Película: «De óxido y hueso», de Jacques Audiard

Dolor en cuerpo y alma

Título: De óxido y hueso.
Título original: De rouille et d’os. 
Dirección: Jacques Audiard.
Países: Francia y Bélgica. 
Año: 2012.
Intérpretes: Marion Cotillard (Stéphanie), Matthias Schoenaerts (Ali), Céline Sallette (Louise), Bouli Lanners (Martial), Armand Verduse (Sam), Corinne Masiero (Anna), Jean-Michel Correia (Richard). 
Guion: Jacques Audiard y Thomas Bidegain; basado en la novela “Rust and Bone”, de Craig Davidson.
Producción: Pascal Caucheteux. 
Música: Alexandre Desplat. 
Fotografía: Stéphane Fontaine.
Distribuidora: Vértigo Films. 
Estreno en España: 14 Diciembre 2012.

Resulta estremecedor descubrir con Marion Cotillard su hermosura mutilada, sus piernas amputadas a la altura de las rodillas. Se sufre una especial resistencia instintiva a la destrucción de la belleza, algo en nuestro interior nos hace más sensibles a esa especie de brutal injusticia. Y Jacques Audiard nos enfrenta a ese trauma en una secuencia magnífica en la que sufrimos junto al personaje que la actriz francesa interpreta con sensibilidad, inteligencia y mesura, cuando retira las sábanas de la camilla en el hospital y sucumbe en sollozos al contemplar sus miembros inferiores cercenados. Por eso mismo nos produce asombro la perfección técnica con que las piernas de Cotillard –que tan sólo hemos podido vislumbrar durante unos instantes al comienzo del filme- son sustituidas en distintas ocasiones por muñones, o por prótesis, o por el helador vacío de la tela hueca de su pantalón. Y produce consternación, escalofrío, un brutal choque de sensaciones contrarias, cuando vemos la desnudez de la sirena siendo extraída del mar en brazos por el noble bruto del que va a enamorarse, con el que después hará el amor apasionadamente.

Pero Audiard, aunque frío en su estilo narrativo, frío en la puesta en escena, no se parece nada al Cronenberg de “Crash” (1996) y esquiva los aspectos morbosos porque su historia en realidad es romántica. Y nada tan lejos del romanticismo como el filme citado del director canadiense. Si convenimos en que lo romántico se define por implicar un juego de sentimientos (que no sentimentalismo) “De óxido y hueso” sería una buena pieza romántica, porque despliega un amplio abanico de ellos. Sentimientos de abandono frente al infortunio, de culpa frente a las descuidadas obligaciones de un padre, de vértigo frente al torrente amoroso, de transformación interior por efecto de la pasión.

No es “De óxido y hueso” un romance que presuma de originalidad en sus líneas maestras: la bella y el bruto, la independencia que se torna sutilmente en ataduras deseadas, la redención, la reeducación, el renacer gracias al amor. Pero lo que da fuerza imponente a una historia mil veces contadas, lo que nos hace disfrutar viendo una vez más lo que tantas veces se ha narrado es la autenticidad de los personajes que se ven envueltos en ella y su capacidad para envolvernos con ellos sin trucos, sin sensiblería, sin tópicos previsibles (en este caso, los mínimos imprescindibles, pues alguno hay, véase la secuencia sobre el hielo). La verdad de unos personajes cuyas vidas nos interesan reposa por igual en los actores; magníficos Matthias Schoenaerts y Marion Cotillard (convertida ya en super estrella, tras la obtención de un oscar, reclamada cada vez más por Hollywood, sin embargo vuelve los ojos a su país para volcarse en una historia intimista como ésta). Y en el instinto poético del autor, demostrado en películas anteriores y sobradamente en la obra maestra “Un profeta” (2009), con su habilidad para mezclar materiales sórdidos con otros de naturaleza y sabor dulzón. Destreza que le habilita para envolver un drama mayúsculo en las costuras de un melodrama hacia el final del filme, sin hacerlas saltar pero apurando los márgenes, arriesgando el resbalón, pero conservando el equilibrio.

Hay una fragilidad infantil en el gigantón Alí, dispuesto a partirse la cara y los huesos para ganarse la vida en peleas clandestinas, y una cándida irresponsabilidad cuando se marcha con un ligue ocasional en la discoteca, ante la mirada sorprendida de su nueva amiga Marie Stéphanie, incapaz de percibir el dolor que provoca. Es ingenuo, otra forma venial del egoísmo, cuando se alinea, sin percatarse de las consecuencias, con las prácticas empresariales mafiosas. Y en el otro lado del espejo Alí tropieza con la fuerza arrolladora de una mujer joven que tiene todas las papeletas para hundirse en el fondo del océano y sin embargo sale a flote apoyándose en él con todas sus fuerzas. La bella, dulce por dentro y fuerte por fuera; el bestia, fuerte por fuera, blando por dentro. Es cierto que no parece muy original, pero nunca hay que fiarse de las apariencias.

RECOMENDACIONES
AMOUR, de Michael Haneke. Otra obra maestra del director austriaco. Imposible escoger un título más apropiado para esta durísima historia de amor y de muerte.

CÉSAR DEBE MORIR, de Vittorio y Paolo Taviani. El arte, el teatro, el cine, como vía de redención. Los Taviani más jóvenes, vitales y creativos. Imprescindible.

EL CAPITAL, de Constantin Costa Gavras. Como los hermanos italianos, a sus 80, el director grecofrancés tan combativo como siempre, lúcido y corrosivo como nunca. Espléndida.

EL MOLINO Y LA CRUZ, de Lech Majewski. Preciosista animación de un cuadro de Pieter Brueghel “El viejo” por el director polaco. “Animación”: dar vida, dotar de movimiento, vigor o intensidad a elementos inanimados. Magnífica y deliciosa lección de arte e historia.

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