
La habitación oscura
Isaac RosaSeix Barral
Imagínense, por un instante, que se encuentran en un pasillo. Hay dos puertas: una de ellas conduce a la habitación oscura; la otra, a la leonera de Catalina H. Griñán. Si eligen abrir la primera puerta, aparten la cortina, den un paso al frente e inmiscúyanse en la oscuridad. No verán nada, pero notarán que en esa habitación hay alguien más: hay gente que reposa en los rincones, en silencio; otros, con paso decidido, se acercan al centro, donde se encuentran con otras personas, acaso también con el lector. Se acarician, se besan, follan. Si deciden abrir la segunda puerta, háganlo de forma sigilosa, porque a las dos niñas que se encuentran allí jugando, recortando fotografías de revistas del corazón, no les gusta ser observadas mientras obedecen al ritual del juego. Son Catalina y Angélica, aunque en su leonera prefieren llamarse Daniela Astor y Gloria Adriano, asumir otra vida, otra personalidad, otro nombre. Estas dos puertas nos conducen a las últimas novelas de Isaac Rosa y Marta Sanz, a La habitación oscura (Seix Barral) y a Daniela Astor y la caja negra (Anagrama), respectivamente.
Son dos novelas que, aparentemente, no guardan relación entre sí. Ni en la forma ni en su temática. Si atendemos a la forma, observaremos de inmediato que ambas novelas divergen desde la misma voz narrativa. Mientras que en Daniela Astor y la caja negra, Marta Sanz focaliza su novela en un solo personaje, que lleva las riendas de la narración, si bien su voz se desdobla en dos tiempos, en el tiempo de la enunciación, situado en 1978, y en el presente desde donde la protagonista está realizando un documental sobre la nueva construcción de «lo» femenino durante la Transición; en La habitación oscura de Isaac Rosa la voz narrativa se difumina en los distintos personajes que participan en la trama, incluido el lector, que en ocasiones parece que la suya se ha fundido también con la voz del narrador. En cuanto a la temática, el lector descubrirá que la trama de las dos novelas recorre caminos distintos.
Sin embargo, sí tienen algunos puntos en común La habitación oscura y Daniela Astor y la caja negra. Aunque por cuestiones de espacio no podemos detenernos en todas ellas, resulta imperativo destacar la que, en mi opinión, es la coincidencia más significativa: el potencial carácter alienante del hedonismo. La novela de Isaac Rosa nos muestra una habitación oscura donde sus personajes, como anuncian los versos finales de Las cenizas de Gramsci de Pier Paolo Pasolini, se olvidan de lo que ocurre fuera de la habitación mientras hacen el amor, y asumen la explotación, si a cambio ésta les ofrece, tramposamente, un espacio para la evasión. Encerrados en la habitación oscura, son incapaces de reconocer que la burbuja consumista en la que viven es consecuencia de la circulación del excedente económico que, tarde o temprano, iba a dejar de distribuirse entre las capas medias, incluso también entre las más bajas, de la sociedad. Son felices o creen que son felices. Tienen casa, coche y un trabajo en el que nunca desaparece del horizonte la posibilidad de ascender. A su vez, Marta Sanz nos trae en las páginas de su última novela el modo en que, durante los años de la transición, la mujer se libera de la opresión a la que el franquismo la había sometido y, superado el ambiente mojigato y asfixiante de la dictadura, exhibe su cuerpo con libertad. Es la época del destape, de cuerpos desnudos en películas y revistas; la mujer, libre, con la nueva libertad conquistada, demuestra su libertad por medio del desnudo. Ha llegado la hora de que la mujer disfrute del cuerpo y sus placeres. Pero, como nos advierte Marta Sanz, esta nueva construcción de libertad femenina no encierra sino una cosificación del cuerpo femenino, una conversión del cuerpo de la mujer en capital erótico, de cuya plusvalía se sigue aprovechando el sistema capitalista patriarcal, perpetuando, de este modo, la dominación masculina.
Tanto La habitación oscura de Isaac Rosa, como Daniela Astor y La caja negra de Marta Sanz, nos recuerdan que en un momento histórico en el que el capitalismo se hace naturaleza –que diría Juan Carlos Rodríguez– nuestra vida toda está determinada por el capitalismo. También los espacios que habíamos concebido como territorios de libertad, y aun de felicidad. El capitalismo construye habitaciones oscuras y leoneras para que nos creamos libres, pero antes de que nosotros llegáramos, el capitalismo ya estaba allí. Hay que abrir la puerta y regresar al pasillo, volver al exterior. Mirar al capitalismo a la cara y luchar. Y, si es posible, vencer.







