Juan Madrid, (Málaga 1947) escritor, periodista y guionista, ha elaborado numerosos retratos de la vida política, económica y social e España, ante todo, en sus novelas protagonizadas por Toni Romano. Ha ejercido regularmente la docencia en instituciones de España, Francia, Italia, Argentina o Cuba, destacando entre otras la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños en Cuba y Hotel Kafka de Madrid.
Es uno de los escritores de novela negra mejor considerado y, en palabras de Javier Goñi: «En cualquier quijada ensangrentada hay matices, y con ells trabaja Juan Madrid, que reúne una gavilla de crímenes de la España profunda».
Nos encontramos y conversamos con él en la Semana Negra de Gijón donde participaba junto a otros destacados autores como Paco I. Taibo o Andreu Martín.
Usted se unió al primer grupo de escritores post-franquistas…
Soy de la primera generación de escritores post-franquistas, pero no tiene ningún mérito. Es por una cuestión de edad. Comencé a escribir, a publicar, en el año 1980 con una generación en la que estaban Eduardo Mendoza, que era el mayor, Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín y otros muchos que comenzamos a escribir desde la muerte de Franco.
El problema es que no teníamos maestros, referentes, en la literatura que se hacía en el país. No me interesaba Camilo José Cela, ni tampoco Delibes. Mi referente es Pío Baroja, escritores rusos como Chejov, y también norteamericanos. Bergamín me ayudó mucho en lo poco que sé sobre novela.
Partiendo de la literatura y la crítica social que hacíais en aquellos años ¿era posible prever este presente?
No. Yo sigo haciendo la misma literatura, no me he apeado de ese autobús todavía. He tenido como maestra a la literatura del realismo socialista, que cumplió un papel fundamental, y también a camaradas como Alfonso Sastre que fueron un referente y que eran mayores. Novelas como Central Eléctrica me fascinaron. Sin embargo, a la novela social – y evidentemente toda la literatura es social – le doy otro carácter pues a mi me faltan determinadas seguridades en cómo va a ser la sociedad del futuro. Tengo claro que tiene que haber una «sociedad del futuro» pero no sé cómo será el socialismo. Para mi el socialismo es, por así decirlo, la lucha y la búsqueda por el socialismo, porque si no hay socialismo hay barbarie. Y estamos instalados en la barbarie. No podemos seguir aceptando la desigualdad social. Es una broma hablar de libertad cuando las desigualdades son cada vez mayores, y todo esto se refleja en la literatura. Hay un texto de Engels, que me parece muy valioso, a la madre del renegado Kautsky, porque escribe una novela en 1882. En el se dice que el partido que debe tomar el escritor es por la verdad. Porque al contar la verdad ya estás en contradicción con los discursos oficiales del sistema. Esto lo tomé como una consigna, contar lo que de verdad pasa, lo que se cuece, lo que se enmascara, lo que no se muestra. Le doy la palabra a los que no tienen voz. Cincuenta libros y lo sigo haciendo, con mejor o peor voluntad, pero lo sigo haciendo.
Uno de los temas recurrentes en su obra, con las novelas de Toni Romano, es la corrupción y la relación entre esta y el ejercicio del poder político de la clase dominante ¿cómo ve esto a la luz de casos como el de Bárcenas, entre otros? ¿ha cambiado algo?
La corrupción era previsible. Tomé cuenta de ella cuando me hice periodista y llegué a conocer casos gravísimos de corrupción. Lo que no era previsible es la especulación inmobiliaria, ni la postmodernidad tal como se planteó. Esta realidad nos superó. He pretendido, sobre todo con Toni Romano, hacer una especie de nuevos episodios nacionales por llamarlo de algún modo. Estoy contando – y seguiré haciéndolo – los terribles vicios de la llamada transición entre 1975 y 1985, cuando dicen que se acaba. Quiero contar esa España, ese mundo que es en el que yo viví y que también es el de Toni Carpintero. Toni Romano que es el narrador de mis historias. Intento cubrir todas las facetas, desde la aparición de grupos parapoliciales al servicio de los financieros, el aparato policial y público al servicio de los grupos de presión hasta la aparición y el papel de la derecha. Todo ello está en Toni Romano, y más cosas porque hago literatura. No hago teletipos ni reportajes que son otra cosa. El nivel de corrupción actual no era previsible, no éramos capaces de imaginar tanta corrupción. Es sistémica porque es propia del sistema. Un sistema corrupto en el cual la primera corrupción es de palabras al hablar de libertad, de democracia. Nunca se dicen las palabras correctas: capitalismo, imperialismo, etc… La primera de las corrupciones es la del lenguaje, es un cadáver que huele mal, putrefacto. Este país huele demasiado mal y me fatiga tanta podredumbre. Es imposible no taparse la nariz, estar indignado, cabreado. Es penoso contemplar a un partido que ha llevado el país como si fuera un tinglado y que ha llegado a extremos insospechados el desprecio a la justicia, a la verdad. Es el abuso absoluto de una corrupción que está en las mismas venas del sistema.
