La política la ejercemos todos en la vida cotidiana

Elegir

Nos los han quitado [nuestros derechos] porque muchos de nuestros conciudadanos han dado a una caterva de retrógrados buscajamones el poder institucional para hacerlo.

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Hay momentos en la historia, y éste es uno de ellos, en los que no se debe dejar de lado ninguna de las herramientas que tenemos para intentar acabar con esta forma de organización social que se demuestra altamente nociva, tanto para el ser humano como para su entorno. Hay momentos en la historia, y éste es uno de ellos –repito- en los que no se puede menospreciar ninguna forma de lucha contra ese monstruo llamado capitalismo porque lo que está en juego es la humanidad.

Decía, a principios de los setenta, Lluis Llach en su canción “La estaca”, que si tú tiras por aquí y yo tiro por acá, seguro que se rompe y nos podremos liberar. Y liberarnos, liberarnos, no nos hemos liberado del todo, pero un pasito adelante, lo hemos dado. Y aunque hubiera sido solo medio, habría merecido la pena. Por eso cuando escucho a amigos y compañeros decir que pasan de votar, por más que yo también piense como Emma Goldman cuando afirmaba que si con el voto se pudiera cambiar algo, estaría prohibido, me niego a darles la razón.

La lucha institucional es una parte más de la Lucha y al igual que la desobediencia civil, la huelga, el sabotaje o la expropiación, cumple su función de grano de arena con el que construir la montaña de justicia e igualdad social que pretendemos. Sí es cierto que parece que nos hayamos creído la filosofía de la democracia burguesa basada en la entrega total y absoluta de nuestros destinos a los representantes que hayamos elegido cada cuatro años. Pero ese es nuestro error, no el de quienes acuden en nuestro nombre al Parlamento. De ahí que se afirme de continuo que son todos iguales, cuando no es cierto. Habrá una mayoría que se parezca peligrosamente a aquellos que detestamos por su defensa de la sociedad opresiva, pero hay otros que, en mayor o menor medida, no. Lo que tal vez nos haya llevado a esa suerte de desencanto hacía los que ejercen institucionalmente la política –porque la política la ejercemos todos en la vida cotidiana– es el mantener una cierta actitud de vasallaje, esto es, pensar que ya que les hemos elegido, ya que les pagamos, ellos van a salvarnos. Y no es así. Mal vamos si creemos que la solución pasa por manos de otro mientras las nuestras descansan. No podemos esperar grandes cosas de las batallas contra leyes y triquiñuelas, pero sí pequeños respiros, a veces tan importantes como las grandes victorias.

Los dos últimos años de la historia de este país son un claro ejemplo. Llevamos dos años luchando, no por nuestros derechos, sino por intentar que no nos quiten los que ya habíamos adquirido. Y nos los han quitado porque muchos de nuestros conciudadanos han dado a una caterva de retrógrados buscajamones el poder institucional para hacerlo. Y eso, por más que hayamos conseguido aglutinar y concienciar a gran parte de la población, nos dificulta avanzar, nos retrasa en la lucha hacia un mundo justo. Creo yo, y a lo mejor me equivoco, que otro gallo nos hubiese cantado si en vez de quedarnos en casa maldiciendo a los políticos, hubiésemos apoyado a quienes no pretendían quitarnos nada.

Insisto, hay momentos en la historia, y éste es uno de ellos, en los que no se debe menospreciar ninguna forma de lucha. Y si lucháramos todos juntos, también en lo institucional y de la forma que sea, mejor nos iría.

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