¿Está naciendo ya un nuevo partido político en EE.UU.?

Hay una nueva guardia democrática —que no demócrata— hacia la que se han corrido sectores de la base de uno y otro partido disgustados, inconformes y contrarios a Trump, a sus secretarios y jefes militares, y al corporativismo multimillonario.
Protesta en Manhattan, Nueva York, bajo el lema "No a los reyes" en junio del año pasado | Fuente: Rhododendrites / CC BY-SA 4.0
Protesta en Manhattan, Nueva York, bajo el lema "No a los reyes" en junio del año pasado | Fuente: Rhododendrites / CC BY-SA 4.0

La guerra de agresión conjunta de Washington y Tel Aviv a Irán está incidiendo de una forma importante en una transformación del esquema bipartidista estadounidense que, en la practica, activa una reconfiguración del modelo actual dominado en común por el poder económico, financiero, industrial, tecnológico, científico y comercial de republicanos y demócratas, quienes se identifican en sus intereses geoestratégicos.

Es un poco complejo entenderlo porque entre los millonarios republicanos y demócratas hay contradicciones antagónicas, pero no son irreconciliables. Por eso da la impresión de que han acordado dejar un espacio libre para acordar quién, entre ellos dos, encabezará la dirección de los tres poderes del Estado, pero sin alterar los parámetros prestablecidos por el capital corporativo para intentar que nunca la sangre llegue al río entre ellos.

Esa situación ha creado hacia el interior de los dos partidos una separación estructural de intereses entre los sectores sociales en la base y la cúpula, y cuya forma de verla más claramente es aplicando sin complejos el tradicional método de confrontación del capital, (identificando con él a los multimillonarios), con el trabajo, (en representación de la base).

Mientras hay una identidad relativa entre multimillonarios (el capital) de los dos partidos gracias a la compleja interacción corporativa que los agrupa como una sola pieza dentro de lo que se denomina el establishment, en la base (trabajo) hay fragmentación, aunque en un proceso de acercamientos.

Lo que está sucediendo en la base es un signo positivo, sobre todo entre demócratas donde se ve un mayor avance, y tiene la gran ventaja de que se puede medir mediante las encuestas tradicionales sobre la aceptación popular del presidente —aunque ese dato nunca aparece porque no forma parte de la investigación—, pues a menor nivel de aprobación de su desempeño, mayor división interna en cada uno de los dos partidos.

Es allí donde radica la gravedad de la baja puntuación que registra Trump y su tendencia sostenida a la desaprobación (actualmente de 36 por ciento, otras que 39), y es lo que se toma como punto de partida para creer que, en este segundo mandato del republicano, el sistema partidista de Estados Unidos opera como si fuera tripartita, aunque dentro del tradicional marco del bipartidismo.

Hay una nueva guardia democrática —que no demócrata— hacia la que se han corrido sectores de la base de uno y otro partido disgustados, inconformes y contrarios a Trump, a sus secretarios y jefes militares, y al corporativismo multimillonario, y eso incluye a una masa del MAGA, minoritaria hasta ahora, pero que está diciendo que ya no es unánime respecto de Trump.

Hay muchas personas, sobre todo jóvenes, que se están quitando de sus cabezas la gorra roja, al darse cuenta que el presidente los usó para intensificar y extender las guerras en lugar de acabarlas como había prometido. Irán ha sido muy importante en ese aspecto, y lo seguirá siendo de ahora en adelante en mayor medida por la humillante derrota de Trump y Netanyahu en el golfo arábigo-pérsico y lo magulladas que han salido del conflicto sus imágenes, ya demasiado descaracterizadas. Si Donald Trump tuviese un mínimo de dignidad y sus secretarios de Estado y de Guerra, renunciarían hoy mismo a sus cargos.

Es evidente que son remanentes del partido demócrata los que encabezan esa tendencia encabezada por los grupos autodenominados socialistas, entre los que figuran líderes importantes como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez, y el alcalde de Nueva York, Zohran Kwame Mamdani.

Pero también republicanos de base que están contra la guerra y se sienten defraudados por Trump, y al igual que en la cúpula se identifican los millonarios y conservadores de ambos partidos, abajo sucede lo mismo. Y esto es lo que pone nerviosos a los que representan el nuevo establishment ante la perspectiva bastante gris para ellos de las elecciones intermedias de noviembre próximo.

