el silencio de su casa, recibió dos visitas que terminaron de ordenarle la vida. La del arzobispo fue breve y fría. Le habló de prudencia, de escándalos, de la necesidad de apartarlo. Le anunció el traslado sin darle opción a réplica.
La otra visita llegó de madrugada, cuando el pueblo ya dormía y hasta los perros habían dejado de ladrar. Juanito el Barbas apareció con un paquete envuelto en papel de estraza. El propio Juanito cuando lo vio al otro lado de la puerta susurró:
—Gracias, Avelino.
Se abrazaron largo rato. Avelino lo invitó a pasar y le habló del traslado: le explicó que desconocía su destino, que el arzobispo solo le había dicho que pasarían a buscarlo a la mañana siguiente y que el viaje sería largo. Juanito, con rabia contenida, le aseguró que sentía todo lo ocurrido, como si en ello le fuera también una parte de culpa. Se despidieron y, al volver a abrazarse como quien intuye que será la última vez, el Barbas le tendió el paquete que llevaba y le susurró al oído que antes de amanecer debería convertir en ceniza su contenido, que no debía dejar rastro.
Avelino volvió a abrir los ojos. Seguía allí, en la sacristía, con la sotana entre las manos. Los murmullos de la iglesia lo sacaron de su ensoñación. Aquel sería el día más importante de su vida, pero no por ello iba a desatender su deber como sacerdote: en unos instantes tomaría las riendas de la misa para sus feligreses en aquel Sábado Santo que pasaría a la historia.
Las últimas puntadas cedieron. Metió los dedos en el pequeño escondite de tela y sacó un rectángulo de papel gastado, con el fondo rojo apagado y la tinta casi borrada por los años. No era un carné como los que, estaba seguro, existirían a partir de aquel día, sino una simulación improvisada en la clandestinidad: rojo irregular, letras torcidas, una hoz y un martillo apenas insinuados, y en el centro un nombre que adoptó al instante como alias —El Zurdo—. Al darle la vuelta, en el reverso de aquel papel, reconoció las firmas de los camaradas que componían la célula que se reunía en su sacristía, hombres y mujeres que con aquel gesto agradecían su silencio en los interrogatorios.
Avelino comprendió aquella madrugada que pertenecer al Partido no lo otorgaba ningún papel. Era algo que se llevaba en el pecho, una certeza que se revelaba en cada silencio, en cada gesto y en cada acto. Sin embargo, desobedeció a Juanito y no lo quemó, ni aquella noche, ni ninguna otra. Lo guardó todo: la bandera en el misal y el carné cosido en su sotana, a la altura del corazón, donde pudiera sentirlo. Desde entonces, cada vez que se santiguaba, la mano se le detenía un instante más de lo necesario, como si buscara el calor de una llama que no se ve, pero se siente.
Las campanas comenzaron a sonar por tercera vez. Se levantó.
Terminó de vestirse. Tomó la bandera en una mano y el simulado carné en la otra, y salió hacia la iglesia. Al cruzar la puerta, se dirigió al presbiterio, lo dejó todo sobre el atril y, mirándolos de reojo, se dijo a sí mismo que el sermón de aquel día merecía una buena explicación.
Para cuando las campanas enmudecieron, todos estaban ya sentados.
Jacinta salía del campanario, frotándose nuevamente las manos, enfilando el pasillo que le llevaba al lugar que Carmen y Virtudes le tenían reservado. Antes de llegar a ocuparlo vio al Padre Avelino arrodillarse ante el altar. Inclinar la cabeza y, despacio, santiguarse.
Su cara fue de sorpresa al ver que lo hacía en la dirección correcta.







