Volver a Max Aub y, concretamente a su Laberinto mágico, no es una cuestión de nostalgia ni reivindicación, ni siquiera una llamada de atención sobre un supuesto olvido, porque a partir de 2003, año en que se celebró su centenario con innumerables congresos, encuentros y publicaciones, la Fundación que lleva su nombre y a la que se puede acceder on line, mantiene a buen recaudo el inagotable legado literario del autor nacido en París en 1903, pero que vivió en España desde su infancia hasta que tuvo que “transterrarse” en 1939, para morir en México en 1972.
Max Aub es uno de los autores que tiene el rango de clásico. Su casi inabarcable obra literaria (narrativa, teatro, ensayo, poesía y escritos periodísticos) contiene elementos de interés de diversa índole, aunque, injustamente, la mayoría de sus comedias y dramas permanecen aún inéditas, es decir, no han sido representadas. Sobre este aspecto, es necesario recordar y denunciar que después del estreno en España en el CDN de su drama San Juan, su teatro no ha tenido la atención que se merece ni en el ámbito del teatro privado ni el público.
En el corpus de su narrativa destaca lo que él denominó el Laberinto mágico que está formada por Campo cerrado, Campo abierto, Campo de sangre, Campo del moro, Campo francés y Campo de los almendros. Todas estas novelas tienen un tema común: La guerra civil española.
Campo cerrado nos presenta los meses que antecedieron a la contienda y la rebelión que se produjo en Barcelona bajo la mirada, en principio, distante del protagonista, Rafael Serrador, pero que en el transcurso de los acontecimientos, se implicará políticamente en la defensa de la República. Fue redactada en París en 1939 y publicada cuatro años más tarde en México. Su estructura, estilo y lenguaje se articulan en un realismo de una gran sugestividad impresionista donde se anuncia el tiempo posterior.
La siguiente entrega, Campo abierto transcurre entre el 18 de julio de 1936 y 7 de noviembre del mismo año y se desarrolla en Valencia, al principio de la guerra; en el Burgos franquista y en la primera semana de noviembre en Madrid, momento en el que se detiene el avance de las tropas nacionales. Aquí aparecen Vicente Dalmases y Asunción Meliá que, en El campo de los almendros, serán protagonistas más por su valor simbólico en la estructura laberíntica de la narración que por su historia personal. Campo de sangre, tercera parte del Laberinto, abarca el periodo que va desde finales de diciembre de 1937 hasta marzo de 1938. Por la cantidad y variedad de los tipos cuyos destinos se entrecruzan y desaparecen en sus páginas, argumenta Eugenio G. de Nora, que Campo de sangre es las más característica novelación de nuestra guerra, la que más fidelidad ha reflejado, hasta hoy, aquel acontecimiento que, a un nivel simplemente humano, se presenta, más incluso que como una lucha civil consciente, como un cataclismo social. La cuarta entrega, Campo del Moro, se circunscribe a la lucha armada por el poder en marzo de 1939 generado por el conflicto entre los casadistas y los que mantienen su fidelidad al gabinete de Negrín. El tema central es la traición –Los traidores-, según su autor, debería ser su título. Su técnica, simultaneismo y objetividad realista, junto a personajes históricos y ficticios ya conocidos de las anteriores narraciones, y un ritmo acorde con el caos que se vivía en la ciudad, configuran un relato histórico de enorme veracidad dramática.
En la travesía de Casablanca a Veracruz, en septiembre de 1942, escribió Max Aub su Campo francés con una técnica teatral y cinematográfica: En su “Nota”, que precede al texto publicado por Ruedo Ibérico (París, 1965), nos habla que en la Guerra Civil española se jugó más que la vida. El petróleo, las colonias, el oro no fueron motores ni razones determinantes. La furia ética, la justicia y hasta el derecho se jugaron la existencia y, por lo menos temporalmente, la perdieron. En este “campo” se entrecruzan el final de la guerra en tierras catalanas y el principio de la guerra mundial.
