Por la gracia de dios

Trump está convencido de contar con la protección divina para sus empeños belicistas. Los dólares rezan “En Dios confiamos”. Franco, acuñó moneda con el lema «caudillo de España por la gracia de Dios». Israel es el pueblo elegido por su dios.
Trump reunido con los miembros de la Oficina de Fe de la Casa Blanca | The White House / Public Domain
Trump reunido con los miembros de la Oficina de Fe
de la Casa Blanca | The White House / Public Domain

Durante su segundo mandato al frente de la Casa Blanca, Donald Trump está dando rienda suelta a su narcisismo patológico y cabalga desbocado al frente de su decadente imperio. Durante el discurso inaugural de su actual presidencia, declaró que Estados Unidos «necesita la religión y la fe en Dios» y ha decidido expandir por el mundo su mesiánico mensaje con el apoyo inestimable del genocida Benjamín Mileikowsky (alias «Netanyahu»), presidente a su vez del otro pueblo elegido.

Sin duda, la imagen de Trump en el despacho oval rodeado de pastores evangélicos imponiendo sobre él las manos mientras rezan para garantizar el éxito de la operación “Furia Épica” en Irán, perdurará en las retinas como una de las fotografías más icónicas de su presidencia. “Padre, solo te pedimos que sigas dando a nuestro presidente la fuerza que necesita para liderar nuestra nación mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”, decía el salmo.Aunque tal como se está desarrollando el conflicto, el gran jefe gringo necesitará algo más que fuerza espiritual para derrotar a Irán.

La reunión de chamanes fue organizada por la Oficina de Fe de la Casa Blanca, creada en febrero de 2025 para conseguir que EE.UU. vuelva a ser un país de oración, y para defender los derechos de los cristianos y los creyentes religiosos en todo el mundo. Es decir, se trata del aquelarre encargado de proteger supuestamente la libertad religiosa mientras impone el fundamentalismo. Incluye al grupo de trabajo contra la discriminación que asesoró a Trump para tomar medidas contra «el aumento del antisemitismo» en los campus universitarios por parte de los manifestantes pro-Palestina. La oficina está dirigida por Paula White, una telepredicadora aficionada a protagonizar circos exorcistas de serie B que se ha convertido en la pitonisa favorita del presidente. Durante la semana santa la lió parda cuando comparó a Trump con Jesús de Nazaret, ante el regocijo del mandatario. Y en la misma rueda de prensa, el gran jefe gringo afirmó que a los evangélicos y cristianos les gusta más Israel que a los propios judíos, y que si estos no le tuviesen a él no habría Israel.

Trump y su troupe están tan convencidos de contar con la protección divina para sus empeños belicistas, que sus declaraciones han obligado a intervenir al mismísimo representante oficial de Jesucristo en la tierra para poner orden. El papa León XIV, preocupado por la evidente invasión competencial de la Casa Blanca, ha sentenciado que «no se puede emplear el nombre de Dios y de Jesús para hacer la guerra», realizando un amnésico, pero hábil quiebro a los antecedentes históricos de la Iglesia católica. El contraataque de Trump no se hizo esperar, afirmando que el sumo pontífice era «débil con el crimen y terrible en política exterior». Para mayor inri (nunca mejor dicho), horas después publicó en su red social una imagen realizada con IA donde aparecía retratado como un Jesucristo sanador, rodeadode una resplandeciente aureola y, por supuesto, ante una gran bandera yanqui.La enorme polvareda levantada en asociaciones cristianas de todos los colores y corrientes (católicos, evangélicos y protestantes), así como en organizaciones del entorno MAGA afines al mandatario, le obligó a borrar su mensaje.

Además de imponer su propio nombre a edificios públicos, instituciones e infraestructuras, la megalomanía de Trump le ha llevado a impulsar un arco del triunfo de 76 metros de altura para conmemorar el aniversario de la independencia estadounidense, donde figurará en letras doradas la inscripción «Una nación bajo dios». No hay nada como un arco de triunfo para imitar a los monarcas europeos, aquellos que invocaban (y aún invocan a escondidas) el derecho divino como base de su legitimación. Aquellos reyes que «por la gracia de Dios» exterminaron pueblos enteros a lo largo del planeta. Algún genocida más reciente, como el sátrapa Francisco Franco, acuñó moneda con el lema «caudillo de España por la gracia de Dios» durante los cuarenta años que duró oficialmente su dictadura.

Por supuesto, la Oficina de Fe de la Casa Blanca no se corta en reconocer públicamente la importancia del mensaje inscrito en el dinero de EE.UU.: «In God we trust» («En Dios confiamos»). En eso sí tienen toda la razón, porque esta consigna es la base teórica en la que se asienta la actuación de los presidentes que ha tenido su país. De esa manera dejan claro que confían en dios para multiplicar los billetes de dólar, el auténtico leitmotiv de su existencia, aunque sea a costa de la guerra, el saqueo y el pillaje por todo el planeta.

—Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

—Y luego, ¿por qué me lo preguntas?