La gotera de la cocina no era ni por mucho lo más desconcertante. Se oían ladridos por todas partes, cuántos malditos perros vivían en el bloque y las paredes quizás fueran de papel, no paraba de preguntarse. No había manera de concentrarse. Al acachar la cabeza de nuevo sobre el papel, otro ataque. Ahora eran los gritos del vecino de abajo. Era difícil concentrarse en aquel paupérrimo ambiente. Pero Jonathan…