Los estudiosos del rock han fijado la fecha del 5 de julio de 1954 como el punto de partida del rock and roll. ¿Por qué? Pues, porque ese día un desconocido Elvis Aaron Presley entró en el estudio discográfico Sun Records de Memphis (Tennesse, EE UU) y grabó una canción para su madres, ‘That’s all right’. Es una fecha como otra cualquiera. Para mí, la revolución social y cultural del rock se plasma antes. Fue con el rodaje de la película ‘Blackboard Jungle’, con Glenn Ford como protagonista. En esa cinta, ambientada en un instituto norteamericano, unos chicos indomables le hacen la vida imposible a los profesores. Uno de ellos, tiene una brillante idea: se traerá sus preciados y adorados discos de jazz para escucharlos en la clase y así establecer empatía con esos chicos. El resultado fue desastroso, pues esos adolescentes buscaban otra salida a sus inquietudes juveniles. Eso no era lo suyo y rompieron los vinilos ante la mirada perpleja del acobardado profesor. En esa película se inserta la canción del cantante Bill Haley con su banda, The Comets, ejecutando la trepidante ‘Rock around de clock’, un clásico donde los haya. Y los chicos sí se identifican con esta nueva arquitectura musical, derivada de los grandes músicos negros del rockabilly, como son Chuck Berry, Little Richard, etc. El tema llega al número 1 y vende millones de ejemplares.
Hoy, 50 años después, el rock se mira al ombligo y busca la manera de perpetuar una lucrativa industria que ha generado millones de dólares de beneficios y que, olvidándose del factor arte y volcándose en el elemento espectáculo, no sabe qué hacer ante la piratería en internet. El rock se ha devorado a sí mismo y no sabe cómo salir de su propio laberinto. En ese estado de confusión, se repiten hasta la saciedad estructuras de éxito ya probadas y aparcan el riesgo, dado que significa inversión sin garantías de rentabilidad.






