Una peligrosa deriva recorre el norte de Europa. Suecia, antaño reconocida como faro de neutralidad y defensa de los derechos humanos, navega ahora, en un crudo alineamiento geopolítico, con rumbo fijo hacia el abismo del belicismo. Lo hace con una docilidad inquietante, adormecida por una inyección masiva de lo que podríamos denominar “terrorsterona”: un cóctel