En ese contexto, las primarias presidenciales demócratas de 2028 cobran una relevancia como nunca antes la tuvieron, porque de ellas puede depender una nueva estructuración del establishment bipartita, favorable ahora a Trump. De allí que los republicanos sigan tan de cerca lo que está sucediendo al interior del partido rival. Les preocupa, en especial, la tendencia en ascenso de un sentimiento antiisraelí por el genocidio en Gaza y la guerra contra Irán alimentada por los desafueros del presidente.

Ya el antisionismo en la base demócrata no es marginal, sino sustantivo, y esa tendencia puede saltar al republicanismo de base, empezando incluso por la masa MAGA que no quiere la guerra, como ha insinuado The Washington Post al advertir que está tomando cuerpo una campaña que se perfila con «una hostilidad sin precedentes hacia el Estado judío».

Gavin Newsom, gobernador de California y figura central en las apuestas para 2028, encendió la mecha en marzo durante una entrevista en el popular podcast Pod Save America. Ante los presentadores Jon Favreau y Tommy Vietor, Newsom describió a Israel como «una especie de estado de apartheid«. Aunque luego intentó matizar la frase, su mensaje político fue inequívoco: «Me opongo profundamente al liderazgo de Netanyahu y a cómo se está congraciando con la extrema derecha», señala el diario.

Según una encuesta de NBC News publicada en marzo, el 67% de los demócratas simpatiza con los palestinos frente a solo un 17% que lo hace con los israelíes. Más revelador aún: apenas el 13% de los demócratas tiene una opinión favorable de Israel, un desplome brutal desde el 34% registrado en 2023.

No significa que en una medición semejante los dígitos entre los republicanos de base coincidan con los de los demócratas, pero si es posible que se vea más clara una especie de deserción que comienza entre quienes antes de Irán no cuestionaban, o no lo hacían de forma notoria, la alianza estratégica de Estados Unidos e Israel.

Pero hay un dato curioso que pasa inadvertido en los análisis de las encuestas y es que, si un 70 por ciento de republicanos sigue aprobando el ataque militar a Irán, según Fox, y 55 por ciento según Univisión, lo hacen bajo la creencia de la matriz creada por Trump de que los persas son un peligro nuclear para Estados Unidos, y no por un apego a la alianza con el sionismo.

Esa matriz no había sido posible desmontarla de manera convincente debido a la conjunción de todas las empresas de comunicaciones que apoyan a Trump, aun cuando peritos y especialistas militares, e incluso dentro del MAGA, han demostrado que ese peligro no existe, es inventado, y que potencialmente Irán demoraría no menos de 10 años para estar en posesión del arma nuclear, si es que decide fabricarla.

De no ser por el control de esos medios, probablemente los resultados de las encuestas entre republicanos fuera muy diferente, y se demuestra con el dato de que, cuando se les pregunta solamente por la continuación de la guerra y una intensificación mediante operaciones militares terrestres con la infantería de marina, los resultados caen estrepitosamente a un 33 por ciento.

Pero tras la derrota política y moral de Trump y Netanyahu esa visión debe cambiar porque Irán demostró que nunca fue una amenaza nuclear que pusiera en peligro la vida de los estadunidenses e israelíes, ni su estabilidad interior, y a ambos les costará trabajo seguir engañando a sus respectivos pueblos.

La conclusión de todo esto es que Irán puede precipitar una reconfiguración del sistema partidista estadounidense que borraría el bipartidismo tradicional y crearía condiciones para sustituirlo por un régimen autoritario que establezca la reelección por más de dos períodos como hasta ahora. El ala más reaccionaria de cada partido ha monopolizado, de hecho, el poder político y económico, impuesto sus reglas para fortalecer el conservadurismo más retrógrado con el supremacismo blanco como bandera, y dominar los tres poderes del Estado.

En la otra parte se perfila el nacimiento de su contra, que pudiera ser un nuevo partido demócrata, o un híbrido entre este y la disidencia republicana, con lo cual sería mucho más visible y mejor delimitada, una diferente división en clases de la sociedad estadounidense, acompañada de paradigmas seguramente inéditos. Tengamos paciencia y esperemos, pero no perdamos de vista que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.

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