Título: Holy motors.
Dirección y guion: Leos Carax.
Países: Francia y Alemania. 2012.
Intérpretes: Denis Lavant, Eva Mendes, Kylie Minogue, Édith Scob, Élise Lhomeau, Jeanne Disson, Michel Piccoli.
Fotografía: Yves Cape y Caroline Champetier.
Montaje: Nelly Quettier.
Diseño de producción: Florian Sanson.
Vestuario: Anaïs Romand.
Distribuidora: Avalon.
Estreno en España: 16 Noviembre 2012.
Probablemente sea la propuesta más sorprendente, extraña, imaginativa, provocadora, perturbadora incluso, de todo lo que se llegue a estrenar durante este año, «Holy Motors», gran triunfadora de la última edición del Festival de Sitges. Estos “Sagrados motores”, título tan enigmático como la propia película, se deben a la mano del francés Leos Carax y suponen su regreso al largometraje desde 1999, cuando presentó en el Festival de Cannes su incomprendida “Pola X”, un drama romántico basado en la novela de Herman Melville, “Pierre o las ambigüedades”.
Leos Carax pasó de joven prodigio en los ochenta a cineasta maldito en los noventa. Hablamos de Francia, claro, su país, porque en España es un perfecto desconocido para el gran público. Su cine llevaba por entonces -y en el fondo la conserva en «Holy Motors», pese a las apariencias- una fortísima impronta romántica, no sólo por la intensidad con que sus jóvenes protagonistas viven el arrebato del amor y las desdichas del desamor, la furiosa vitalidad autodestructiva con la sombra de la melancolía al fondo, sino por el misterio en el que el director envolvía su figura, apartado de las luces, los flashes, las entrevistas y otras exigencias de la promoción.
Así llegaron “Chico conoce chica” (1984), “Mala sangre” (1986) y “Los amantes del Pont-Neuf” (1991), la conocida como trilogía de Álex, por el nombre del personaje protagonista, encarnado por su actor favorito, su alter ego en tantas cosas, el actor Denis Lavant. El último de los tres títulos sufrió las inclemencias de un destino fatídico que, a la postre, encareció muchísimo la producción y terminó por granjearle una mala reputación, una imagen de director caprichoso y de trato difícil, labrada con todas sus fuerzas. En la raíz de tal descrédito está el peaje obligado por cultivar la poesía, enamorado del cine como si en éste se encontrara la quintaesencia de la vida, artista incapaz de renunciar a nada que pudiera verse como traición a sus principios. Junto a Denis Lavant, una joven principiante que con el tiempo dio mucho que hablar, Juliette Binoche.
Ocho años después de Los amantes… llegó “Pola X”. Denis Lavant se vió reemplazado -no sabemos por qué- por Guillaume Depardieu, desaparecido muy prematuramente. A su lado, Catherine Deneuve y Yekaterina Golubeva, novia del director, también fallecida al poco de terminar “Holy Motors”, que está dedicada a su memoria. La pésima acogida que tuvo el filme por parte del público terminó de fraguar el malditismo de Leos Carax, que se sumió en una oscuridad prolongada a lo largo de casi una década.
El renacimiento comenzó a producirse en un mediometraje. “Tokio”(2008), firmado con sus colegas Michel Gondry y el coreano Bong Jon-Ho, suma tres relatos. En el de Carax, emerge de las cloacas un personaje cuya figura y nombre no dejan lugar a dudas sobre las inconformistas pretensiones del autor: señor Mierda. Amigo de los seres marginales, como ya había quedado patente en su filmografía, Carax creó con la inestimable ayuda de Denis Lavant un vagabundo zarrapastroso, maloliente y faltón, cuyas taras no le impiden reaparecer en “Holy Motors” para caer, cual fauno libidinoso, rendido a los pies de una diosa de singular belleza, Eva Mendes.
La historia del señor Mierda es una de las numerosas personalidades en las que se zambulle el señor Oscar, un ejercicio en el que Lavant despliega un admirable cúmulo de recursos actorales. A años luz del Álex de los principios de Carax, Lavant-señor Oscar va dando vida en el interior de una limusina a los más variopintos personajes, una especie de caleidoscopio en el que se suceden escenas de ciencia ficción, el musical, la comedia, el drama social, el cine negro… Una íntima soledad estremece el alma de todas esas historias. Historias que hacen de Holy Motors un no deliberado homenaje al viejo oficio de la interpretación, plagado de referencias cinematográficas, desde Jacques Demy a Georges Franju, pasando por Godard (que el autor rechaza reconocer), imbuidas de un aliento poético incuestionable, pese al visceral rechazo que, como tantos otros creadores cuyos caminos discurren al margen de lo trillado, provoca en algunos críticos.
Pese a tales alergias, si uno está dispuesto a dejarse sorprender y no exige argumentos lineales, si uno prefiere renunciar a lo conocido, si uno aplaude la osadía frente al confortable arrullo de la convencionalidad, a cambio de imágenes chocantes, irreverentes y surrealistas en un caos aparente que sin embargo emula al caos en el que vivimos, entonces Holy Motors puede resultarle un alimento espiritual de insospechado poder vitamínico.
RECOMENDACIONES
SKYFALL, de Sam Mendes. Dejando a un lado el rendimiento –estupendo- de Javier Bardem, todos los tópicos de la saga Bond para celebrar el 50 aniversario: todo muy visto y ¡todo muy aburrido!
SALVAJES, de Oliver Stone. El incisivo pepito grillo norteamericano se deja las uñas en casa: traficantes mexicanos contra buenos (y guapos) chicos del norte. Adivinar quién se lleva el gato al agua no tiene premio.
EL LADRÓN DE PALABRAS, de Brian Klugman y Lee Sternthal. Un escritor presenta y lee una novela sobre un escritor que escribe una novela acerca de un escritor que escribió y perdió una novela… más palabras que cine.







