Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.” Este verso de Vicente Aleixandre, extraído del poema “En la plaza”, se ajusta como anillo al dedo a la gran manifestación del pasado 22M. Abierta a los cuatro puntos cardinales, a todas las geografías políticas, edades, tendencias y afinidades. Oliendo a existencia, a un pueblo material renacido, a una comunidad tangible más allá del twitter y del change. “Y era el serpear que se movía/ como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,/ pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.” Posiblemente, el mayor acierto de los promotores de la movilización fue el de confiar en que era posible la unidad. El de insistir, con mayor o menor acierto táctico, pero con el optimismo de la voluntad como guía estratégica. El desánimo aparente, la resignación inoculada con cálculo sistemático desde los medios, las bravuconadas y la displicencia del poder parecían poner diques a la confluencia de luchas aisladas y momentos salpicados de resistencia. Pero las aguas se podían juntar y se juntaron.
Para quienes llegamos de fuera, entre escépticos y voluntariosos, la mayor alegría fue comprobar la fuerza acumulada en Madrid a fuerza de mareas. En el debate parroquial de las superestructuras, Madrid es el problema; el obstáculo a sortear para huir de la coyuntura, saliendo por la tangente. El pararrayos de las impotencias, la Bruselas mesetaria. Pero el 22M se vio otra realidad. Madrid no está hecho sólo de zarzuelas, moncloas y sedes. Madrid es esa multitud de centenares de miles que cedieron el protagonismo de las tribunas a las columnas visitantes mientras daban cuerpo a la manifestación, llenando de amapolas rojas y lirios republicanos desde Atocha a Colón, desbordándose por la Gran Vía y hacia el Retiro. Una demostración de fuerza que permite intuir no sólo que la ocupación de la Puerta del Sol por Vodafone es provisional, sino que las posibilidades de un cambio real son ciertas y pasan por Madrid.
No deja de ser significativo que la muerte de Suárez coincidiera con el 22M. Han pasado ya casi diecisiete años desde que, en la Fiesta del PCE, Julio Anguita declarara el fin del compromiso con el régimen surgido de la Transición. Pero la manifestación del otro día ha sido la primera movilización verdaderamente de masas que ha confrontado abiertamente con dicho régimen sin necesitar referenciarse en el nacionalismo interclasista. Tampoco ha sido la movilización del noventa y nueve por ciento, el noventa y nueve por ciento no existe. Pero es una base más que suficiente para soñar un bloque social capaz de determinar un cambio de régimen en un sentido democrático y popular. ¿Cómo? Otra vez la clave la da Aleixandre: “no te busques en el espejo, / en un extinto diálogo en que no te oyes. / Baja, baja despacio y búscate entre los otros”. Y, aviso a los rehenes del pasado, “No es bueno / quedarse en la orilla / como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca”.







