Y en esto llegó Gamonal

La lucha está ahora entre restauración y ruptura. Lo que no hemos planteado todavía son los medios.
Foto: Rodrigo Mena Ruiz

Y en esto llegó Gamonal, y nos demostró que estábamos luchando por debajo de nuestras posibilidades. Han hecho exactamente lo que era preciso hacer en esta curva histórica en la que estamos: no frenar; incluso lo contrario: acelerar para aumentar el agarre. Ha sido el ejemplo de hasta dónde se puede llegar en la acción directa y la desobediencia civil sin romper la unidad, sin aislarse. Han demostrado que el tiempo de los paseos, las formas litúrgicas y la movilización como desahogo ya han pasado. Lo mismo que, en otro escenario, ha demostrado igualmente la “marea blanca”, como una nueva forma de hacer política y sindicalismo, ocupando, insistiendo, resistiendo. Es parte de la lección: hay que salir a ganar y no a empatar, y muchos menos a negociar la derrota.

Desde el poder se esgrimían todas las argucias a fin de conseguir la división y el aislamiento, incluso se echó mano de los agentes extranjeros, los famosos activistas itinerantes. Pero no ha colado. La mentira de estas declaraciones ha demostrado la importancia del movimiento. Y al final no estaban solos, ni en el barrio, ni en Burgos ni en la Comunidad ni en el estado. La reverberación se había contagiado a las plazas indignadas de media España, demostrando que lo único que explica nuestras derrotas es que somos pocos todavía.

De pronto, pues, las victorias de Gamonal y de la “marea blanca”, en el momento más oportuno, cuando se hablaba de cansancio, de disolución, de que a un poder se le combate con otro, y que no se estaba dando en el clavo y no se podía; y empezaba a tomar carta de naturaleza el dogmatismo de la resignación.

La pradera seguía seca y torturada por las políticas neoliberales, y una chispa podía incendiarla. Lo sabía, quizás, el poder mejor que nosotros. Por eso mismo, de una forma inesperada, sabiendo el ejemplo que daban para el futuro y despejando definitivamente la famosa pregunta sobre la utilidad de las movilizaciones y huelgas, el poder cedió la baza en el sitio donde más les duele: la no privatización de los servicios esenciales.

Pero la pradera sigue seca. La inmensa pradera de praderas; y, quizás, siguiendo estos ejemplos, se trate de ver si hay condiciones, en el sentido de una marea de mareas, con carácter permanente, que sepa salir a resistir y a ganar, que no se plantee la lucha con ánimo litúrgico y desde la respetabilidad de una norma que nunca es posible trascender por razones de imperativo legal. Por ejemplo, en Sol y las plazas aledañas (Benavente, Ópera, Oriente, Callao, Cibeles, Neptuno…, más las calles que interconectan), caben dos millones de personas. ¿No es posible pensar en las “fantasía concreta” de la que hablaba Gramsci, soñando con una especie de gamonal de estado?

Estamos en el momento en que para los revolucionarios es preciso definir objetivos de movilización. Está claro que intentamos conseguir la dimisión del gobierno, la convocatoria de elecciones generales y el inicio de un proceso constituyente. Sabemos que la lucha está ahora entre restauración y ruptura. Lo que no hemos planteado todavía, ni a nivel de un imaginario, son los medios precisos. Se trata, pues, de construir otra cosa. Es decir, hablamos de contrapoder y contrahegemonía, que dispute la mayoría social y electoral, de acuerdo, pero que también plantee con el bloque alternativo en presencia las condiciones concretas de un cambio de régimen.

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