Antes de comentar el último volumen del Laberinto, Campo de los almendros, merece esbozar un tema que impone este ciclo. Nos estamos refiriendo a la relación entre literatura e historia. Hay que señalar que Max Aub, por padecer miopía, no pudo ir al frente de batalla. La guerra, pues, la vivió en la retaguardia tanto dentro como fuera de España en distintos menesteres y misiones, luego los acontecimientos que cuenta están basados en testimonios orales como escritos. Y el tema que planteamos es de gran complejidad al considerar que la historia tiene una función, y la literatura otra. Sin embargo, en lo que respecta a la novela, no hay que olvidar la importancia que F. Engels le concedió a la obra narrativa de E. Balzac y que George Lúkacs amplió y desarrolló en su estudio sobre el escritor francés. En su novela Les paysans (Los campesinos), Balzac quería describir la tragedia de las grandes propiedades de la aristocracia que iniciaba su muerte y de la cultura aristocrática por el progreso del capitalismo, al tiempo que nos sitúa en el campo de batalla entre la aristocracia y el campesinado, así como en Illusions perdues (Ilusiones perdidas) nos narra el final de la era heroica de la burguesía y su paso a las luchas revolucionarias.
Desde esta perspectiva, El laberinto mágico aubiano supera los esquemas academicistas, que el propio autor intenta resolver en la sección, PÁGINAS AZULES, incluida en Campo de los almendros: “Este libro, señoras y señores, debiera estar escrito en inacabables octavas reales, como cualquier poema épico de mala época […] El planteamiento de los problemas de realidad y realismo, de irrealidad e irrealismo, me ha tenido siempre sin cuidado, me importa la libertad y la justicia. […] Ahora sería el momento de discutir los problemas de la novela y la historia; del arte y la realidad”. Y de sus personajes escribe, concretamente de Asunción: “Y, a todo esto, ¿soy un novelista? Estoy tentado de confesar que sí, por Asunción. No se trata del gusto de perfilar una existencia. Es menos complicado: sabed que me he enamorado de ella a pesar de que el nombre no me gusta”.
Desde esta conciencia narrativa que ha utilizado en el ciclo del Laberinto, prosigue su último volumen, Campo de los almendros, que comprende los últimos años de la guerra y primeros de la posguerra en Valencia y Alicante con el esquema similar al de la tragedia clásica: Unidad de acción, de tiempo y de lugar, que se adecúa a su materia narrativa, pero también tiene como referencia el mito del laberinto de Creta, porque dos de sus personajes, Teseo / Vicente Dalmases y Ariadna / Asunción Meliá son el hilo conductor de la trama novelística. Una historia de amor en medio del desastre y de la derrota que, en su encuentro, después de sufrir enormes vicisitudes se afirman en la vida: “¿Cómo decirte que te quiero? ¿Cómo decírtelo, Asunción para que no suene a imbécil o cursi? ¿Con qué palabras? ¿Cómo expresarte mi amor sin que creas que miento? Quisiera inventar verbos. No inventar voces sino dar con las justas, aunque no fueran nuevas […]”
La materia narrativa de Campo de los almendros se distribuye en tres partes. La primera describe a partir de los diálogos y conductas de los personajes las razones y sinrazones de la derrota, pero también cómo se enfrentan individualmente a sus vidas personales, sin que falte la reflexión, el sarcasmo y el ajuste de cuentas con los responsables del golpe contra el Dr. Negrín o con la política de Indalecio Prieto a través de un artículo inserto en la narración y escrito por el personaje Francisco Ferris, personaje que simboliza y sintetiza la dignidad republicana y que será asesinado por negarse a entregar su pluma estilográfica a uno de los guardianes, que quería arrebatársela a la salida del puerto de Alicante, donde se desarrolla la segunda parte de la novela y que abarca un tiempo de veinticuatro horas.
La encerrona histórica de este acontecimiento es más comprensible por un relato que contiene el drama colectivo de una muchedumbre, pero también los drama y tragedias individuales. Si en el drama de Samuel Beckett, los protagonistas esperaban a Godot, aquí esperan barcos para ser evacuados según habían convenido el coronal Casado y el gobierno de Burgos. Pero los barcos no llegaron. Y los vencidos que sobrevivieron –unos se suicidaron y otros fueron asesinados en el puerto de Alicante- fueron conducidos a un terreno denominado “campo de los almendros”, antesala de campos de concentración de cuyas vicisitudes la historia y el propio autor han levantado acta.
Max Aub vino a España en el año 1969. Sus experiencias y sus penas de aquellos días están en su diario La gallina ciega. Sólo recordar uno de sus apuntes: “Nadie me preguntó por Paulino Masip, ni por Rafael o María Teresa. ¿Quién por Gaos –que acaba de morir- por Emilio Prados, o quién me pidió detalles de la muerte de Luis Cernuda?”