En la actualidad estamos presenciado una escalada de la represión institucional contra la ciudadanía. En sus inicios como novelista señalaba que la policía «más que protegernos, nos vigila». ¿Cómo retrataría hoy a las fuerzas de seguridad del Estado?
No es cómo las retrataría, es cómo las retrato pues está en todas mis novelas. No es que haga una política sistemática contra la policía, en absoluto. Tengo amigos policías que son excepcionales – alguno está aquí cerca – e incluso que son marxistas, y comisarios de policía. Pero hoy en día la función principal de la policía es la de proteger al sistema. Existe una dialéctica entre delincuente y policía: hay delincuentes porque hay policía, y hay policía porque hay delincuentes. La policía nos vigila, y ahora crea inseguridad. Las fuerzas parapoliciales, que nunca son policías pero que son mandados por estos, empezarán como en la transición a crear inseguridad ciudadana. Lo iremos viendo, para que la gente vote a los partidos de centro dado que la crisis está haciendo pensar. Las crisis son malas pero, por lo menos, hace pensar a la gente que los partidos tradicionales nos están fallando y que por lo tanto son necesarias nuevas alternativas políticas. Estas nuevas alternativas son, en gran parte, de izquierdas. No quieren y no van a poder soportar que la izquierda tenga más votos de los que ya tiene, y para eso se está creando ya brigadas de supuestos jóvenes de ultraizquierda que van rompiendo escaparates, apaleando gente. Esto es muy antiguo y hay que denunciarlo ya. Hace falta inseguridad para crear una moral o cultura de la inseguridad para que el sistema vaya sobreviviendo sobre estas trampas.
La novela negra ha narrado la miseria de sujetos comunes arrojados a la necesidad, y asumen su papel no sin cierto estoicismo como podemos ver en las novelas de Thompson o, aunque no sea negra, de Jack London. Decía Felipe Alcaraz en su columna de Mundo Obrero que la novela negra es la última gran metáfora del capitalismo.
La novela que merece la pena es la novela que narra esa metáfora del sistema, heredera de Jack London como decías, que narra la otra cara del sistema, la otra cara de la moneda. No es solo el Gran Gatsby con la fiesta y la maravilla, sino contando la miseria moral, física y el hambre que genera también. Es decir «mire usted, esto también forma parte del capitalismo». La desigualdad, la miseria moral, la criminalidad y el desprecio al otro forman parte de la buena novela negra. Bajo el nombre de novela negra hay otras cosas también. Conozco a Felipe Alcaraz – que es brillante – y el artículo que hizo. Pero insisto, la buena novela negra. Puedes ser un mal escritor, pero un escritor que se precie tiene que contar su tiempo y es ineludible contarlo. Uno no puede zafarse de esto.
Además de guionista de televisión (en Brigada Central, por ejemplo), ha trabajado como periodista en El País, El Mundo, Cambio 16 o La Razón, ¿Qué perspectiva tiene del periodismo que se hace?
Con La Razón yo pacté un contrato pero cuando comencé a hablar de Cuba sin insultarla, me lo cortaron. El periodismo está muerto. Se murió en Europa y en el mundo salvo salvo muy honrosas excepciones. El problema es que la concentración del poder en el periodismo y medios de comunicación de masas es mayor todavía que el de la banca. Pascual Serrano ha escrito un libro, Traficantes de Información, absolutamente extraordinario – que debe repartirse gratuitamente en colegios, institutos y universidades – sobre quienes son los dueños de la prensa y queda totalmente clarificado cómo actúa la prensa respecto de los temas que les interesan o no les interesan. En este momento, determinados políticos del PP están en el punto de mira de políticos que son de derechas, que también forman parte del PP, pero que es una lucha entre fracciones internas. Una lucha que nos favorece desde la perspectiva en la que están descubriendo matufias sin fin, pero es poner un muñeco para poner otro aunque cumpla una función de salud mental. Pero cuando den la orden se acaba y empiezan con otra cosa. He trabajo durante más de veinte años en periodismo y te digo que es absolutamente imposible que en este país se de una prensa libre. Un periodista conciente y libre se da muy extrañamente y son individualidades. No hay un periódico que de verdad no esté en manos de grupos financieros, bancarios o políticos.






