Creo que ya, a estas alturas de la experiencia vivida en las tres últimas décadas, no cabe hacerse ilusiones sobre las perspectivas de un cambio hacia posiciones que podríamos llamar keynesianas, de Estado de Bienestar o de Estado Social y Democrático de Derecho, confiando en un simple bandazo electoral hacia la otra cara del bipartidismo: el PSOE. Otra cosa es que juguemos a auto-engañarnos. Las coordenadas del sistema no admiten más variables que unos ligerísimos retoques cosméticos sin rozar en absoluto la estructura del modelo. Por eso toda fuerza política que pretenda un cambio radical -y no puede haber otro si se quiere enderezar esta barbarie que padecemos- no puede jugar a introducir simples aderezos a la política realmente existente y que comparten las dos caras del bipartidismo.
Nosotros fuimos en su tiempo los abanderados de lo que entonces se denominó Ruptura Democrática y que se visualizó con la exigencia de que se convocase al pueblo español para decidir en referendum la opción entre República o Monarquía. Pero había mucho más que esa exigencia de imprescindible factura democrática.
En el Manifiesto–Programa del PCE del año 1975 nos atrevimos a desarrollar un proyecto de futuro en el que había una etapa denominada Democracia Político-Social. Una lectura reposada de ese documento nos demuestra –mutatis mutandi– la vigencia del mismo. Era una apuesta desde la convicción de que la Democracia en España debería ir acompañada de cambios en lo económico, social, político y cultural. Planteaba, en resumen, que cualquier alternativa al régimen franquista debiera surgir de la que entonces llamamos Ruptura Democrática.
La Transición ha consistido básicamente en una Restauración monárquica que como la de 1876 ha afianzado el poder de las oligarquías económicas, sociales y políticas con siglas y caras nuevas pero conservando intacta toda la estructura e intereses ligados al franquismo. Los años transcurridos y la evidencia de los hechos hablan mejor que nadie. Había que entrar en la CEE y se entró. Había que entrar en la OTAN y se entró. Había que homologarse siquiera en el funcionamiento político-institucional pero sin cambios democráticos en sus estructuras profundas, y se homologó.
Todo ese andamiaje se ha venido abajo. A la crisis del modelo amparado por la Transición se le ha añadido la del modelo representado por la Globalización; sin haber alcanzado nunca en España el nivel europeo del Estado del Bienestar estamos sufriendo los desastres de la era González: privatizaciones, reformas laborales, fiscalidad injusta, falta de desarrollo de tejido productivo, especulación, etc. No se trata de restañar heridas o de corregir tal o cual aspecto sino de -en plena crisis- construir otro modelo.
Abordar esa cuestión con resolución es instalarse en la Ruptura y en su contraria, la construcción de la Alternativa. Por una parte acopiar fuerzas sociales, aliados y presencia institucional para producir en su momento la Ruptura; pero de manera simultánea trabajar en la creación de un programa alternativo desde abajo y en el que los nuevos valores y la nueva Ética vayan reflejados en el mismo. Retomemos elaboraciones, propuestas y trabajos que en su día fuimos capaces de co-elaborar con otros. No caigamos en la trampa de asumir la dialéctica izquierda-derecha como disfraz del bipartidismo imperante. Nuestro pacto, hoy por hoy, sólo es posible con los esfuerzos organizados que desde la base de la sociedad plantean un mundo nuevo. Nunca los remiendos, los oportunismos o los pactos palatinos pueden paliar esta situación.
Naturalmente que esta opción por la Ruptura y la Construcción exige, demanda y obliga a una reconsideración teórica y organizativa que sigue apremiándonos. Y de tal manera que cuando la echamos por la ventana se presenta en la puerta y viceversa, Así hasta que nos deje por imposibles y termine por llamar a otras puertas que sepan abrirse.







