Pongamos por caso a ese icono de la burguesía y el pijismo llamado Rodrigo Rato. Aparte de poseer las mismas iniciales que la Rolls Royce y de provenir de una familia de largo abolengo choricil, los méritos que ha atesorado a lo largo de su curriculum le harían merecedor, cuanto más -y siendo generosos-, de un subsidio especial para incompetentes. A saber, arruinó la cadena de emisoras de radio que ostentaban el apellido familiar; vendió Sintel -filial de Telefónica, entonces empresa pública- a un grupo mafioso liderado por el gusano Mas Canosa, por algo menos de cuatro duros aunque su valor era sustantivamente mayor, igual que sus beneficios que repercutían, o debieran repercutir, en todos nosotros; dirigió el Banco Mundial y, bajo su gestión, se originó esta estafa global llamada crisis que seguimos padeciendo; volvió a España y montó lo de Bankia… ¡En fin, un lujo de individuo!. Y sin embargo, ahí está, cobrando cantidades millonarias como asesor de varios bancos, porque parece ser que su trabajo no consistía en cuidar de la economía de todos, sino en arruinarla para que así se enriquecieran unos pocos.
Mientras tanto, mi amigo Chus veía como bajaban las ventas de los productos que el comercializaba, no disminuían ni los impuestos, ni las cotizaciones que como autónomo tenía que aportar y subía el I.V.A. para pagar las deudas que tanto Rodrigo Rato como sus secuaces nos han legado.
Hablemos de la Infanta Cristina, sus rubíííísisimos hijos y su marido, duque, apuesto deportista y ladrón de guante blanco y contactos azules. Tras varios cientos de millones arrancados a las arcas públicas –esto es, de todos-, la Justicia -¡sic!–, se olvida de los impuestos que ha evadido y pasa de largo sobre su egregia persona. Pero como se siente acosada por las cámaras y molesta con el trato recibido, emprende una suerte de exilio dorado en Suiza, financiado, eso sí, por todos nosotros. De todas maneras, la pobre mujer se ve obligada a poner en venta su palacete de Pedralbes, y, dado que no piensa devolver lo robado, se embolsará con la operación varios milloncejos más, que es que la vida de la realeza sale muy cara aunque seamos nosotros quienes les paguemos todos sus gastos.
Mientras tanto, mi amigo Chus vivía agobiado por los anunciados embargos y dejaba de dormir por las noches pensando en que le iban a quitar la casa –hipotecada- que había comprado para su familia a base de sustraerle horas y horas al sueño dándoselas a su trabajo.
El Rey, ese gran cazador de elefantes y sospechosos maletines, se ha operado por enésima vez en una clínica privada. Eso de las listas de espera y los recortes en sanidad, no va con él. Cobra de todos, pero no es como todos, sino más que todos.
Mientras tanto, mi amigo Chus, sumido en una profunda depresión, tenía cita con el psiquiatra dentro de un mes y no pudo esperar tanto tiempo.
Los bancos se han rescatado y hemos dejado empeñados en el pago de los intereses que devenga el rescate a varias generaciones.
A mi amigo Chus sólo le intentaron rescatar las manos de sus seres queridos. Pero ya había muerto.
Dirán que se suicidó. Pero los que le queríamos sabemos que, de alguna manera, le han asesinado.







