A Pepe Cabo.
“Mi voz estuvo con tus grandes muertos” (Pablo Neruda)
La batalla de Stalingrado fue un enfrentamiento bélico entre las fuerzas alemanas y los ejércitos soviéticos por el control de la ciudad de Stalingrado, actual Volgogrado, entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Con bajas estimadas de tres a cuatro millones de personas, entre soldados de ambos bandos y civiles, la batalla de Stalingrado es considerada como la más sangrienta en la historia de la humanidad y el principio del fin del nazismo en Europa. Los alemanes la llamaron «Rattenkrieg», «guerra de ratas».
Si tenemos en cuenta los resultados estratégicos y el nivel de técnica militar empleada durante la Segunda Guerra Mundial, hubo otras victorias no menos brillantes del Ejército Rojo, sin embargo con ocasión del 70º aniversario celebrado el pasado mes de febrero se ha vuelto a recordar que la batalla de Stalingrado tuvo lugar en el teatro principal de la guerra europea, donde se decidió su destino infringiendo importantes daños y pérdidas a la Wehrmacht que empeoraron seriamente la situación política, militar y económica de Alemania y la sumieron en una profunda crisis. Fedor Kovalenko, uno de los veteranos que vivió en primera persona toda la batalla desde sus primeros días cuando las tropas soviéticas retrocedían bajo las ráfagas nazis en julio de 1942, hasta la gloriosa victoria en febrero de 1943, narraba su experiencia de pesadilla, «si quieren entender qué fue la batalla de Stalingrado, imagínense el infierno. El río Volga ardía día y noche. Pero incluso cuando uno lograba recoger agua del río, esta no era… común ni corriente. Era una mezcla de agua y sangre». En Stalingrado se luchó literalmente calle por calle y casa por casa. Así, la casa de Pavlov, uno de los símbolos reconstruidos de la urbe, es un ejemplo de esta lucha encarnizada por cada metro de la ciudad. La batalla por esta casa duró más de dos meses: cada planta, cada apartamento, cada pasillo… Francia fue ocupada por la Alemania nazi en 44 días.
Otro lugar que ha pasado a la historia por la dureza de los enfrentamientos que allí se dieron es la estación ferroviaria de Kolutban, donde el 23 de agosto de 1942 el ejército alemán en uno de sus ataques abatió al capitán del regimiento, Stolyarov, y el joven de 22 años, Rubén Ruíz Ibárruri, tuvo que hacerse con el mando de toda la unidad. Hasta seis ataques repelieron los hombres mandados por el español antes de iniciar el contraataque, en el que se llegó al cuerpo a cuerpo. Rubén cayó herido por un disparo en el pecho justo en el momento en el que los tanques soviéticos alcanzaban la zona de combate. Fue trasladado a un hospital de campaña en donde lucharía contra la muerte hasta el 2 de septiembre de 1942, en que falleció. Los historiadores calculan que la duración media de la vida de un soldado soviético durante la defensa de Stalingrado era de unas 36 horas.
La victoria del Ejército Rojo en Stalingrado sacudió al bloque militar fascista y tuvo un efecto depresivo en los aliados de Alemania, que empezaron a buscar excusas para poner fin a la guerra e ignoraron las órdenes de Hitler de enviar tropas al frente soviético-alemán. Al respecto, el historiador Nikolái Bolotov ha señalado la importancia de la batalla: «todos esperaban que tras la caída de Stalingrado, Japón entrara en guerra contra la URSS con su ejército de Kwantung en el Lejano Oriente. Veintiséis divisiones estaban esperando en la frontera de Turquía con la URSS. Entonces, si Hitler ganaba esta batalla, estas y otras fuerzas entrarían en la guerra a su lado». Pero Hitler perdió la batalla y el desenlace debió de parecerse al final del relato que escribió David Solar sobre el soldado alemán Wilhem Becker: “El cabo Wilhelm Becker, con ambos pies amputados y la clavícula rota pudo, pese a todo, llamarse afortunado. Uno de los últimos aviones que salió del aeropuerto de Gumrak, lleno de agujeros y de aparatos destrozados, le devolvió a Alemania. Para él no hubo honores, ni condecoraciones, ni ascensos. Días después, mientras se recuperaba en un hospital, recibió la visita de la policía política: ‘De lo ocurrido en Stalingrado, ni una palabra’, le dijeron. Cuando se fueron, a Becker se le llenaron los ojos de lágrimas…”
Subraya Gilberto López y Rivas en un oportuno artículo publicado en el periódico azteca ‘La Jornada’: “La dictadura mediática televisiva y la industria cinematográfica estadunidense han propalado la especie de que los ejércitos conjuntos británico-estadunidenses fueron la fuerza militar que derrotó a Alemania. La acción bélica que se inicia con el desembarco aliado en Normandía aparece como el acontecimiento más importante de la Segunda Guerra Mundial, intentando con estas manipulaciones ignorar la contribución soviética, al precio de más de 20 millones de muertos. La verdad es que las fuerzas armadas de la URSS enfrentaron a lo largo de la conflagración al grueso del aparato castrense nazifascista, y después de las victorias de Moscú, Stalingrado, Kursk y Leningrado es posible afirmar que Alemania estaba estratégicamente vencida”.
En los días más dramáticos para los combatientes del Frente de Stalingrado los sindicatos mexicanos celebraron un mitin de solidaridad con el pueblo soviético. Pablo Neruda, que estaba en México como Cónsul General de Chile, fue invitado a pronunciar un discurso. Al final decidió que no habría discursos y sí poesías. Nació así todo un poema: ‘Canto de amor a Stalingrado’, que fue leído por primera vez el 30 de setiembre de 1942 en el Teatro del Sindicato de Electricistas, y que tendría dos posteriores ampliaciones…
Stalingrado enseñó al mundo
la suprema lección de la vida:
nacer, nacer, nacer,
y nacía muriendo,
disparaba
naciendo, se iba de bruces y
/ se levantaba
con un rayo en la mano.
Toda la noche se iba desangrando
y ya en la aurora
podía prestar sangre
a todas las ciudades de la tierra.
Palidecía con la nieve negra
y toda la muerte cayendo
y cuando tú mirabas
para verla caer, cuando llorábamos
su final de fortaleza,
ella nos sonreía,
Stalingrado
nos sonreía.







